Luzzu (Alex Camilleri)

Después de ver Luzzu, me fui directo a Wikipedia para conocer más sobre Malta, país donde tiene lugar la película escrita y dirigida por Alex Camilleri. Aunque esta página suele ser muy completa, no ofreció respuestas a las dudas que tenía, así que tuve que atinar un poco más mi búsqueda añadiendo a la palabra Malta las siguientes dos: seguridad social. Y todo porque no podía dejar de pensar en lo bueno que es que exista, que tener derecho a la salud y una buena nutrición no dependa de tener dinero y esas cosas, pero también porque son tantas las tramas en el cine y en las series que tienen como origen no poder disfrutar de ella de manera universal, que creo que el mensaje está bastante claro para quien lo quiera ver. ¿Será que la ficción ya nos evade de la realidad hasta tal punto que ya todo nos la pela por igual? ¿Que de ver tanto drama repetido nos hacemos poco a poco inmunes a sentir? ¿Que sentimos, pero no nos dura mucho? Como siempre, no tengo ni idea, pero sí que sé una cosa: vivo en Madrid (España), pedí cita médica en febrero para que me revisen por dentro, y me han dado cita para noviembre. ¡Viva!

Centrémonos, que Luzzu no se centra en la seguridad social, aunque aparezca de soslayo por la introducción de la cinta junto con el tema de las subvenciones y prestaciones. El argumento es el siguiente: Jesmark, protagonista de la historia, y su mujer, Denise, viven de la pesca en el mar (él) y de la hostelería (ella). Entre los dos, los ingresos no dan para mucho, algo que se nota todavía más cuando su hijo recién nacido muestra signos de desnutrición que parecen estar afectando a su desarrollo cognitivo y crecimiento físico por igual. Ante la falta de dinero (y de ayudas públicas), el padre de la criatura tratará de obtener más dinero con la venta del pescado, pero parece que la pesca no se encuentra en su mejor momento debido a las restricciones que promueve la Unión Europea y otras movidas varias propias del país. Es entonces cuando el hombre poco a poco se da cuenta de que con un trabajo así no podrá asegurar el bienestar de su familia y decide que es momento de tomar atajos más rentables.

Contada cámara al hombro, uno no puede dejar de pensar en lo cabezotas que somos en algunas ocasiones sólo con tal de no aceptar una realidad que es la que es, y que por pedir ayuda no dejas de ser el padre de tu hijo, pero qué sé yo, que no sé lo que es eso de ser padre. Porque, a ver, si el Estado hiciese algo por la patria, y además Jesmark no fuese un cabezota, la película duraba 10 minutos, pero como no es así, tenemos a una persona parca en palabras vagando por las lonjas y los puertos mientras piensa qué hacer con su barco (el cual explica el título de la película), haciéndote dudar sobre si le preocupa más la embarcación que la salud de su chaval, ya que la primera acaba de romperse y de su estado depende su subsistencia.

Pero no sólo es una cuestión de dinero, o eso creo tras leer la web Vivir en Malta. Porque la terquedad y las dudas de Jesmark podrían ser consideradas un capricho extraño en otro entorno, pero en Malta, especialmente en muchos pueblos costeros, la pesca fue una vez la única posibilidad de supervivencia. Para el protagonista, por ejemplo, su trabajo es casi como una extensión de su herencia existencial, no solo una fuente de ingresos (que ya apenas le llegan, además). Así, aunque la película no nos dé más trasfondo que el de ser el barco de su padre, intentamos entender la actitud emocional del protagonista hacia el gastado barco llamado Ta’Palma (aunque el hombre no sea muy de expresar emociones). ¿Arreglar el bote que tiene una fuga que no puede permitirse reparar, o buscar otro modo de ganarse la vida para dar de comer a su hijo? Esta duda que podría ser sencilla de resolver en otro lugar, aquí no tiene más salidas que una profesión que como tal parece estar a punto de desaparecer… legalmente.

Por tanto, el dilema al que se enfrenta el protagonista no es sólo fruto de los cambios tecnológicos y sociales. El tema del cambio climático y las políticas climáticas es tan importante como el tema de la transgresión a la modernidad. La competencia, la escala de producción, las normas. Por un lado, Malta apoya a los pescadores, por ejemplo, dándoles grandes descuentos en el combustible, y por otro, impone restricciones que imposibilitan la captura de determinadas especies. También paga por la destrucción de los barcos y los pescadores pueden obtener una compensación si dejan la profesión, pero ahí es donde surge la película de Camilleri, en el orgullo de generaciones de hombres, todos ellos temiendo que el discurso que los monta y los define termine destruido en un vertedero. Y la compensación económica no es más que un gesto que resuelve su conflicto en pequeña medida, pues no va seguido de ningún nuevo proyecto que haga alzar al menos una nueva dignidad.

Mucha tela (o red de pesca) que cortar, para una película naturalista y parca en palabras y emociones, que dista mucho de la efectividad dramática. Alex Camilleri ofrece en Luzzu un producto a la altura del neorrealismo, disfrazando situaciones probables de una forma literaria fluida, sopesando razones, tratando de presentar un problema social de forma equilibrada y donde nada es blanco o negro, salvo su capacidad para despojar a Malta de cualquier encanto turístico. Los espectadores pueden ver el mar, el puerto, la parte trasera de los restaurantes y las lonjas, y nada de eso es agradable. Quizá porque es un mundo en el que la clase trabajadora no tiene lugar para el descanso o el placer. En este sentido, la película puede ser dolorosamente tradicional, un artefacto audiovisual ya visto, aunque la historia pueda merecer la pena.

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