El pequeño Quinquin (Bruno Dumont)

Indudablemente El pequeño Quinquin es una comedia, un larguísimo chiste sustentado por una interesante trama policial, que finalmente no resulta lo más importante, ni tan trascendental como parece en un principio. Dumont nos ofrece un esquema de serie de televisión clásica, en la que dos policías investigan un misterioso y sórdido caso en un escenario en el que se mueven una serie de personajes más que peculiares. Sin embargo, no se trata de una parodia de dichas series policiacas; ese no el objetivo del realizador, sino más bien con la excusa de la investigación vamos descubriendo la cara oculta, el lado oscuro, de una comunidad rural en la que aparentemente nunca pasa nada; alejada del mundanal ruido da la impresión de ser una suerte de Arcadia Perdida, pero como suele pasar siempre, nada es como parece.

El pequeño Quinquin

La base argumental es muy simple: En una pequeña localidad costera, ubicada en el Boulonnais, en el departamento Nord-Pas-du-Calais, patria natal de Dumont, cuyos habitantes hablan el ch‘ti, dialecto picardo —de aquí el título original del film, P’tit Quinquin (Li’l Quinquin)—, se producen una serie de extraños e inquietantes asesinatos; por ejemplo los dos primeros cadáveres han sido mutilados brutalmente y los trozos desmembradas del cuerpo aparecen en el interior del culo de una vaca. El Comandante Van der Weyden (Bernard Pruvost) y el sargento Carpentier (Philippe Jore) serán los encargados de la investigación que conforme más avanza más intrincada y complicada se convierte para los dos policías. Como testigos sin excepción de los acontecimientos relacionados con las pesquisas policiales, encontramos a Quintin (Alane Delhaye), su novia Eve (Lucy Caron) y otros dos amigos, nada que ver con las típicas pandillas de niños investigadores a lo Enid Blyton.

Así contado no parece demasiado original. Sin embargo, Dumont toma todos estos elementos, los introduce en su coctelera especial, los mezcla y nos ofrece un coctel explosivo, bizarro y extravagante pero a la vez sobrio y perfectamente controlado. Y no me refiero sólo a la puesta en escena o el excelente y magistral dominio narrativo que denota el realizador, sino también por el retrato tan certero que hace de una pequeña y cerrada comunidad rural y ganadera a través de una serie de actores no profesionales, pero de rostro peculiar en una suerte de extraordinaria poética de la fealdad o de lo anómalo; bello expresionismo que contribuye curiosamente a acrecentar la comicidad de la cinta, de un insólito y extraño sentido del humor.

El pequeño Quinquin

De igual modo, los personajes estelares resultan inesperadamente divertidos. Por ejemplo, la pareja de policías formada por Van der Weyden su ayudante Carpentier protagonizan un ochenta por ciento de las situaciones cómicas del film, pero básicamente por la caracterización de dichos personajes: el comandante es un sujeto extraño, con una rostro repleto de tics, un curiosa manera de andar, un extravagante peinado y bigote a lo Einstein, así como una especial habilidad para realizar deducciones de una ridícula simpleza o improvisar diálogos absurdos con sus entrevistados; el sargento es un sujeto extremadamente delgado, al que le faltan algunos dientes y que se nos muestra como un tipo bastante primario y simplón. Quintin es un pájaro de cuidado, así como sus colegas; se dedican a molestar estallando petardos, a maltratar e insultar a emigrantes, o a humillar a un pobre sujeto que ayuda en misa, acosándolo en una salvaje sesión de coches de choque. El rostro del pequeño Alane Delhaye es el propio de esos críos con cara de adulto —como el David Bennent de El tambor de hojalata por ejemplo— que resulta una presencia inquietante y perturbadora a lo largo de la cinta. Sin embargo, es el único que parece descubrir elementos que hacen avanzar y clarificar la investigación.

Aparte de las situaciones hilarantes que nos ofrecen los personajes mencionados, Dumont nos regala algunos momentos realmente divertidos, surrealistas o absurdos, que sirven para describir a la perfección el entorno en el cual se desarrolla la acción y sus gentes. Es una comedia sin gags ni sketchs, en la que sin embargo el espectador esboza una sonrisa cómplice. Citemos tan sólo como ejemplo la larga y magnifica secuencia del funeral, la celebración de la Fiesta de la Primavera con majorettes incluidas, o la surrealista conversación en el restaurante entre el fiscal y Van der Weyden, interrumpida con una familia que tiene un hijo retrasado que tira bandejas y platos al suelo una y otra vez.

El pequeño Quinquin

Estos momentos se combinan con una trama sórdida pero que sin embargo no chirría para nada, sino que ambos tonos se ensamblan a la perfección dando como resultado una obra única y original en grado sumo. No se trata por tanto de una comedia al uso, que busca el regocijo del respetable, sino que invita a la reflexión ya que debajo del gran chiste final hay algo más escondido. Dumont nos interpela sin dureza pero de manera firme y rotunda sobre el Mal, como una suerte de entidad con capacidad para corromper un lugar tan presuntamente idílico como la pequeña población rural y ganadera en la que acontece la acción. La solución real al enigma no es más que esa y semejante revelación nos deja del todo desconcertando y rallados al finalizar la película.

Estrenada originalmente como serie de televisión, compuesta por cuatro capítulos de 50 minutos cada uno, por el Canal Arte (co-productor del proyecto junto a 3B Productions) con enorme éxito de crítica y público, El Pequeño Quinquin resulta una experiencia cinematográfica ante la que uno no puede reaccionar con indiferencia ni con un encogimiento de hombros, sino con emoción y entusiasmo. En nuestro país, tendremos oportunidad de ver la serie completa en nuestros cines, montada como un largometraje de 200 minutos, a partir del 12 junio, pero también en el canal de televisión Movistar Series en su formato original.

Destaco además la escasa oportunidad que tenemos los cinéfilos de poder ver con facilidad películas firmadas por los nuevos realizadores franceses, como es el caso de Bruno Dumont cuyos films se han podido contemplar en festivales de cine o en DVD (o en copias piratas “robadas” en Internet). Dumont, a juzgar por la película que nos ocupa, resulta un director a seguir y a descubrir, ya que nos enfrentamos con un film complicado, excéntrico, diferente, divertido, original y con un realizador que posee una manera peculiar de contar las cosas; cine de potente personalidad, que no se parece a nada que uno haya podido ver antes.

El pequeño Quinquin