La alternativa | Nervios rotos (Roy Boulting)

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Estos días vuelve a estar en boca de todos el uso del trastorno de identidad disociativo para reavivar el terror y el suspense en el cine. Pero también es cierto que es más que complejo hablar de estas películas sin estropearle la sorpresa a más de uno, pues suele ser una de esas enfermedades mentales que salen a la luz en los últimos minutos de metraje. Los ejemplos son infinitos, está la chica que corría por la carretera huyendo de un tipo con chubasquero, el del motel, la que estaba metida en un sanatorio mental, los hermanos gemelos que fueron separados al nacer… un juego que siempre funciona para mostrar una ilusión mental, un retorcido intento por sesgar la línea que seguía la trama para estallar en una gran sorpresa inesperada (o descubierta por las pistas diseminadas por el guion).

Pero hay otra vertiente, la que pone las cartas sobre la mesa desde el principio y atribuye los méritos a esa mente duplicada desde un inicio. Nervios rotos (Twisted Nerve) utiliza esa trampa de lavarse las manos antes de comenzar con cualquier acción. Una de esas frases en las que te avisan que el revuelo a su alrededor está confirmado antes de su emisión, que la ofensa es una posibilidad dado que una aparente inocencia podría quedar dañada, y que una enfermedad mental no siempre es sinónimo de criminalidad.

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Nervios rotos tiene a un joven de ojos profundamente azules y la certeza de que todo placer tiene una miseria oculta. Un tipo apático, capaz de coger todo lo que esté a su alcance, pero incapaz de comprender la palabra «consecuencia». El azar le lleva a cruzarse con una de esas muchachas bonitas, decididas y amables, sencillamente encantadoras, por la que decide exprimir su faceta más infantil para librarse de sus problemas. Porque Martin ha desarrollado dos variantes de sí mismo en un solo cuerpo: el altivo Martin y el aniñado e inocente Georgie. ¿Quién nos dará más problemas?

Roy Boulting emplea todos sus medios para remarcar con claridad toda fobia que rodea al protagonista, nos aproxima a él a través de sus lecturas, su vestimenta, sus muecas, adaptándose siempre a la personalidad presente en la sala. Porque en esta ocasión, parece un acto consciente la aparición de uno u otro, complaciendo a todo aquel que se acerca, aprovechando una creencia extendida hasta la saciedad: el inocente es inofensivo, y por tanto hay que cuidar de él. Aún así no abandona la idea de enfermedad mental, al alterar metódicamente a su creación. El más claro ejemplo, ese momento donde mejor se emplea Boulting, es en los reflejos de Martin ante el espejo, como una representación de su némesis, que le lleva de la adoración al profundo odio, que quiebra en más de una ocasión para demostrar, vez tras otra, que no consigue conformar el reflejo de la perfección que han pronosticado en él tras una extraña vida familiar.

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A la vez que intentan aleccionarnos de las oscuras mezclas de la genética que traicionan al no nato, esas anomalías que muestran el gran interrogante, si la maldad se nace o se hace —así como el rubio en el pelo o la disponibilidad a tener unas enfermedades u otras—, nos deslizan por un slasher que se desarrolla con calma, haciendo gala del Twisted del título, una mezcla que distorsiona ambas vertientes, donde el loco genera al asesino y el asesino se justifica con la locura.

Es curioso que Roy Boulting repitiera en Nervios rotos con Hywel Bennett y Hayley Mills, después de ser protagonistas dos años antes en el drama romántico Luna de miel en familia, una película tan alejada de esta representación donde cada personaje tiene un aspecto turbio que convive con su metodología común, y la sexualidad aparece como algo opaco y esquivo, muy presente en cada acto (siempre arrojada sobre madre e hija, ya sea en planos que enfocan partes de sus cuerpos, o comentarios poco apropiados referidos a las mismas) donde la ingenuidad suena a excusa. El salto en el asiento no lo consigue con su terrorífica distorsión del capricho humano, es con la asociación, porque Tarantino parece sabérselas todas y lo que se ha convertido en un himno a la maldad (el silbido de Kill Bill) lo tomó «prestado» de esta película, donde, sin duda, el efecto es mucho más desconcertante cuando surge de los labios de Martin.

La construcción de los espacios parece incidir en una modernidad que enclaustra en anticuados caserones ingleses, donde la empatía entre personajes siempre se fuerza hasta ablandar la mirada hacia Georgie y comprometer el voyeurismo cuando contemplamos las dobleces de Martin, contraponiendo siempre las reacciones de unos y otros ante la duda razonable. Atrevida y compleja, tal vez se pierde en sobreexplicaciones médicas no pedidas, que en la época serían realmente novedosas, pero no por ello desaparece ni un ápice de interés al saber compartir la tensión con esas mentiras bien trazadas. Y las miradas, sin una mirada sombría, no hay forma de recrear el terror disociativo.

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