Onoda, 10.000 noches en la jungla (Arthur Harari)

Canciones del horror

Esta nueva pero atípica película bélica nos transporta a finales de 1944, instantes en los que Japón está perdiendo potencial en su papel en la Segunda Guerra Mundial. Por orden del comandante Taniguchi, el joven Hirō Onoda es enviado a una isla de Filipinas unos meses antes del desembarco estadounidense. Los pocos soldados que arrastra hasta la selva pronto descubrirán la doctrina desconocida que les conectará a este hombre: la guerra secreta, un conjunto de métodos de defensa y ataques personales que van más allá del uso de las armas o el contacto físico. Son mecanismos que se asocian a la inteligencia estratégica del soldado y a su capacidad para la resistencia, y bajo estas directrices el film encuentra su lugar. Está basado en hechos reales, concretamente en la figura del subteniente Hirō “Hiroo” Onoda, que trabajó para los servicios de inteligencia del Ejército de su país.

Una de las escenas más interesantes del metraje es una secuencia en forma de flashback que nos revela sus métodos formativos y de entrenamiento, y si hay una filosofía que recubre estas escenas es sin duda la nietzscheana. El comandante Taniguchi es la antítesis del sargento de hierro encarnado por Clint Eastwood, o en clave satírica, del militar R. Lee Ermey en La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick. Si éstos confían ciegamente en la fuerza colectiva del pelotón, el primero quiere depositar total confianza en el individuo, puliendo una cierta noción de “superhombre” en tanto que no se sucumba a una moral podrida, y con más razón en un clima aciago y exasperante. Una de sus directrices encomendadas es literalmente no suicidarse, lo que lleva implícito el apego de las tropas niponas hacia los kamikazes, aquellos que formaban parte de una unidad especial de ataques suicidas en nombre de la patria.

Habiendo visto Onoda es fácil aterrizar también en Cartas desde Iwo Jima, de Eastwood, como en la trilogía de Masaki Kobayashi sobre la guerra. Sin embargo, Onoda adquiere tintes de film de aventuras y supervivencia, a pesar de tener la piel de una epopeya bélica. Si éstas especulan hacia un despliegue maximalista con valores universales incluidos, Onoda es un relato más específico dentro de un contexto revuelto y descompuesto. Podría ejercer de contraplano para Invencible (Unbroken), de Angelina Jolie, aunque el discurso no se presta a encaminarse hacia la epicidad de las imágenes, sino hacia la sobriedad. No se precisa una banda sonora que refuerce los sentimientos, sino una que permita que éstos tengan un significado determinado y moldeable, de acuerdo con las actitudes de los personajes. Es uno de los apuntes que nos da a entender que nos movemos en una esfera más autoral que de estudio.

La emotividad no es uno de los pilares que sostiene lo nuevo de Arthur Harari, ya que prefiere radiografiar y poner en cuestión los honores del hombre en circunstancias adversas que transformarlo en el peón de una gran maquinaria.

Harari es un cineasta francés con sólo un largometraje en su haber, y es poco frecuente ver que ya en una segunda película un cineasta se atreva a llevar a escena un cuento de guerra extendido hasta las tres horas, en el que si bien su metraje puede pesar, su calidad técnica es incuestionable.

En resumidas cuentas, lo que el realizador consigue aquí no es una exhibición de efectos visuales contundentes, una visceralidad en las escenas de combate o unos mecanismos de inmersión, sino que logra vertebrar un estudio racional sobre lo que implica enfermar o estar sin comer en un país desconocido y sin recursos. Es una película con un guión a la vieja usanza, de los que hoy en día escasean en Hollywood y que suscitó mucho interés en la última edición del festival de Cannes.

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