La plaga (Charlie Polinger)

Niños flotando. Niños luchando por mantenerse a flote. Niños compitiendo por mover una pelota mientras luchan y se mantienen a flote. Masculinidad a flote en pleno aprendizaje de un deporte. Masculinidad a prueba de vida. La plaga tiene a un montón de niños moviéndose en grupo en una escuela de verano de waterpolo, un microcosmos muy concreto que se convierte en el caldo de cultivo para el debut de Charlie Polinger. Su experimento: crear terror desbordante del mal comprendido como algo cotidiano.

En la película se construye un sencillo escenario donde desatar un drama punzante, apenas perceptible, que desmenuza lo errático de la sociedad a partir de una pequeña muestra. El recién llegado a un campamento donde ya todos los roles han sido repartidos respira agitado cuando debe adaptar el suyo a ese grupúsculo cerrado, una pirueta compleja si tenemos en cuenta su papel de pre-adolescentes asalvajados en un lugar esporádico, distendido, de completo desaforo energético. Podría ser uno de esos momentos conflictivos en los que es difícil encajar tu personalidad, a medio cocer, entre otras que parece que todavía no han comenzado a cocinarse, pero hay algo más oscuro, quiere sonar incluso inocente, cuando empiezan a separarse de uno de los compañeros acusándole de tener “la plaga”.

El punto infantil, cómico, desprendido en que huyen del otro compañero nos deja ese gusto forzado, ese anuncio de los acontecimientos, y nos provoca animadversión por anticiparnos a lo peor. Pero La plaga sigue su ritmo. Es más sutil en la forma de dilapidar la mente del recién llegado, que no es capaz de sacarse esa marca que le separa de los demás. Su inseguridad es la clave para ser consciente de los excesos del resto y para buscar ser una bisagra con el muchacho que queda apartado del grupo, pero claro, La plaga no busca su mensaje aleccionador y buenista, es más artista a la hora de volver lo expositivo en amargo y, con sutileza, consigue aislar a ese muchacho que quiere la armonía, porque la armonía no existe ni en un momento que debería ser anecdótico en un futuro.

Polinger se apoya en una magnífica colección de personajes que se suplementan para generar el horror, que tiene algo más de efecto cuando fríamente contemplas a un puñado de críos siendo incómodamente estúpidos. Juega la carta del adulto, que lo simplifica a una única persona que contempla con cierta distancia lo que ocurre, incluso ofrece una especie de monólogo en el que quitar hierro a la truculenta etapa adolescente, como una especie de confirmación de lo terrible que es ser joven, pero también hombre o ser vivo, cuando la experiencia nunca mejora al 100%. Así nos deslizamos por arenas movedizas en una situación que no es tan grave si existen formas de quitarle importancia, pero que se convierte en un pánico físico con el que exteriorizar el estrés y que realmente es un ataque de ‹bullies› creando la figura del débil por mayoría. A esto se le puede sumar esa forma de rodar un verano carente de aire fresco donde, por repetición, parecen estar los personajes en una especie de bucle infernal, uno de agua clorada donde los demonios parecen encontrarse en plena danza bajo la misma.

La resiliencia del protagonista es su búsqueda de oxígeno entre tanto líquido, siempre intentando encajar como método de supervivencia, y son muchos los métodos que intenta, creando una extraña imagen donde admirar su esfuerzo aunque no sea tan leal consigo mismo el alcanzar un posible triunfo. El desenfoque de la realidad al que se enfrenta hacia el final de la película es realmente tan angustioso como imaginábamos y aquí es donde triunfa La plaga, porque no ha hecho uso de ningún abuso, donde los “niños ‹psycho›” son quizá más efectivos cuando solo nos han ofrecido “niñaterías”, cuando acabamos somatizando los mismos picores que se visualizan, padeciendo esa forma de bordear la locura que necesitamos abrazar. Polinger es inteligente, sabe exprimir la experiencia y dinamitar la razón con muy pocos elementos, solo una atmósfera azul donde dejarnos sin aire para respirar.

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