Dusan Makavejev, el entrañable sátiro del cine yugoslavo | Cine maldito

Dusan Makavejev, el entrañable sátiro del cine yugoslavo

Hace unos días nos despertábamos con la triste noticia del fallecimiento de uno de los grandes iconos del cine yugoslavo, ya que la muerte de Dusan Makavejev supone en mi opinión el final de una época: la del cine de trincheras de la antigua Yugoslavia, o dicho de otro modo, un casi punto final a la injustamente olvidada ola negra del cine balcánico que floreció allá por la década de los sesenta de la mano de nombres tan representativos del movimiento como los ya desaparecidos Aleksandar Petrovic, Živojin Pavlović y ahora nuestro homenajeado Dusan Makavejev. Y la desaparición del maestro ha pasado totalmente desapercibida como era lo esperado. Casi ningún medio se ha hecho eco de la muerte de uno de los más grandes cineastas que ha dado Europa, y lo que me resulta más triste, pocos cinéfilos de esos que suelen reivindicar lo marginal han mencionado como se merecía tan importante pérdida.

Creo que puedo adivinar el motivo. Dusan Makavejev fue un tipo incómodo. Algo inherente a la forma de entender el cine de la ola negra. Este fue un movimiento extraño. Siempre crítico con la sociedad descrita en sus relatos: la Yugoslavia de Tito (situándose habitualmente en los extrarradios y suburbios de Belgrado). Un movimiento joven, inconformista y rabioso como caracteriza a esa inocente etapa vital que es la juventud. Pero que lanzaba sus gritos de atención de un modo para nada preciosista, sino reflejando la parte más fea de la condición humana, esas cloacas putrefactas que todos deseamos tapar para que no sean vistas. La ola negra ambicionaba lo contrario: otorgar el protagonismo a seres marginales y desplazados del sistema mostrando su lucha interna y miedos al enfrentarse con una sociedad corrupta e infecta hasta decir basta.

Y de todos los grandes nombres que surgieron de este grotesco movimiento destacó sobremanera Dusan. Para quien escribe, el auténtico líder de todo esto. Un cineasta, que como ya dejé entrever en el artículo que escribí hace años sobre su obra maestra Innocence Unprotected, al que guardo especial aprecio y cariño gracias a su inconformismo, valentía, humanismo y pelea contra lo convencionalmente establecido, aunque ello supusiera en muchas ocasiones su caída en desgracia. Makavejev fue un apestado, un nombre marcado por los poderosos como persona non grata, vapuleado por cierta parte de la cinefilia que no entendía esa obscenidad presente en su arquitectura cinematográfica. Fue un incomprendido. Quizás por su apuesta por ese estilo conscientemente chapucero y feo con el que ornamentaba sus mejores obras. Sí, su cine no era para nada preciosista ni buscaba dejar con la boca abierta al espectador merced a esos planos pictóricos y recargados plenos de elegancia. Para Mavakejev lo que había que destacar era precisamente lo contrario: lo sucio, lo obsceno, lo extravagante, lo ridículo, lo puerco, lo turbio… y siempre con ciertas pizcas de sordidez explícita e implícita.

En este sentido, se nos ha ido uno de los últimos sátiros con mayúsculas. Sátiro en doble sentido. Primero en virtud de su querencia a escarbar en la indecencia más grotesca, pintando siempre cuadros salpicados por una pornografía para nada soft (sexual y política) a través de una brocha de trazo muy grueso y a veces repugnante con el fin de provocar arcadas espontáneas en aquellos espectadores que poseen un culo más fino. Y en segundo, por su humor negrísimo cargado de ironía, algo que no siempre fue entendido al cien por cien por quien estaba detrás de la pantalla de cine. Pues si hubo un subgénero que Makavejev dominaba a la perfección ese era la sátira. Sátira política, social, económica y hasta sexual. Gracias a un estilo que abrazaba sin tapujos lo políticamente incorrecto. Hoy en día sería inviable que surgiera una figura como la de Makavejev, pues de surgir sería tildado de pervertido, antisistema, fascista (en el sentido más desvirtuado del calificativo que existe hoy en día), degenerado y creo que hasta correría peligro su libertad pues seguramente acabaría entre rejas acusado de incitación a la pornografía.

