La invitación (Karyn Kusama)

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A aquellos que ya estén familiarizados con los anteriores trabajos de la directora de La invitación, Karyn Kusama —conocida entre el gran público por Æonflux (2005) o Jennifer’s Body (2009)—, no les sorprenderá que la cinta bascule entre una plasmación visual de elevada calidad y un guion endeble, de forma que el cómputo final de la misma se salde en una propuesta tan interesante como irregular.

En efecto: a pesar de tratarse de su trabajo más personal tras su prometedor debut en la dirección, Girlfight (2000), La invitación se encuentra lastrada desde prácticamente su inicio por la estructura climática del planteamiento narrativo, el cual, inevitablemente, solo puede conducir a dos desenlaces, ambos fáciles de adivinar por parte del público. Obviamente, que una película tenga un final predecible no significa que sea fallida; sin embargo, si toda la trama se halla construida en torno a una tensión creciente, en un contexto claustrofóbico e inquietante que crea una atmósfera ambigua y enrarecida a lo largo de sus 100 minutos de metraje, la resolución de la historia debería ofrecer algo más que una mera confirmación de nuestras sospechas, por mucho que estas se vean matizadas por un apunte último que pretende ser impactante y que, de hecho, lo logra solo de manera muy tangencial.

En realidad, la temática de la pieza —una crítica a los fanatismos ideológicos en general, y a los religiosos en particular— queda mejor reflejada en la simbólica secuencia que la prologa que en el desarrollo posterior del argumento. Ello es debido, como ya he apuntado, a una excesiva verbalización del contenido de fondo del filme. Mediante un envoltorio de thriller terrorífico, la pretensión de la obra es, a grandes rasgos, incidir en la vacuidad de una sociedad tan infantilizada y materialista que no sabe qué hacer ante la existencia de la muerte, con lo que termina por confundir espiritualidad con radicalismo o, lo que es incluso peor, con espectáculo. No en vano, la historia se ambienta en una lujosa mansión a los pies del famoso Hollywood Sign en el monte Lee. ¿Y hay algo que pueda encarnar con mayor fuerza lo huero y superficial de nuestra época que un barrio residencial de Los Ángeles? Difícilmente.

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De ahí que, sin duda, lo mejor de La invitación resida en la realización de Kusama, que logra impregnar, con una elegancia digna de elogio, una reunión de amigos de unas notas de extrañeza y desasosiego; y sin mayores efectos estilísticos que un ritmo pausado y sostenido del relato, apoyado en el inteligente uso de los flashbacks, la profundidad de campo, los primeros planos y los desenfoques. A ello también contribuye la labor del elenco actoral —sobre todo de su protagonista, Logan Marshall-Green (Will), y de sus tres principales “némesis”—, así como la fotografía de Bobby Shore, cuya calidez, conforme avanza la historia, se transforma desde un símbolo de la protección del hogar a una alegoría del infierno, como bien se concreta en esa ominosa lámpara roja, metástasis de una sociedad enferma.

En consecuencia, La invitación, gracias a su ingeniosa puesta en escena, ofrece un visionado entretenido pero que no cala en el ánimo de la audiencia, al no aportar nada original o estimulante al espectador más avezado, teniendo en cuenta que, incluso lo mejor de la cinta, que es ese toque de intriga entre el drama realista y el enfoque fantastique —lo que explica el galardón a la mejor película en la pasada edición del Festival de Sitges— ya se encuentra en producciones recientes como Martha Marcy May Marlene (2011) de Sean Durkin, Take Shelter (2011) de Jeff Nichols o Coherence (2013) de James Ward Byrkit.

Y conste que no he escogido estos tres largometrajes al azar; y es que el primero contiene una denuncia del poder de las sectas que también está en La invitación, mientras que el segundo contrapone dos puntos de vista —el del individuo y el de la colectividad— que asimismo funciona como motor del filme que nos ocupa. Y, en cuanto al tercero, las similitudes argumentales son tan obvias —una cena entre amigos con un giro, más que drástico, increíble— que comparar ambas creaciones resulta casi redundante. Desafortunadamente, y pese al buen hacer de su directora, La invitación no está a la altura de ninguna de ellas, ni desde el punto de vista de la pieza de género, ni de sus hallazgos visuales, ni mucho menos como metáfora de nuestra realidad.

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