Sesión doble: Miedo sangriento (1971) / The Seasoning House (2012)

La venganza llega a nuestra sesión doble con dos piezas de cine británico dispuestas a desplegar un abanico de lo más interesante ante un tema siempre espinoso: por un lado, la setentera Miedo sangriento, dirigida por Sidney Hayers, autor de género con un curioso historial a sus espaldas; y por el otro el debut de un cineasta contemporáneo como Paul Hyett con The Seasoning House, que nos traslada al corazón de un conflicto en un relato de visceral venganza.

 

Miedo sangriento (Sidney Hayers)

La casualidad ha querido que viera en el mismo día Quien a hierro mata (último trabajo del siempre interesante Paco Plaza) y Miedo sangriento (turbio thriller del británico Sidney Hayers), dos películas hermanadas, pese a la distancia geográfica y temporal de su realización, en una idea común: la venganza es un veneno que lo corroe todo, que tan pronto calma nuestro dolor como consume nuestro entendimiento, nuestra cordura y, finalmente, también a aquellos a quienes más queremos. Está, por ello, lejos del espectáculo emocionalmente liberador, pero de inequívoca raigambre fascista, que pudieran representar las producciones de la Cannon hechas a mayor gloria de Charles Bronson, en las que el espectador jugaba a ponerse en la piel del torturado protagonista y, empatizando con su ira y su dolor, lo alentaba y jaleaba en su ciego empeño vengativo. Por el contrario, Hayers juega a poner en duda constantemente la naturaleza y legitimidad de tan primarias (y comprensibles) emociones, por una parte jugando la carta del falso culpable (hecho que mina moralmente nuestras defensas), pero también entendiendo que su coste fácilmente excede el precio que humanamente estaríamos dispuestos a pagar. En este sentido, parece más próxima (sin alcanzar su agudeza reflexiva) a una película reciente como Tres anuncios en las afueras, incluso en el hecho de toparse, como ella, con serios obstáculos en lo referente a la verosimilitud de lo narrado.

En efecto, el principal problema de Miedo sangriento reside en el libreto de John Kruse, tan plagado de ideas interesantes (y algunas decididamente arriesgadas y turbadoras, como el apunte semi-incestuoso que une a los personajes del hijastro y la madrastra en una escena de violencia psicológica hábilmente filmada a través de los lentes rotos de unas gafas) como de dificultades a la hora de justificar los bandazos que van dando los principales personajes a lo largo y ancho de la narración. Kruse acierta en lo más complicado: convertir la historia de una venganza casi en una excusa para destapar la monstruosidad que subyace en la más absoluta normalidad, convirtiendo la figura de un hombre torturado casi en un macguffin para hablar de otra cosa, de ese dolor macerado en odio que acaba estallando con terribles consecuencias, revelando que bajo una apariencia de cotidianidad y decencia yacen dormidos los peores sentimientos, prestos a liberarse si las circunstancias así lo requieren. Sin embargo, esta sugestiva exploración de las oscuridades de la naturaleza humana, con apuntes de Freud y Poe (la culpa oculta bajo el suelo y luchando por salir, con ese corazón delator a punto de dejar en evidencia nuestras miserias), choca de lleno con un torpe desarrollo argumental que nos invita a arquear la ceja, cuando no a esbozar sinceras sonrisas de incredulidad, ante el estrambótico discurrir de ciertos acontecimientos.

De este modo, un thriller incómodo y desapacible (y que nunca deja de ser entretenido, que conste) se viene parcialmente abajo ante determinadas decisiones de guion que merman considerablemente su credibilidad, y especialmente ante algunas reacciones de los personajes que rozan la incoherencia. La forzada gestión de sus emociones (o su poco trabajada evolución psicológica), así como el incomprensible proceder de otros (la policía no parece la más inteligente de Inglaterra, ciertamente), no logran, pese a todo, eclipsar los méritos de una película en la que, ante todo, brilla el talento de su director, responsable de la notable Arde, bruja, arde, que aquí vuelve a realizar un trabajo más que notable en términos de puesta en escena y manejo de la tensión (su trabajo de cámara es encomiable), ofreciendo una pequeña muestra de suspense claustrofóbico y malsano (qué horribles parecen todos los personajes, y qué oscura la sexualidad que exuda la película en sus mejores momentos) no exenta de ciertas ambigüedades ideológicas, sin que el giro de su desenlace anule sus pesimistas conclusiones, esto es, que la venganza es un plato que, se sirva frío o caliente, conviene no cocinar nunca.

