Asghar Farhadi… a examen (II)

El estreno de la reciente ganadora del Oscar a la mejor película de lengua extranjera, la impecable y enigmática El viajante, supone una espléndida oportunidad para recuperar la ópera prima de uno de esos cineastas convertidos en leyenda en apenas quince años de actividad. Y es que el persa Asghar Farhadi no solo se eleva como uno de esos realizadores imperiales creadores de un estilo propio, sino que igualmente ha conseguido trascender fuera de sus propias fronteras como uno de esos adalides en favor de la libertad y la apertura social en medio del férreo control llevado a cabo por los gobernantes de este Iran moderno en el que se atisba un incipiente movimiento intelectual, ya iniciado por el maestro Kiarostami y otros autores de su generación, en aras de incrementar los contactos con otras culturas.

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Muchos han encasillado a Farhadi como un director ajeno a la idiosincrasia del séptimo arte iraní. Cierto es que el cine de este maestro parece tender ciertos puentes que lo conectan con una forma de hacer cine alejada de ese minimalismo rural, muy neorrealista y radical, característico de lo que se denominó el cine iraní de los ochenta y los noventa. Un cine de trincheras, izado con muy pocos recursos, apoyado sobre todo en el talento y la ilusión de quienes lideraban esos alucinantes proyectos. Un cine donde realidad y ficción parecían ostentar un mismo enfoque, confundiéndose como almas gemelas. El cine de Farhadi detenta un aura urbana muy peculiar. No centrando el tiro en pequeños pueblos aislados de la civilización, sino focalizando su atención en las grandes ciudades. En ese Teherán sobrepoblado, culto y progresista en el que la clase media ha sabido transgredir los obstáculos situados en su camino, fortaleciendo así una sociedad cada vez más próxima a la de un país próspero desde el punto de vista económico. Y dentro de los apartamentos de esa megalópolis, el autor de A separation centra el tiro en las complejas relaciones familiares, otorgando el protagonismo a esas mujeres que dejan caer cada vez más su velo, siendo el matrimonio y sus interioridades el clímax que ha empapado el camino cincelado en más de una década de carrera.

La mujer. Pieza fundamental en el cine moldeado en el continente asiático. Porque Farhadi, al igual que maestros a los que el persa tiene claramente como referencia como Yasujiro Ozu o Satyajit Ray, ha sido capaz de levantar un templo alrededor de un misterioso universo femenino. Un edificio de cimientos inestables, por donde las mujeres protagonistas de sus relatos se mueven como pez en el agua desatando sus ansias de romper el yugo machista que continúa ejerciendo su dominio en una sociedad teocrática que castiga a las mujeres con el ejercicio de un papel meramente secundario. Pero Farhadi no desea que sus damas sean un mero instrumento de apoyo. Y por tanto, al más puro estilo de la Madhabi Mukherjee intérprete de la obra maestra de Ray La gran ciudad, las mujeres de Farhadi se muestran rebeldes con objeto de defender su dignidad y honor. Asimismo esa dicotomía modernidad tradición resulta otro ingrediente indispensable en el cine de este maestro, un punto que ha sido utilizado para tejer profundas reflexiones acerca del incierto futuro que parece revolotear sobre el país persa.

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Algunos de estos dogmas, inseparables de su autor, se reflejan en la muy interesante ópera prima realizada por el autor de A propósito de Elly allá por el año 2003. Dancing in the Dust se eleva pues como una obra reflejo de las inquietudes artísticas de un joven aspirante a maestro. Sin duda una película que llamaba la atención, no solo por su origen, sino por los temas que se atrevía a tocar con mucha valentía. Sin embargo cuenta con algún elemento diferenciador respecto al resto de la filmografía del persa. En primer lugar el otorgar el protagonismo a dos hombres, un joven castigado por una mancha familiar que lo obligará a exhiliarse de todo vínculo humano, y un viejo ermitaño cazador de serpientes en el desierto que ha decidido aislarse conscientemente en un ensimismamiento perpetuo caracterizado por el hecho de no querer pronunciar palabra alguna.