Nada más lejos de la realidad. Ya que quien solo quiera ver en la superficie del cine de Makavejev perderá la oportunidad de deleitarse con un juglar que sabía perfectamente lo que buscaba. Su objetivo para mí estaba muy claro: denunciar la corrupción existente en la Yugoslavia de Tito desde una óptica para nada fácil: otorgando el protagonismo de sus fábulas a seres con los que resultaba muy difícil empatizar. Unos héroes que no disponían de músculos ni belleza, ni mucho menos maquillaje. Al contrario, dejando que sus historias fueran lideradas por hombres y mujeres de carne y hueso vencidos por sus vicios y sus miserias con el propósito de agitar conciencias desde una perspectiva radical apartada del entretenimiento de consumo masivo. Yo me dejé conquistar por su apuesta y gracias a eso pude disfrutar de algunas de las más grandes comedias humanistas jamás creadas. Un cine radical, imperfecto, surrealista, para nada pulcro pero sí que ciertamente cachondo, desprejuiciado y encantador. Makavejev era un cómico, alguien al que le gustaba reírse de las calamidades y de la ponzoña social, pero siempre desde una mirada terriblemente tierna y empática con sus protagonistas. Un director por tanto sumamente inteligente que seguramente sonreía cuando escuchaba a algún crítico o espectador vomitar en contra de sus creaciones. Para Makavejev no había mejor forma de mostrar la falta de bondad y de escrúpulos generalizada que acompaña al ser humano que precisamente tener pocos escrúpulos para engendrar productos más cercanos a una pocilga que a una perfumería de la milla de oro madrileña.

El maestro inició su carrera en el mundo del cine erigiéndose como un poderoso cortometrajista apegado a la realidad documental, una plataforma muy de la época (años 50, principios de los 60). Ya convertido en uno de los nombres llamativos que estaban empezando a sonar muy fuerte en el celuloide de los Balcanes, Dusan debutó en el largometraje con una espléndida fábula hiperrealista titulada Man is not a Bird. Curiosamente también fue la primera cinta que visualicé del maestro gracias a la recomendación de un amigo mexicano que me pasó la voz sobre esta película tan apegada a la Ola Negra yugoslava. Obra primeriza, que como toda película de juventud adolece de todos los defectos y virtudes de un debutante, que se adscribía a una corriente en la que gente como los ya mencionados Petrovic y Pavlovic ya estaban dando muestras de su talento. Aquí observamos a un Makavejev aún tímido y contenido, ligando una obra más fina de lo habitual, pero sin dejar de lado su intención crítica. Una rodada en blanco y negro, protagonizada por seres tristes y carentes de libertad, atados a una realidad gris donde triunfa la corrupción de los poderosos sobre los simples mortales. Una cinta de historias cruzadas tejida con mucho tacto y desgarro. En este sentido, Dusan moldeó una poderosa crítica en contra de esos muros y paredes que impiden al ser humano desarrollarse en plena libertad. Contra esas jaulas que maniatan las alas de unos pájaros tristes debido a su cautiverio consentido. Man is not a Bird me causó un enorme impacto. Sentí que detrás de esta joya había un nombre importante. Me cautivó su envoltura muy similar a las mejores películas de la Nueva Ola del cine checoslovaco con la que compartía década. Una cinta sin duda crítica contra la inmoral Yugoslavia de la época, abrazando cierto estilo documentalista.

Dos años después de esta ópera prima en el largometraje, emergió la que en mi opinión fue la primera película made in Makavejev. Y es que con La tragedia de una empleada de teléfonos ya nos adentramos en los terrenos propios de un autor descomunal. En primer lugar, porque nos hallamos ante una sátira cruel e inclemente y a la vez divertidísima. En segundo, porque desde el punto de vista narrativo se observa una querencia por dinamitar los terrenos clásicos introduciendo una especie de narrador que con cierta sorna nos describe lo que vamos a observar, añadiendo ciertos chistes de alto contenido erótico, hecho que será adornado con alguna que otra secuencia picante. Makavejev perdió pues su virginidad adentrándose en terrenos peligrosos a la vez que ocurrentes. La tragedia de una empleada de teléfonos se elevaba como una comedia despiadada que desentrañaba la porquería emanada en esas relaciones de poder y sumisión tan presentes en el ámbito laboral, pero también en el político. Como en su antecesora, la esfera política está muy presente en el espíritu de un film libertino, jovial, feo, abrupto, sádico, sensual y terriblemente placentero.

