Coby (Christian Sonderegger)

Presentada en el Festival de Cannes de 2017 y primer trabajo en el largometraje documental de Christian Sonderegger, Coby supone toda una sorpresa sobre todo en su apuesta narrativa y su tono mitad poético mitad realista. Hoy en día no resulta complicado encontrarse con una cierta cantidad de producciones que cada ejercicio tratan de reivindicar y dar luz a un movimiento tan oculto y apartado tantos años de la vida pública como el etiquetado por el término transgénero. Muchas veces en su afán de demandar ese merecido foco de atención estas películas acaban cayendo en una trampa insalvable. No es el caso de esta Coby, un filme sereno y modesto que apuesta por una tolerancia sosegada y reposada, sin estridencias ni giros impostados que ambicionen manipular la conciencia del espectador.

Y es que a pesar de descansar en los terrenos del cine documental de trincheras, Sonderegger decidió desmantelar cualquier conato propio de este tipo de cine para envolver el contexto dentro de una dimensión que se aproxima a las lindes de una cinta de ficción hiperrealista. Ese es uno de los puntos que más me fascinan del documental, su poder embaucador y halo lírico, combinando a la perfección el formato del reportaje periodístico (con esas entrevistas a los familiares y al propio protagonista del filme tan típicos de este tipo de productos) con la inserción de poderosas imágenes improvisadas del discurrir de la vida en un apartado pueblo de Ohio de Coby, un joven transgénero quien decidió liberarse de la cárcel que le suponía estar encerrado en un cuerpo de mujer tomando dosis de testosterona y alterando su fisonomía, documentando todo este proceso mediante vídeos colgados en YouTube que describen el cambio físico que experimentó su cuerpo y su voz.

Sonderegger emplea un estilo literario que se apoya en elipsis y viajes en el tiempo que discurren del pasado al presente del protagonista que da título al film. En este sentido, en el arranque del film conoceremos a Coby, un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer que anunciará en un micro vídeo de YouTube que va a proceder a inyectarse una dosis de testosterona con el propósito de iniciar el camino de su liberación. De repente la cámara se situará en un paraje extraño: en una ambulancia donde unos médicos tratan de salvar la vida de un moribundo. Y sin dar ningún respiro la escena virará desde este brusco retrato hacia los reposados y nevados parajes de un pequeño pueblo americano donde un hombre se halla trabajando desnevando el terreno. Si nos fijamos bien en sus ojos, la mirada de este hombre se nos hace familiar. Esos ojos los hemos vista antes, pero en otra tez. Sí, se trata del Coby adulto, de su vida presente.

La película avanzará lentamente, a través de variopintos capítulos que retratan el discurrir de la vida diaria de Coby junto a su novia (una médico que lo acompañó y sigue acompañando en sus desafíos), su en un principio díscolo hermano quien tardó cierto tiempo en aceptar la nueva apariencia de su hermano y de sus padres, un ex-matrimonio que a pesar de su separación conyugal aman a Coby si bien de diferente manera, pues en la actitud de la madre (una mujer liberal que ante la cámara parece estar disfrazada con el fin de ocultar sus verdaderos sentimientos) denota cierta impostura y amargura respecto a la decisión que tomó su hijo reprochándose asimismo no haber reconocido inicialmente la resolución tomada por él, ya que en lugar de escoltarlo rehusó prestar su apoyo e incluso lo denigró empleando palabras fuera de tono. Se siente pues su temperamento histriónico que chocará con el talante mucho más relajado y sincero de un padre que a pesar de su apariencia distante, dialoga algunas de las frases mas cariñosas y valientes que se desarrollan a lo largo del film.

A pesar de sus escasos 78 minutos de metraje el film contiene muchas aristas, narrando muchas cosas en muy poco tiempo, algo que sin duda es un hecho a agradecer. No sobra ni falta nada, lo cual la convierte en una película terriblemente eficaz y sólida a la vez que emotiva y emocionante. Quizás la carga sentimental que desprenden los cimientos de esta robusta producción se derive de la conexión fraternal que ostenta el director con la familia protagonista, puesto que Christian Sonderegger es hermanastro de Coby por parte madre. Ello seguramente facilitó el acercamiento tan sincero y espiritual que se observa en cada capítulo retratado. La familia desnudó su alma y su conciencia como si se tratara de una pequeña sesión de psicoanálisis, lo cual eleva la apasionante tonalidad doméstica que ostenta el film. Es precisamente esta cercanía lo que aumenta la seducción que emana de cada secuencia, tanto las improvisadas como las férreamente supervisadas por el foco fiscalizador de su autor. 

Esa confianza innata hacia quien ha osado perturbar la paz ambiental apreciada en los rostros de los protagonistas es una señal que marca la diferencia de Coby con respecto a otras propuestas de su mismo género. También como he comentado anteriormente la magnífica puesta en escena cultivada por Sonderegger, quien no se acomodó a un entorno fácil, sino que dio un paso hacia delante imprimiendo al aura del film cierta mística a través de un discurso limpio y honesto, así como la utilización de los agrestes paisajes que irrumpen en pantalla, jugando con la frialdad del invierno de Ohio (ligado a su vez con el tímido consentimiento de Coby por parte de su familia que se percibe en las entrevistas iniciales), con la calidez que empapará la pantalla a medida que esta actitud va derrumbándose para acoger con cariño y humildad a un Coby que ríe conforme las cadenas se van desaunando al igual que el sol amanece en esas maravillosas mañanas y tardes veraniegas con las que culminará el film.

Así, el curso de las estaciones irán conexas con la transformación de la que seremos testigos. El encierro y la opresión darán paso a la luz y a las estrellas despejadas de nubes que suponen la libertad del individuo. El cambio supondrá movimiento. Y el movimiento es sin duda un síntoma de vida, figura poética que gracias al buen hacer de Sonderegger bautizará a Coby en un documento tan interesante como conmovedor.



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