Ni jueza, ni sumisa (Jean Libon, Yves Hinant)

Amanece en Bruselas y por tanto otra dura jornada laboral en la vida de la juez Anne Gruwez, veterana magistrada de los Tribunales de Justicia belga encargada de llevar bajo su batuta toda una serie de casos de lo más variopinto: desde un crimen sin resolver ligado a un asesino en serie que mató a varias prostitutas, hecho que atormenta la conciencia de nuestra heroína, hasta los rutinarios asuntos de pequeños hurtos, violencia doméstica, drogadictos, rateros, timadores, putas y pillos bien conocidos por la letrada, algunos más jóvenes y otros más veteranos, unos más engreídos y otros más cautivos de sus circunstancias. Todo este trajín será analizado detalladamente en Ni jueza, ni sumisa un documental belga que se sirve del carisma y talante algo egocéntrico de la protagonista absoluta de la obra, la susodicha juez Gruwez, una especie de mezcla entre el Baltasar Garzón más mediático con el Grande Marlaska menos tímido con ciertas gotas de pantomima y sátira a lo juez del ex-programa de Ana Rosa Quintana, Veredicto. 

No, no estoy de broma. Y es que si bien las críticas que versan alrededor de este film belga suelen vender el producto como una película documental con buenos toques de comedia negra, en mi opinión nos encontramos con otra cosa. Una pieza que no es ni documental ni cine, algo que no debe ser considerado como negativo, pero que para alguien como yo que ha crecido mamando un formato narrativo más clásico y realista en cuanto a lo que cine documental se refiere supone un obstáculo imposible de superar. Porque la obra se me atragantó casi desde su arranque, creo que debido a que no soporto los programas televisivos de telerrealidad que tan de moda están a raíz de que a principios de siglo inundaran las parrillas televisivas con propuestas que parecían mezclar ficción con realidad originarias fundamentalmente de grandes éxitos de la televisión estadounidense. Me refiero a esos programas tipo Supernanny, Hermano Mayor, el de los gerentes de empresas casi en quiebra que se hacen pasar por trabajadores, el de las cocinas asquerosas, el del encantador de perros César Millán y un sinfín de bosquejos que han tocado casi todas las profesiones conocidas: diseñadores de interiores, arquitectos, cocineros, psicólogos y ex-waterpolistas adiestradores de chavales maleducados, cantantes, bailarines, policías, modelos, solteros enteros (si podemos considerar la soltería como una profesión más que como un estado civil) con ganitas de hacer una buena faena, etc.

Creo que no hay (o al menos yo no lo he visto) un programa de este estilo que aluda al mundo judicial. Por consiguiente, Ni jueza, ni sumisa puede ser un plato de buen gusto para los fanáticos de este tipo de propuestas caracterizadas por poner una cámara a la vista de los personajes mientras charlan, dialogan e intercambian puntos de vista y actividades aparentemente de forma natural, sin percibir que están siendo filmados por un ojo que está perfectamente a la vista de los sujetos ya que el foco descaradamente se suele situar a la altura del diálogo a pocos centímetros de quienes están siendo espiados. Es por ello que este tipo de programas no son santo de mi devoción, porque no me creo para nada que quien está siendo captado con total descaro proceda a comportarse como una alimaña (el del Hermano Mayor) o espontáneamente sabiendo que su conducta está siendo estudiada y puesta en tela de juicio al menos por quien está sujetando la cámara. Existe un artificio que delata que lo que estamos viendo no puede ser 100% real. Y por tanto no me sirve la etiqueta documental para catalogar una especie de teatrillo liderado por gente común en su papel normal del día a día.

Este es el mayor pero que encuentro a Ni jueza, ni sumisa, es decir, su apuesta por arrimarse al árbol que mejor sombra cobija que en estos momentos consiste en explotar esos programas de éxito de audiencia que ambicionan convertirse en adalides de la falsa realidad exhibida sin ningún tipo de vergüenza, ofreciendo al espectador aquello que mejor digiere: bilis, tragedia, sentimentalismo barato, sensacionalismo, cotilleo, enredos y cloacas malolientes. Una deformación impostada que pretende encantar a primera vista entrando rápidamente por los ojos sin canalizar ningún estímulo al cerebro. Aquí veremos a una juez bastante subidita que se cree por encima de sus adversarios, muchos de los cuales son mostrados como pobres diablos magrebíes que han caído en las redes de los pequeños crímenes para sobrevivir en la gran ciudad de acogida. Su ego la delata, se siente muy agustito enfrente de la cámara, siendo el foco de atención mientras rebate y se enfrenta con los hampones de medio pelo que da la sensación que han salido del mismo centro de internamiento de inmigrantes (pues la gran mayoría son musulmanes, incluso un adolescente que amenaza con ir a Siria a hacer la Guerra Santa). La investigación que sustenta el tronco del film, la del asesino de prostitutas que consiguió eludir la justicia y que tras la aparición de nuevas pruebas de ADN parece puede por fin ser sacado a la luz, sirve solo como una excusa para insuflar algo de intriga a la película, pues poco a poco va diluyendo su interés tan rápido como un azucarillo en un vaso de agua. No hay quien se trague que los tres sospechosos son realmente sospechosos, incluso el ardid de colocar a uno de ellos en los Estados Unidos (a quien apuntan más directamente las huellas analizadas) aparenta más un giro metido con alfileres para dar por zanjado el caso.

Será la personalidad de la juez la única causa y efecto que manifiesta la razón de ser de este plato de cocina rápida. No veo yo que en España ningún juez en sus sanos cabales se preste a capitanear un producto como el analizado en esta reseña, a no ser que su ego y ganas de protagonismo así lo exigiera. No obstante no me atrevo a afirmar que en el futuro no nos encontremos con un programa televisivo a lo Ni jueza, ni sumisa. Es más, pensándolo mejor sería un despelote observar como el juez Garzón se alía con la juez Ayala para desentrañar algún caso de corrupción política a la vez que husmean en los motivos de por qué hay tantas fruterías de barrio. O ver a la juez Lamela y a Pablo Ruz irse de copas con Bárcenas y El Bigotes. Todo ello mientras la justicia sigue atascada y encorsetada en sus tradiciones y falta de modernidad que implica que haya juicios que tarden años en litigarse. Da igual, lo importante es dar al público pan y circo para que se entretenga y ponga al mal tiempo buena cara.



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