La isla de Amrum (Fatih Akin)

La isla de Amrum, la nueva cinta de Fatih Akin, se presenta como una fábula o anécdota, según el significado que le pueda encontrar el respetable a sus escenas finales, sobre la infancia de un niño alemán en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y, más importante, su corta estancia en la susodicha isla de Amrum. Hay aquí mucho de obras notables del cine occidental de los últimos años. Toda la película se demuestra deudora de, en lo cercano, obras como JoJo Rabbit (Taika Waititi) y otras como la notable ¿Dónde está la casa del amigo? (Kiarostami), esta segunda siendo la huella dactilar de infinidad de cintas con niños como protagonistas, pero qué les voy a decir que no sepan ya. Por otro lado, el emplazamiento, además de ciertas elecciones musicales y dramáticas, remite a Almas en pena de Inisherin (Martin McDonagh), cinta extraordinaria que convierte sus espacios en lugares únicos y místicos. Parece que la cinta tiene todos los buenos ingredientes, que el guiso está para no tocarlo y dejarle hacer, pero llega el momento de catar y no puedo evitar encontrarlo algo soso. ¿Qué ha pasado?

Como un niño, y como mi párrafo anterior puede indicar, La isla de Amrum juega a ser muchas cosas, a ser otras películas, pero no parece querer ser ella misma. Hay mucho de muchos lados, pero poco autóctono. Estoy cayendo en conjeturas, pero es la sensación que me transmite Akin con su dirección. La cabeza parece estar en los referentes, en cómo aquellos hicieron tal, pero no tanto en un aquí y un ahora, en una trama a resolver, secuencias que elaborar. Así hay líneas generales, más o menos satisfactorias, porque la cinta se deja ver muy bien, pero poco que te haga querer quedarte. Las películas ganan mucho cuando no son puentes a cruzar, sino plazas en las que quedarse tanto como quieras. O eso pienso yo. Amrum es un lugar del que, si bien se está a gusto, como uno de sus personajes bien dice: «Todo el mundo se marcha».

Y no es porque haya fallos garrafales, no es el caso. Sin ir más lejos, el joven Nannin, al cual da vida Jasper Billerbeck en un trabajo extraordinario, como suelen entregar los buenos niños actores, es bien simpático y fácil de querer. La estructura del guión deja dónde agarrarse y me parece formidable (-mente “kiarostamico”); el recurso de la receta a elaborar para la madre convaleciente es claro, es conciso y es funcional, hay espacio para la riqueza cinematográfica sin perder un pulso narrativo notorio. El contexto es también curioso, y esto puede ser más personal, pero las gentes de Amrum, campesinos desconectados en medida de lo posible de lo que está sucediendo en Alemania durante el nazismo, se presentan como personajes pintorescos, con historias que contar y carácter. Además entre ellos está Diane Kruger que, quieras que no, cae bien.

No paro de dar vueltas al hecho de que tiene buenos ingredientes y en el párrafo previo parece que esté hablando de una nueva Almas en pena de Inisherin, pero entonces llega la película como conjunto y deja que desear. Creo que lo que le falta a este plato no es otra cosa que carácter. Una personalidad definida, no solamente un guion filmado. Hay una mirada y hay unas decisiones, pero son tibias, no lo suficientemente destacables para llamar la atención, ni mínimamente funcionales como para manufacturar una obra fluida con vocación puramente narrativa. Akin parece no querer arriesgar demasiado, o pasarse de sutil, con una dirección que se preocupa por su obra, seguramente, pero que no la deja crecer como algo genuino; como si de un niño atrapado en el tiempo se tratase.

Muchas particularidades formales caen en un saco donde no aportan mucho, o no más que otra escogida al azar. La película, por ejemplo, está bien oxigenada, porque Akin deja mucho aire en los encuadres, pero a diferencia de cintas como Ida (Pawlikowski), donde ese recurso se vuelve muy expresivo, aquí no transmite apenas. Podríamos entrar a discutir en las razones tras la elección de dicho recurso, pero caeríamos en discursos muy teóricos que obviarían la falta de efecto del mismo y, si bien servidor es pedante, creo que la idiosincrasia del lenguaje fílmico es la de la expresión y la emoción, antes que la de la teorización; esta sucede a las otras dos, los casos contrarios rara vez son interesantes.

Quizás he sido algo contundente con La isla de Amrum, pero parte del trato entre público y obra/autor es exponerse al juicio, las opiniones y los criterios del primero a cambio de su atención y (quizás) cariño. Por otro lado diré que estas películas siempre tienen cierto afecto de mi parte, porque creo que la industria europea se debe aplaudir siempre, por el trabajo que conlleva y por el trabajo que todos queremos que siga floreciendo. Quizás es nuestro deber ir más a películas como La isla de Amrum y menos a otras que tienen a cierto ratón detrás.

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