Fear (Ivaylo Hristov)

La mirada de Svetla dibuja a una mujer de carácter, obstinada y que guarda en la evocación del pasado un ayer mejor, menos aciago que ese presente donde evita propuestas carnales con la convicción de que esa soledad no se va a desvanecer de cualquier modo. Svetla es, además, una persona de costumbres, que visita el cementerio donde yace su marido, y guarda bajo la almohada un arma blanca, claro síntoma de desconfianza ante una situación de incerteza creciente.

Ivaylo Hristov desliza bajo ese tribulado blanco y negro un agudo relato de humor negro donde la migración, uno de los problemas centrales que despierta una inquietud patente en la población, es hasta percibida por los medios como si de una guerra entre dos mundos se tratara: porque a ellos allí «no se les quiere». Ese miedo (traducción literal del original Fear) al que alude el título del nuevo largometraje del búlgaro, no parece poseer pues relación alguna con un temor social —a perder los derechos que detentan como comunidad, sus trabajos o, incluso y como alude en un momento determinado un personaje, a sus mujeres— sino, más bien, surgir del terror a lo desconocido, de la ignorancia en la que se cimientan unos prejuicios que van más allá del racismo, y que encuentran en lo extranjero un motivo que parece suficientemente férreo como para rechazar de raíz crudas realidades que ni siquiera se antojan una razón de peso como para replantearse tal postura.

El encuentro de Svetla con Bamba, un refugiado proveniente de Mali que intenta llegar a Alemania, levantará suspicacias a medida que la relación entre ambos se consolide gracias, en parte, al desmán con que la autoridad —alcaldesa, a la que recurrirá la protagonista en más de una ocasión, incluida— tratará su llegada debido a un grupo de afganos recién capturados en la frontera; así, del más que obvio desinterés de Svetla por hacerse cargo de la situación, el vínculo entre ambos se irá sosteniendo de un modo un tanto extraño, pues la comunicación entre ellos se ciñe, a resumidas cuentas, a escuchar un idioma desconocido cuyas palabras alcanzan a tener sentido en escasas ocasiones.

Hristov traza a través de este nexo un film cuyas intenciones son tan diáfanas que es fácil disfrutar de su humor desencorsetado; un humor que, por otro lado, se antoja complejo de encajar en un contexto como el definido, pero sin embargo el cineasta engarza a la perfección, dejando muestras de una mordacidad que alimenta, si cabe, parte del discurso que deriva del film: desde la forma de interaccionar que tienen las autoridades al papel de los medios —esa disparatada entrevista a pie de campo tras la batida realizada por el ejército— componen el, a ratos, extravagante retrato de una situación cuyo reflejo no se antoja tan lejos de algunas realidades, y quizá en ese sentido es donde Fear, más allá del logrado tono a partir del que se mueve, resulta ciertamente desoladora por más que las intenciones del búlgaro puedan distar, por momentos, de esa sensación.

Fear es, en definitiva, un film que podríamos decir que se mueve con una facilidad pasmosa en terreno “coeniano” integrando una temática espinosa a un contexto del que logra salir airoso: y es que lejos de saber implementar su agudo sentido del humor a un asunto de cierta urgencia social, sabe recorrer caminos ya conocidos sin por ello transformarse en un constante ‹déjà vu›. Más bien al contrario, flanquea con certeza y mucho descaro situaciones que podrían dinamitar el resultado, engarzando además una de esas conclusiones cuyo metafórico final no sólo es perfecto por aquello que representa, sino por saber arrojar luz y una brizna de esperanza a un panorama tan decadente donde incluso unas pinceladas de color pueden aportar el aliento y ternura que no hubiese esperado en un título así.

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