Pacifiction – Tourment sur les îles (Albert Serra)

Entre la razón, la belleza y el hastío

Después del éxtasis que vivió el cine catalán tras el Oso de Oro otorgado en Berlín a la preciosa Alcarràs, de Carla Simón, Albert Serra prosigue su camino particular en los festivales internacionales, y ha traído a Cannes Tourment sur les îles, también conocida como Pacifiction.

La historia gira en torno a De Roller, el alto comisario de la isla de Tahití, en la Polinesia francesa. Un hombre calculador y de impecables modales, muy en la línea de las masculinidades carcomidas que anidan en las películas de Serra. Si pensamos en Historia de mi muerte, el protagonista, encarnado por Vincenç Altaió, es un marqués del siglo XVIII, cuya alta posición le permite a Serra recorrer muchos caminos expresivos, desde la perversidad, pasando por la sexualidad hasta el esnobismo. Precisamente, donde el film se hace grande es en el contacto del marqués con los demás personajes, incluido su némesis, un conde que llega para corromper la región.

En ese sentido, el realizador no ha perdido ni un ápice de su talento para dejar que el tiempo fluya en el interior del fotograma, hasta el punto que su película instaura un tiempo propio y robusto, de una frialdad totalmente antiacademicista. En su anterior obra, Liberté, el plano parecía que había regresado a una cierta noción de cine primitivo, como si su quietud y el goce fuesen las únicas marcadoras de la puesta en escena. Los encuadres pictóricos y la precisión compositiva nos trasladaban a las profundidades del bosque, donde los personajes se satisfacían sexualmente unos con otros en una exploración coral de las pulsiones humanas. Es un film repleto de pliegues y capas teoréticas, sobre todo en relación a la abstracción del espacio-tiempo y al tratamiento de lo nocturno como una estructura antropológica, donde acaba primando la parte más animal del ser humano.

La política y poética Tourment sur les îles, que amplifica el halo sobrenatural que inunda los últimos films de Serra, presume de una extraordinaria multiplicidad enunciativa. Domènec Font aseguraba que los mejores cineastas contemporáneos son aquellos que mejor iluminan a sus personajes, y en esta línea, las escenas en el club Paraíso son de las más sugestivas y elegantes que ha filmado nunca Serra, del mismo modo que las imágenes que confecciona del oleaje. Los cuerpos que penetran en el ‹frame› lo hacen de forma lenta y acompasada, contribuyendo a instaurar el ritmo interno del film. Por ende, la puesta en escena asombra por su precisión. A través de la misma, Serra convierte las negociaciones en danza y el cuerpo físico en una fantasmagoría.

Pacifiction discursa acerca del aburrimiento soñoliento y la espera eterna de la figura del erudito, y está dedicada a todos aquellos que aún piensen que la imagen cinematográfica ya no acarrea potencial expresivo. La película se puede describir como una prima hermana de Zama, de Lucrecia Martel, y de Memoria, de Apichatpong Weerasethakul. De la primera a causa del acercamiento al protagonista, que en muchas escenas ocupa el rol de observador, cuando no de hablador. Y de la segunda por cómo la cámara peina un paisaje exótico y se lo hace completamente suyo, casi captando más una atmósfera y una sensación que un escenario físico.

Porque Albert Serra, en las antípodas de su tierra, alcanza su cúspide. Logra una película memorable que sintetiza y amplifica su estilo hacia cotas insospechadas, en un recorrido que pasa de una belleza sobria y proporcional a una embriagadora dosis de ensoñación que bucea en la textura de la imagen. El último trecho, radical y asombroso, no está lejos del David Lynch de Inland Empire, sobre todo en la exploración del campo vacío y la direccionalidad de la mirada, como si Serra estuviese disolviendo todo lo que ha aprendido hasta ahora y madurase como creador. Por ese motivo no puede entenderse el propósito de esas imágenes si previamente no se ha transitado por su filmografía, especialmente por cintas como Honor de Caballería o historia de mi muerte. Pacifiction también es muy parecida a Liberté en su conjunto, desplegándose como un gran fresco que inmortaliza el instante, captura el color y reúne a un grupúsculo de personajes sin una función aparente, pero sin imposturas ni excesos. El sonido es otra de sus grandes bazas, que enfatiza en la sensación de que la cámara devenga un agente omnipresente.

En resumidas cuentas, si la sección oficial del Festival de Cannes podía estar pareciendo algo insulsa, el cineasta catalán ha llegado para añadirle sabor, personalidad y hermosura. Una de las películas más apasionantes del certamen.

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