Poco pan y pésimo circo
A estas alturas, en pleno 2026, poco o nada cabe ya esperar de un cineasta como Takashi Shimizu. Siendo más precisos y analizando su filmografía, cabría la aseveración de que estamos ante un director ‹one-hit wonder›. Es tan innegable su aportación al ‹J-horror› —del cual casi podríamos decir que es piedra fundacional— como su nula trascendencia ‹a posteriori›, empaquetando productos de cada vez más dudosa calidad hasta el punto de que, si uno espera algo de un film de Shimizu, es poco más que un circo de tres pistas.
Expectativas bajo mínimos: en busca de la comedia involuntaria
Con estas perspectivas tan poco halagüeñas, las aspiraciones a la hora de afrontar The Mouths eran poco más que asistir a un producto delirante, muy en la línea de sus últimas producciones, pero que como mínimo consiguiera arrancar unas carcajadas. Algo así como saber que uno no va a ver una película de terror, sino algo que podría calificarse de comedia involuntaria. Sí, parece poco menos que un ejercicio de masoquismo cinematográfico, pero «menos da una piedra», que diría aquel.
Una vez finalizada la película, la conclusión es decepcionante. Porque si bien podemos concluir que es una película rodada con el vigor de un piloto automático, también es cierto que narrativamente es bastante sólida, sobre todo en su estructura coral, que no desentona. ¿Cuál es el problema, pues? Que podríamos considerar a The Mouths como una ‹opus magna› de la desidia en cuanto a su capacidad de generar un mínimo interés, una pizca de originalidad o, como mínimo, una locura que desestabilice el conjunto pero nos dé esa dosis esperada de carcajada involuntaria.
El reciclaje ecológico del ‹J-horror›
Y es que estamos ante una película que bien podría ser utilizada como ejemplo de desarrollo sostenible ecológico por su desvergüenza a la hora de reciclar temas e imágenes manidas. Todo es un ‹déjà vu› constante, pero con el añadido de que es como la Coca-Cola ‹light› del terror. Cero situaciones angustiosas, cero capacidad de crear atmósfera y algún que otro ‹jump scare› tirando a paupérrimo jugando con el sonido —como si fuera un estudiante de primero de sustos—, además de la ya habitual chica escuálida de pelo largo. Por no hablar de alguna subtrama de investigación sobre la que aparentemente debe circular la historia y que acaba siendo la parte más intrascendente y sobrante de todo el film.
Lo que podría haber sido una película pequeña pero con matices interesantes en cuanto a la idea de las voces articulando puntos de vista diferentes, acaba por ser una mera repetición donde las diferencias en lo narrado son mínimas. Y no, no son matices que cambien nada; sencillamente son pronunciadas por un interlocutor diferente. ¿En qué repercute? Pues en la generación de un avance torpe, previsible y, por tanto, más proclive al bostezo que a tratar de resolver un misterio risible y previsible.
Eso sí, Shimizu, quizás con una cierta sorna autoconsciente, nos reserva lo mejor para el final: una encuesta al público para ver si la hemos entendido, para que rellenemos los huecos que han quedado sin explicar o vaya usted a saber qué. Al menos, una despedida que ha conseguido despertar a la audiencia (literalmente) y arrancar, ni que sea, una media sonrisa.