Escrito por Nacho Villalba

 

The Seasoning House (Paul Hyett)

Hablar de las guerras yugoslavas o de la guerra de los Balcanes es hablar en gran medida de terribles crímenes de lesa humanidad. Y ya sé que resulta raro destacar como algo especial los crímenes en relación a guerras, pero teniendo en cuenta que, hasta cuando se piensa en las más cruentas, muchos lo hacen desde la moral y la honradez del enemigo que no mata salvo cuando toca, y no maltrata al que ha sido vencido ni lo humilla, pues claro, la realidad siempre es más triste que lo que uno piensa.

En The Seasoning House, película de 2012 dirigida por Paul Hyett, sobrevolamos uno de esos crímenes que tuvo lugar en los 90, cuando Milosevic y el Ejército de los serbios de Bosnia llevaron a cabo una limpieza étnica en Bosnia y crearon campos sexuales que, de acuerdo a varias fuentes, contaba con una cifra que oscilaría de entre veinte a cincuenta mil mujeres bosnias que fueron violadas sistemáticamente para producir una generación de serbios. A mediados de los 90, como si hiciera mucho tiempo.

Sin embargo, The Seasoning House, tratando este suceso real, aparece como un ejercicio de optimismo entre la angustia y el dolor que de verdad sufrieron todas esas víctimas. Optimismo, digo, porque estamos ante una cinta de venganza, y la venganza, aunque venga como producto del dolor y el sufrimiento, implica dar su merecido a los malvados, algo que, en el caso real, nunca pasó o, en el mejor de los casos, pasó demasiado tiempo después (que pregunten a Rako Mladić).

Por eso, con esta película tengo algunos sentimientos encontrados. A veces parece un telefilm con giros y recursos de escaso nivel, o un vídeojuego en un ordenador que no soporta bien sus gráficos, dando la sensación de que más de la mitad del metraje está montado a cámara lenta. Por otro lado, a veces es un drama serio con violencia explícita de gran altura. Una mezcla que deriva en un producto más que aceptable, a pesar de todo lo negativo. Porque, aunque en ciertos momentos uno dude su calidad, hasta incluso en su final The Seasoning House tiene algo de poético sin caer en absoluto en la obviedad, pero cayendo.

Esa es la enorme contradicción que hace de esta película algo apreciable. Puede que porque el espectador, en su deseo de buenas noticias, es lo que espera y quiere. Pero luego están esos detalles. Por ejemplo, que en una película sobre venganza contra los hombres, donde el sentido de posesión y la brutalidad están a la orden del día, que la protagonista aplique el mayor grado de rabia contra otra mujer resulta, cuanto menos, interesante. Puestos a ensañarnos, ¿no? Y, al mismo tiempo que la violencia es muy real, los tobillos parecen bañados en aceite, las manos son de goma y la puntería sólo es buena contra los personajes sin nombre. De esto deriva que algunas escenas de acción den un poco de cosa, porque hasta el pistolero más certero sin mirar al objetivo corre el riesgo de fallar si a quien persigue es a la prota.

Pero, como digo, el final de la película tiene algo de poético entre tanta prosa, y con eso me quiero quedar. Una buena forma de venganza, y también la más apropiada para la película. Siempre es mejor ver que alguien malvado sufre que verle morir sin más. De un castigo se percata, del otro no tiene ni tiempo para asimilarlo.

Escrito por Alberto Mulas