Pero hasta llegar a este encuentro de almas solitarias, Farhadi arrancará su propuesta con una peculiar radiografía que indaga en las dificultades presentes en una sociedad anclada en unos convencionalismos que impiden a sus moradores dar rienda suelta a sus verdaderos sentimientos. En este sentido, conoceremos a Nazar, un bienintencionado joven impregnado de un temperamento extremadamente romántico quien se halla perdidamente enamorado de su bella esposa Rayhaneh con la que acaba de contraer recientes nupcias. Sin embargo un hecho vergonzante en una sociedad en la que no hay cabida para el pecado, unos cada vez más frecuentes rumores que tildan a la madre de Nazar como una mujer de vida licenciosa, traerá consigo la destrucción de la feliz unión de los enamorados. Un divorcio sonrojante, no deseado por ambos contendientes, impuesto por una sociedad que parece odiar la felicidad de aquellos que no siguen al cien por cien los dictados de la religión, puesto que prefieren simpatizar los paradigmas del amor verdadero, desencadenará un sacrificio shakesperiano por parte de Nazar. Puesto que avergonzado por los dimes y diretes vertidos alrededor de su madre, decidirá tirar todo por la borda con el fin de salvar el honor de su mujer, dictaminando su obsesión de hacerse cargo de los costes económicos de la boda que debe aún su esposa.

Por un designio del destino, Nazar acabará dando con sus huesos en el desierto, acompañando forzosamente a un viejo cazador de serpientes que se gana la vida vendiendo el veneno extraído de los reptiles. El carácter arisco y poco dado a la charla del viejo contrastará con los deseos de Nazar por entablar una fructífera colaboración que permita a ambos apátridas conseguir el dinero necesario para conseguir sus objetivos. Pero, el rastro de las serpientes puede ser traicionero para aquellos no acostumbrados a anticipar su presencia.

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Farhadi resolvió con un notable alto su debut. Una película moldeada con mucho oficio y talento. Una cinta dividida claramente en dos partes diferenciadas que permiten establecer un contraste significativo sobre las diferentes perspectivas que tratan de hacerse camino en el Iran del siglo XXI. Por un lado, un primer vector urbano, que exhibe un Teherán colmado de modernidad y progreso, incluso en esa relación de amor sin ningún tipo de cadena que adquiere un marcado carácter simbólico. Un amor roto por el ultraje. Por la carencia de libertad y ese martirio ejercido en contra de las mujeres. Todo ello dará lugar a la celebración de una ceremonia de divorcio kafkiana, pintada con el absurdo inherente de los grandes maestros impresionistas, pero también con la ternura de un Farhadi que ama a sus personajes protagonistas, esa juventud que quiere alzar sus alas en medio de un cielo cargado de nubes.

Para finalmente rematar el envite con un segundo vector más propio de ese cine iraní de fábrica. Un capítulo silencioso, rural y salvaje filmado en medio del desierto. Liderado por dos ejes que parecen chocar sin posibilidad de entendimiento. El de la juventud alegre y libre y el de la vejez silenciosa, supersticiosa, hastiada por un vacío perpetuo y sin ganas de querer tender puentes de conexión. Una vejez que finalmente mirará con curiosidad y cariño a esa pubertad soñada y jamás disfrutada.

El amor, la libertad y los sacrificios que ello impone a quienes tratan de vivir sin miedo. Temáticas presentes en el cine de Farhadi como la sangre que corre por sus venas que también fluyen en este su primer trabajo como director. Quizás a Dancing in the Dust se le pueda achacar cierto desorden narrativo, algo que por otra parte es lógico en todo primer desempeño ya sea cinematográfico o de otra índole. Pero lo que no se le puede alegar a esta magnífica película es su valentía en exponer con inteligencia y entretenimiento una historia que premia los sentimientos como único medio capaz de solventar las barreras que imposibilitan la realización del ser humano. Sin caer en complejidades ni argucias narrativas, Farhadi resolvió con solvencia un proyecto que anticipa las obsesiones y manías que posteriormente serían cinceladas con maestría por este genio del séptimo arte. Bueno, quizás una argucia hipnótica que señala su cine: la de situar siempre la cámara a la altura de los ojos de los protagonistas con objeto de introducirnos en sus preocupaciones, haciéndonos partícipes de sus miserias y bondades. Un recurso que ya anticipaba que nos encontrábamos ante un maestro del cine.

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