Bajo el mismo sol (Ulises Porra)

Los gusanos siempre se han presentado en el cine como un sinónimo de muerte. En Bajo el mismo sol, el primer largo que dirige Ulises Porra en solitario, son la representación viva del futuro, contraponiendo ese significado que tenemos plenamente asimilado. Son gusanos de seda, aquellos que quiméricamente transforman hojas de morera en tan preciado material, un bichos que viven la migración en sus propias carnes como reflejo de los protagonistas de esta historia. Estos gusanos son la excusa para conocer a tres personajes dispares y opuestos que deben convivir (y sobrevivir) bajo unos mismos rayos de luz sin que las diferencias sociales, raciales y culturales tengan nada que hacer ante este hecho irrefutable.

La aventura que vamos a contemplar acontece en la época colonial y nos sitúa en la isla La Española, esa en la que ahora coexisten Haití y la República Dominicana y que a principios del siglo XIX era un lugar virgen en medio del Caribe que centraba todo tipo de conflictos territoriales por parte de los países que querían controlar un trozo de tierra. Con la necesidad de sentirse aprobado como digno heredero español, aparece en escena Lázaro y su cargamento de gusanos con una propuesta titánica en un lugar desconocido para él. A este esfuerzo se le unen Mei, una mujer china encargada de hilar la seda y que llega a la isla junto a Lázaro y su cargamento hasta encontrar a Baptiste, el haitiano desertor del ejército, que ha encontrado en la casa del padre de Lázaro un lugar donde asentarse.

Gusanos y moreras, dos naturalezas ajenas a esa tierra y que deben sobrevivir para dar sentido a la aventura. Es así como se objetiviza el relato como amago de algo mayor, pues Lázaro, Mei y Baptiste son el reflejo humano de esa falta de pertenencia y necesidad de seguir con vida en un terreno angosto para ellos. Ulises Porra construye así una historia atemporal de validación personal y supervivencia que podría encajar en cualquier otra época y frente a cualquier otra adversidad, pues es la migración y la mimetización con el entorno una hazaña común a toda adaptación de la humanidad.

Ante las diferencias del lenguaje y la expresividad, la película se convierte en un avance de acciones por encima de las palabras. Los protagonistas se convierten en constantes observadores de lo ajeno, capaces de juzgar al resto por encima de sus propios errores. Tres almas libres que se enfocan con empeño en un mismo camino, permitiéndose soñar con muy dispares y posibles resultados. La calma en sus movimientos se contrapone al recelo que mantiene en alerta a estas tres personas tan singulares. Mientras la naturaleza brilla con su impetuosidad prácticamente virgen, ellos intentan alcanzar un punto en el que alimentarse unos de otros, sin perder esa desconfianza que les sirve de autoprotección. Tan diferentes y tan necesarios son sus perfiles para dar forma ya no solo a esa evolución frente a lo desconocido, también para equilibrar la importancia del objetivo por encima de la individualidad, que no deja de estar presente, pero demuestra el poco valor que tiene un pasado reconocible frente a un presente inhóspito.

Bajo el mismo sol tiene ese apartado de magia y soledad que implican las historias de conquista en un espacio virginal, pero superpone dos movimientos dentro de ese espacio a conquistar, donde la guerra sigue latente y se comporte como una bestia que engulle todo lo que le rodea mientras, ajenos a esta inseguridad, continúan con el empeño de sobrevivir, ya no solo los gusanos, los tres individuos como un micro-colectivo funcional. Por separado hay mucha riqueza y mimo en los personajes, tan extraños, tan pintorescos, y en convivencia esas peculiaridades se convierten en conexiones vitales, un batiburrillo de agua y aceite que pueden flotar juntos pero no terminan de homogeneizar. Porque hay fachada y hay miedos universales focalizados personalmente en sus fueros internos que nos descubren algo más que una aventura colonizadora, un sueño de ególatras situado en el fin del mundo; nos sitúan frente a unos pilares escurridizos y atractivos que se nos presentan extraños, alimentados de su individualismo, incapaces de someterse a eso que en algún momento llegará a llamarse globalización. Viajeros errantes que acabarán revolcados en tierras inhóspitas como gusanos.

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