Ole Bornedal… a examen

Parece que el thriller nórdico disfruta de su mejor momento. No ya por el éxito de la adaptación del ‹best seller› de Stieg Larsson, sino también por títulos que han ido llegando a nuestro país como Dinero fácil, Headhunters o Flame y Citron, por no hablar del inesperádo éxito que supuso Drive, de otro cineasta afincado en tierras danesas, que es de donde procede precisamente el director que destacamos hoy. Lejos de ningún tipo de moda, Bornedal siempre franqueó el terreno del thriller con algo más que decir; ya lo hizo en su ópera prima El vigilante nocturno, de la que luego entregó una revisión formal y discursivamente limitada con La sombra de la noche, para continuar experimentando en otros campos a principios de nuevo siglo con el fallido drama de época I Am Dina y una incursión en la comedia de terror a través de La sustituta. No sería, sin embargo, hasta finales de una década que terminó hace apenas un par de años, cuando Bornedal se destaparía de nuevo con lo que mejor sabe hacer: juguetear, subvertir y manipular las normas de un género al que volvió con una fuerza inusitada, primero con la fantástica Just Another Love Story, y más tarde gracias a la no menos recomendable Deliver Us From Evil, donde se sumergía de lleno en el poco frecuentado (por desgracia) subgénero de asedios en pueblos perdidos de la mano de Dios para salir airoso y triunfante.

Centrémonos, no obstante, en la que hasta ahora ha sido su mejor trabajo en un terreno con el que ya empezó flirteando en su ópera prima, donde dejó buena muestra de que lo suyo no era dar nuevas pinceladas al género en otro trabajo impersonal, sino más bien recrearse con sus claves e intentar enlazar un juego intertextual que implicase a un espectador demasiado habituado a no formar parte de un género que parece más apocado a la rutina y amontonamiento de tópicos que otra cosa. Con Just Another Love Story, Bornedal inicia ese jugueteo desde su título en el que ya se intuye una ironía bastante patente. Ironía que extiende y desplaza a las tres primeras secuencias de su film, presentadas con un intertítulo y constituyentes del esqueleto de una historia que ya sorprende presentando sus claves desde el principio, e incluso secuencias que poseerán un peso verdaderamente importante, desafiando así la estructura narrativa de un conjunto en el que lo importante no es su punto final, sino el cómo.

Amante del montaje y los misterios que sostienen al espectador en vilo (ya sorprendían a modo de homenaje dos secuencias en sus primeros trabajos que parecían fundir al danés con el mismísimo genio del suspense), Bornedal se muestra disconformista con un armazón clásico que contrapone otorgando en su construcción un premeditado desorden narrativo de buenas a primeras, que se resolverá tras diez minutos de caos premeditado donde los recursos formales destacan en los cimientos de una obra que sabe llevar de la mano al espectador dentro de ese desorden autoinducido.

Tomando como pretexto la base argumental de Mientras dormías, enésima comedia romántica de la inefable Sandra Bullock, el danés moldea la trama a su antojo construyendo un thriller adictivo en el que no sobran elementos de géneros ya olvidados como el ‹noir› (del que el protagonista nos avanza en su primera secuencia ese «Siempre tiene que haber una mujer» en forma de diálogo y Bornedal construye avezadas referencias) e ingredientes que buscan, además de alejarse del regazo más convencional del thriller, rizar sus claves con una mala uva que en tantas ocasiones se pide a gritos y pocos cineastas se lo han concedido como el autor de El vigilante nocturno aquí.

Tras un desarrollo en el que la premisa de Just Another Love Story se desarrolla con pericia, audacia y un humor retorcido de lo más adecuado (el amigo del protagonista pidiéndole que le ceda a su mujer), Bornedal se desmelena y concede un tercer acto verdaderamente portentoso, que llega a sus mejores cotas habilitando un juego psicológico entre sus personajes en un marco tan sencillo como el de una apacible cena entre amigos, y que demuestra que el cineasta no sólo tiene ganas de coquetear con las sensaciones del espectador, también las tiene de hacerlo con sus personajes: para deconstruirlos, descolocarlos y arrojarlos a una situación que nunca se le va de las manos por extremas que puedan parecer sus consecuencias, y terminan estimulando unos minutos finales donde el espectador se coloca exactamente en la misma posición que los protagonistas del film: la confusión.

En su último plano, que en realidad es el primero —en otro de esos jugueteos tan propios del cine del danés—, se comprende la síntesis de una obra portentosa que, pensándolo bien, no podía terminar de otro modo. No, por lo menos, si Bornedal quería ser consecuente y rematar otro de esos discursos intertextuales habituales en un cineasta que, siempre que ha jugado en su terreno favorito, ha estado lejos del conformismo y la comodidad.

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