La mansión de los muertos vivientes (Jesús Franco)

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Lo mejor y lo peor que se puede decir de La mansión de los muertos vivientes es que es Jess Franco en esencia pura. Lo que encontramos es cine de explotación en su vertiente más caradura; un cine que se articula en una carencia por la desnudez femenina y el lesbianismo softcore, por poner a Lina Romay como actriz fetiche y utilizar personajes reciclados del cine de terror, aunque sea  de mala manera, de forma absolutamente gratuita y, por supuesto, nada amenazante.

Se hace incluso difícil glosar que tiene de bueno un film como este cuando hasta el título miente. No hay mansión, ni muertos vivientes, solo un hotelucho barato de costa y una especie de zombis templarios claramente destripados, no por homenaje sino más bien por falta de imaginación, de la saga de Amando de Ossorio. ¿El argumento? ¿Quién lo necesita? Desarrollar una historia coherente impediría el caos y la anarquía imperantes durante todo el metraje. El guión es visto aquí como una atadura, como una prisión que impediría los saltos imposibles de tiempo y espacio, que no podría justificar de ninguna manera las escenas de sexo barato o la incursión, leve todo sea dicho, en el «torture porn» más desquiciado.

No parece pues que La mansión de los muertos vivientes sea el mejor ejemplo de loa u homenaje al tío Jess. No obstante si sirve precisamente para denunciar ese alud de elogios hacia un cineasta al que no se debió infravalorar tanto ni ponerlo por las nubes ahora en un afán tardo revisionista postmoderno. Sí, Jess Franco tenía como grandes virtudes cinematográficas el espíritu anárquico, la voluntad de libertad y trangresión absolutas, consiguió legiones de fans (Tarantino incluido) e influyó de forma decisiva en una manera concreta de entender y hacer cine, pero no por ello hay que ocultar la inmensidad, cualitativa y cuantitativa, de sus bodrios. Algo por otro lado normal en un director con cerca de doscientas películas en su currículum.

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Decía Ángel Sala de él que era un cineasta psicotrónico. Pues bien, ni tanto ni tan calvo. Si bien hay que valorar su etapa tardo sesentera y setentera por su vocación de atreverse con lo políticamente incorrecto y por romper tabúes de una sociedad cerril como la española, una película como la aquí tratada, ya filmada a mediados de los ochenta no deja de ser un producto con el piloto automático, que denota un cierto cansancio en sus nada cuidadas formas (incluso dentro del standard franquiano) y donde la tan cacareada libertad creativa del  director  no es más que una repetición estereotipada de su propio cliché.

La mansión de los muertos vivientes es una película, si se quiere, de fin de ciclo, un film metafranquiano que no aporta nada de nada ni al cine en general ni a la filmografía del difunto director. Un producto que ya no rompe a base de erotismo pues el español medio ya no necesitaba ir a Perpignan o buscar una coartada creativa para ver tetas. Lo mejor que se puede decir es que para los fans irredentos de Jess Franco no decepcionará pues ofrece exactamente lo que se espera y es que, eso es innegable, estamos ante un director que gustará más o menos, pero cuya honestidad está a prueba de bomba, de crítica e incluso en este caso, a prueba de la paciencia de cualquier espectador. Descanse en paz.

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