Sayônara (Kôji Fukada)

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Sayônara es posiblemente la palabra japonesa más común en nuestro país debido, sin duda, al doblaje de la película Terminator 2: Judgment Day donde se popularizó la frase «Sayonara, baby». Una palabra trágica que podríamos traducir como «hasta siempre». Sayônara es el título escogido por Kôji Fukada para dar nombre a una de sus últimas películas (su última película Harmonium fue premiada este año en Cannes). Un título acertado que consigue expandir el eco de esta palabra en mi cabeza, al recordar, los últimos minutos de esta obra. Este magnífico poema de ciencia ficción, realizado en Japón se estrenó en España en la Sección Oficial de la II edición de Filmadrid, donde recibió el premio a mejor película por parte del jurado de Días de Cine.

Una catástrofe nuclear a convertido a Japón en un lugar apocalíptico. La población intenta huir pero las largas listas de espera para ser evacuadas hacen prever que muchos no podrán salir jamás. En esta situación Fukada nos sumerge en el interior de una casa, aislada cerca de un bosque de bambú,  donde viven las dos protagonistas: Tanya, una mujer de origen sudafricano y Leona, un androide en silla de ruedas. Sayônara es la primera película interpretada por un robot  Geminoid F  —creado por Hiroshi Ishiguro—  aunque ya ha participado anteriormente en obras de  teatro con el dramaturgo Oriza Hirata. En una de estas obras se inspiró Kôji Fukada para realizar la primera película donde un robot y un ser humano actúan juntos para hacer de una catástrofe futurista una increíble oda a la amistad.

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Fukada construye sin la necesidad de artificios un futuro donde la radiactividad ha destruido todo, los últimos latidos de una humanidad que se encamina hacía su posible destrucción. Influenciado por Andrei Tarkovsky consigue crear un mundo ficcional desde el interior de los personajes, de una forma sutil, traslada al espectador a ese futuro donde la existencia de Leona no es un acontecimiento novedoso,  más bien una pieza del pasado, un androide desfasado que no es capaz de caminar. Sin necesidad de mostrar cómo explotan las bombas sobre Japón o  ciudades destruidas, acierta al generar en el imaginario del espectador una realidad aún más impactante, un futuro que consigue helarte los huesos, desde el cálido salón de la casa, contemplando desde la ventana, un mundo exterior en apariencia apacible.

El clímax de angustia en el que se establece la relación de los personajes, distorsiona la mirada del espectador. Cuando salen al exterior se percibe la metamorfosis que están sufriendo en su interior. Un homenaje a la obra Madre e hijo de Alexandr Sukurov donde las imágenes se deforman, mostrando el conflicto que se desenvuelven entre los personajes. Aislada de todo contacto humano, Tanya necesitada de la sociedad se enfría progresivamente, perdiendo parte de sus emociones para parecerse cada vez más al frío acero de un robot. Por otro lado, Leona es cada vez más humana, adquiriendo sentimientos y emociones enriquecidas por la poesía y el contacto humano. Una profunda reflexión sobre la esencia del ser humano, su relación con lo artificial y el valor de los sentimientos.

Una obra de gran belleza visual y narrativa que alcanza su momento más álgido en los últimos treinta minutos, con uno de los finales más emotivos que recuerdo. En un proceso lento donde contemplamos como la carne se convierte en piedra, mientras que el acero es dotado de vida. El humano desaparece pero el acero perdura: condenado a la vida eterna, está obligado a ser testigo  del paso del tiempo y despedirse de aquellos que le acompañaron… Sayônara… La carne desaparece pero los sentimientos no se olvidan. Aunque la película se acabe, en mi interior siguen vivas las emociones que despertaron esos 112 minutos.

Sayônara.

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