Con su siguiente proyecto Makavejev construiría la que en mi opinión es su obra maestra: Innocente Unprotected. Una cinta marciana como ella sola. Una especie de falso documental y esencialmente un canto de amor al cine y al frikismo que brota en sus alrededores en toda su inmensidad. La película conservaba un tono mucho más amable y melancólico que sus dos hermanas anteriores. Para mí es una de las obras más grandes que ha parido el cine europeo, gracias a su estupendo sentido subliminal y a su poesía vibrante. Narra la historia de un antiguo atleta serbio llamado Dragoljub Aleksic, un tipo extraño y enajenado cuyo entusiasmo por el séptimo arte le indujo a producir, dirigir y protagonizar una película condenada al aislamiento por las autoridades comunistas yugoslavas al finalizar la II Guerra Mundial debido al hecho de que la misma fue rodada durante la ocupación Nazi en Belgrado, punto que provocó que Aleksic fuese acusado de ser un colaboracionista. En la cinta está presente la fascinación que Makavejev sentía por los marginados, por aquellos apestados que habían sido señalados por el régimen, siendo obligados a malvivir en el más oscuro de los exilios. Pero lejos de lamentar este hecho, Makavejev otorgó a su obra un tono muy luminoso y sentimental. Rindiendo homenaje a esos primeros frikis que arriesgaron su integridad y comodidad por el ejercicio de su pasión: el cine. Un cine al que se le rinde pleitesía no solo en su vertiente artística, sino como una forma de vida, como un medicamento reparador que permite conocer las mieles del triunfo por el simple hecho de beber su influjo magnético. Una oda a la extravagancia y a lo diferente que sin duda se eleva entre mis obras favoritas de todos los tiempos.

Ya entrados en los setenta, Makavejev se tiró a la piscina sin agua con su siguiente película, sin duda su obra más popular: Los misterios del organismo. Otro producto marciano alejado de toda sensatez. Una película valiente, pretendidamente escandalosa y suicida que volvía a abrazar los senderos que mejor conocía el maestro: los de la sátira revestida de falso documental. Y es que a nadie más que a Makavejev se le ocurrió mezclar sin miramientos la pornografía, el sexo y la política en un compendio divergente y áspero que caminaba en las lindes del surrealismo mezclado con el realismo de trincheras de los reportajes periodísticos. Una cinta en la que el guion no tenía ningún sustento en el que apoyarse, siendo las imágenes icónicas vertidas por Makavejev lo que aún perdura en la memoria de los que disfrutamos este regalo envenenado. El argumento giraba en torno a las andanzas del psiquiatra Wilhelm Reich, afamado descubridor de la energía orgásmica, siendo ello la perfecta excusa para pasar el relevo y protagonismo del relato a dos jovencitas libertinas y comunistas post Mayo del 68 con muchas ganas de poner en práctica las leyes e hipótesis escritas por el susodicho terapeuta. Stalin, Tito, psicodelia, pornografía, indecencia explícita, felpudos a lo Mariano Ozores, tetas, comunismo y mucha sorna y osadía con el fin de destrozar ese realismo socialista que tanto daño propició a la creación artística sin ataduras ni moldes.

Tras este escándalo Makavejev fue tratado como un leproso en su Serbia natal, motivo por el cual empezó su vida de exiliado. Primero arribando a Canadá para trabajar en el filme episódico colectivo Sueños húmedos donde en compañía de nombres tan referenciales como Nicholas Ray ahondaría en esa ficción documental que había amasado en sus anteriores trabajos, indagando con su peculiar sentido del humor en los misterios del lenguaje erótico, hecho por el cual la cinta fue tachada de película X en muchos países, entre ellos la España de los setenta.

