Sweet Movie (Dusan Makavejev)

Destacado miembro de la representación más extrema del cine de arte y ensayo centroeuropeo, el serbio Dusan Makavejev ha lucido, desde los comienzos de su carrera, el dudoso honor de ser uno de los directores más peligrosos de la historia, según las clases más religiosas y conservadoras de su país y amigables vecinos. Sus películas son tan aterradoras y cargantes como fascinantes, tanto en cuanto promulgan un discurso que en Sweet Movie se explicita durante todo su metraje: el triunfo de la voluntad y la libertad absolutas.

Esta película, cuyo título por sí mismo ya supone una metamorfización sígnica de su referente, apela al tremendismo y la barbarie constantes, sí bien en ella el realizador balcánico expone un amplio catálogo de adusto desajuste sobre las convenciones en las que se sustentan el civilismo y el aburguesamiento de las costumbres cotidianas. De entre el radical desapego contemplativo que supone la exposición de la brutal repugnancia procedimental, que abraza la escatología, la coprofagia, la emesis y el fetichismo sexual, se desgrana una ácida crítica hacia el consumismo febril y lacerante, hacia el exceso de los placeres como el hedonismo y la gula y hacia el fantasma del comunismo, que resulta retratado con evidente burlesca y guiñol.

La pantalla es tratada por Makavejev como un lienzo ante el impacto de los brochazos de una cámara que se convierte en pincel dislocado y paranoico. Es un cine de choque, de naturaleza descaradamente radical, movido por un afán escandaloso a través de la exposición de una violencia gráfica incontenida y agotadora. Si bien el objetivo es liberalizar conciencias y expulsar el estatismo y la cerrazón de la mentalidad occidental, la apelación hacia la deformidad de lo grotesco nubla con bastante frecuencia su mensaje. Es constante su peculiar impronta visual alucinatoria, tendente al abarrotamiento y el síndrome de Diógenes, y su dirección de actores en un estado de conciencia alterado, poseído y epiléptico.

El gnosticismo intelectual de su relato es tratado con un paroxismo que traspasa la pretenciosidad, si bien el empleo de un simbolismo hermético en constante contraposición entre fealdad y belleza, vicio y virtud, hace muy ardua la percepción usual y el entendimiento pleno de los ademanes que caracterizan esta lucha entre el cuerpo y la mente. En un intento por dotar de coherencia a esta aventura de clembuterol psicotrópico con exceso de azúcar, chocamos de bruces contra una amalgama de piezas inconexas cuyo nexo de representación se forja por mera imposición acumulativa de zafiedad e inmundicia.

Más que una finalidad narrativa, el director serbio abusa de la sordidez y el tremendismo arbitrarios como si quisiera reflejar la anarquía de sus personajes a través de la anarquía del procedimiento cinematográfico. Esta actitud de rebeldía desemboca en soliloquios icónicos y en una representación que da un nuevo sentido a la mesa de comida. En este acto divisible, el film traza comparativas con el título de culto de Marco Ferreri, La gran comilona, donde los miembros no comparten lazos de sangre sino rituales sectarios, y donde los víveres y el sexo infesto forman una morbosa agrupación de placer culinario y carnal.

Película no apta para corazones ni estómagos sensibles. Incluso los mayores de edad corren grave peligro, sobre todo los que tengan los niveles de azúcar muy altos. Sweet Movie, obviando su naturaleza panfletaria, podría funcionar como un modo de reflexionar sobre los confines más peligrosos de una reconstrucción social, que se reivindica a la vez que se critica, más que como un entretenimiento evasivo. De no tener presente el cinismo de su invención y su carácter de falsa coartada, el delirio puede ser irreversible. Y muy empalagoso.

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