Bella durmiente (Ado Arrieta)

Ado Arrieta materializa ese mundo ideal que viene girando por su cabeza desde hace tanto tiempo con Bella durmiente. Ahora bien, más que adaptar a la realidad sus ideas y los elementos de ese universo que solo a él le pertenece, el director vasco parece llevar acabo con esta obra una especie de acto sobrenatural mediante el cual modifica la realidad en función a los caprichos de su mente. Y es que aquí de real hay poco, si acaso una serie de figuras humanas que se mueven en función a unas leyes imposibles de conocer mediante la razón, accesibles tan solo mediante la intuición del niño. Pero no parece que se trate de una película destinada exclusivamente a pequeños, quizá sean quizá los menos indicados para verla. Solo nos queda entones pensar una cosa: lo más seguro es que Ado Arrieta nos esté poniendo a prueba. La decadencia que comienza con la adolescencia, precisamente porque descubrimos que somos seres físicos donde lo que prima es la materia, se ve acentuada en los años que a esta le siguen. Este proceso de inversión que se produce con el tiempo termina por negar de manera absoluta el mundo ideal y fantástico del niño (que sí puede habitar otros mundos) para dejar como elemento positivo y único el mundo tangible, cuantificable solo mediante la razón y donde la imaginación arbitraria y antojadiza sobra. En otras palabras, Ado Arrieta, consciente de la pérdida de sentido del cuento y de la fábula que sobreviene con la vida adulta, y especialmente en nuestro tiempo, nos dice: ¿lo intentamos de nuevo?

El efecto que producen las imágenes que componen Bella durmiente es propicio para hacer efectiva esta regresión. Una fotografía entre alucinada y onírica lo vuelve todo etéreo, pero es la simplicidad del discurso de la narración la que termina por completar este proceso que no es tanto un camino de vuelta a la infancia (eso tampoco interesa) como el desarrollo de unos corchetes o paréntesis alrededor del pensamiento lógico para callarlo y para dejar estimulados esos receptores de quimeras y espejismos que tenemos atrofiados (yo el primero), dejándonos así en un espacio entre la razón y el delirio permanente. Para conseguir este resultado, en primer lugar Arrieta adapta libremente el cuento de hadas homónimo, lo que ya crea cierta nostalgia al hacer recordar tiempos vividos (algo que difícilmente se conseguiría si se crea una historia radicalmente nueva); en segundo lugar, el cineasta introduce como personaje principal a un joven completamente crédulo e iluso que se opone radicalmente a la figura prototípica, y de la que vengo hablando más arriba, del hombre moderno como ser excesivamente racional. Esto último es algo que, teniendo en cuenta el deseo mimético que emerge del hombre cuando ve a otro que tiene algo que a él le falta, impulsa a querer sustituir al protagonista y querer poseer esa cualidad que teníamos olvidada y que, sin embargo, él tiene tan marcada.

Es así como se mirará a Egon con ojos chispeantes de envidia mientras toca la batería ensimismado, también cuando habla serio y convencido de que el reino de Kentz y la princesa encantada que habita en él existen. Todo cambia en un baile, Egon conocerá a la mujer que hará la función de motor que le lleve a la experimentación de ese mundo; al espectador, a su vez, se le presentará ese elemento que le dará la opción de escoger entre entregarse a un acto de fe absoluto uniéndose así al viaje o, en el otro lado, de dejarse caer en el abismo. El caso es que protagonista y espectador cruzarán la puerta y ahí estará ella, con semejante nariz bajo los ojos. Una nariz que en la armonía de su cara tira por tierra cualquier teoría estética de bellezas subjetivas, dejando en pie la afirmación única y verdadera de que la belleza es objetiva y emana por completo y tan solo de ese rostro al que acompaña. Es esa tocha, sinónimo de un corazón fuerte y noble (¿cómo si no podría bombearse sangre para que alcance lugar tan recóndito?) se une al grupo de grandes narices que remiten a pasados gloriosos y que no son otra cosa que la personificación de la aristocracia, de la clase y de la grandeza de espíritu, a través de la cual se pueden leer todos los hitos de la Historia si se observa con fijeza y atención todo poro y punto negro. ¡Oh napias! Digo en alto mientras hinco en el teclado mi también desmedido hueso y su tensada carne, pulsando sin querer teclas al azar. ¡Trompa! ¡Hocico!…¡¡Montaña!! Sustituto de la cansada lengua en la estimulación del clítoris. Bastón del anciano encorvado. Origen de la música atonal cuando acompaña al estornudo. Dos iguales imposibilitan el primer beso adolescente, volverán torpes los demás. Es tan difícil siempre beber del vaso sin mojarse.

Ado Arrieta tiene la virtud de creer en lo que hace y de contagiarnos de su entusiasmo. Una sensación que hace accesible a todos con un final tan extraordinario, y es que ¿dónde se encuentra ese punto medio entre imaginación y materia sino en el baile, actividad en la que se unen armónicamente proyección mental ilimitada e impulso del cuerpo en el espacio? Bella durmiente me hace pensar de nuevo en poco tiempo: ¡Qué poderoso es el cine de españoles que hacen en Francia!



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