Ese mismo año alumbraría otra de sus películas escándalo con Sweet Moviejunto con la anteriormente mencionada Los misterios del organismo su filme más icónico desde el punto de vista popular. Ésta era otra cinta extrema alejada de todo síntoma de prudencia. Una obra no apta para estómagos puritanos, un episodio donde el libertinaje y por ende la libertad fueron explotados con todos sus efectos y consecuencias por Dusan. Recuerdo que la visualización de la película me dejó con el colmillo retorcido hace ya bastantes años. Su impacto aún está presente en mi memoria, y es que ¿quién puede olvidar una cinta tan sórdida, tan desenfrenada, tan insensanta… dicho en una sola palabra, tan alucinógena? Sin duda supuso una sublimación del enfoque que ya había sido patentado por el serbio en sus anteriores trabajos. Una sátira sin ataduras, amoral, perversa, violenta, burlesca, arrebatadora, aguerrida, contestataria, blasfema que ataca a todos y va contra lo convencional. Makavejev vertió toda su rabia contenida no dejando títere con cabeza, embistiendo con fuerza contra la burguesía, contra el comunismo, contra el capital, contra la corrupción política, contra el ser humano al cual viste como un pelele errático y maligno al que le importa un bledo el bienestar del prójimo, adorando en cambio el quítate tú para ponerme yo con el fin de mantener un ‹statu quo› que beneficia sólo a quien ejerce el poder. Para el recuerdo un tramo final que reviste la forma de una pesadilla lisérgica escenificada en un vertedero putrefacto en el que la ausencia de guion será sustituida por un teatro del absurdo y amoral en el que seremos testigos de orgías, desnudos integrales, sexo explícito con imágenes de sumisión anal, felaciones y toda clase de posturas húmedas regadas con un poco de coprofagia y una inolvidable sordidez que empapa este ejercicio de libertad absoluta que no dejó a nadie indiferente.

El escándalo suscitado por Sweet Movie fue el tiro de gracia que terminaría con la carrera de Makavejev. Nadie quería tenerle cerca. Ni el espectro más apegado a la izquierda ni tampoco el más puritano. Se convirtió en un leproso al que todos escupían al oler sus pasos. Es el calvario que castiga a aquellos que osan criticar lo que creen injusto, independientemente de la afiliación ideológica de lo que ha sido caricaturizado. Así, en 1981 rodaría en la progresista Suecia una cinta muy interesante titulada Montenegro que partía de las reglas de la comedia negra para mezclar con mucho acierto el melodrama de tinte realista, el cine erótico y la tragedia, desplegando a su vez lo que mejor sabía hacer Dusan: condensar todos estos ingredientes para hilvanar una brillante sátira que se mofa de esa tediosa e insípida burguesía que logra escapar de su cautiverio rompiendo las cadenas de su esclavitud moral y sexual.

A mediados de los 80 Dusan arribo a Australia para filmar la extravagante The Coca-Cola Kid, otra comedia negra que utilizaba al símbolo del dólar que representa la bebida refrescante que aparecía en su título para volver a hincar el dedo en la llaga ridiculizando al capitalismo y sus estúpidas reglas de juego a partir de la historia de un comercial de la marca de Atlanta (Eric Roberts) que acudirá a un pueblo que aún no ha sido conquistado por las burbujas del refresco con el fin de vencer esa actitud resistente, encontrando un obstáculo difícil de salvar en la figura de una joven Greta Scacchi que despertará los instintos más bajos del fiel empleado.

Finalmente el maestro se despediría casi definitivamente del cine a finales de los ochenta con Manifiesto, obra que adaptaba un escrito de Emile Zola, la cual fue moldeada al gusto de Makavejev, este es, el de la comedia erótica con reminiscencias de sátira política reflejando nuevamente esos polos opuestos que representan la pasión y la cordura.

Tras esta aventura americana, Makavejev deambuló sin rumbo en los años noventa, no encontrando un lugar en el que establecerse. Su cine había pasado de moda y su nombre, asociado al escándalo, también. Ello le sepultó en el más oscuro de los ostracismos hasta que hace unos días nos enteramos de su muerte. Espero que estas líneas sirvan para recordar a un cineasta fuera de lo común, audaz y descarado, que optó por recorrer un camino escarpado y para nada fácil, no casándose nunca con nadie, ejerciendo pues esa libertad plena e independiente de la que hizo gala a lo largo de toda su trayectoria cinematográfica. Uno de esos humanistas que supo reírse de nuestras desgracias e infortunios diarios, empleando un esperpento tan arriesgado como deslumbrante, liderando a toda una generación de cineastas yugoslavos que construyeron con su pintoresca forma de crear imágenes una de las corrientes más absorbentes y delirantes de la historia del cine, esa ola negra que ha perdido con Dusan Makavejev a un sátiro entrañable y heroico.

Descanse en libertad.



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