Ayer disfrutamos de la noche de brujas por excelencia, y en honor a Halloween os traemos una sesión doble de brujería para culminar un fin de semana de terror. Comenzamos con el clásico Las brujas que Cyril Frankel dirigió para la Hammer en 1966 y seguimos con la “otra” familia Adams, compuesta por John Adams, Zelda Adams y Toby Poser, para fijarnos en Hellbender (2021).
Las brujas (Cyril Frankel)
Si hay un lugar para todo tipo de monstruos y maldades humanas y divinas ese es Hammer Productions. Inglaterra ha conocido todo tipo de eventos oscuros gracias a esa pasión por la malsana diversión en la gran pantalla, lo que dio paso también a productos atípicos y tratados con una excelente finura como lo acontecido con Cyril Frankel y su película Las brujas, que surgía de la imparable mente de la escritora británica Norah Lofts que contaba con varios pseudónimos para que vieran la luz sus textos. Este éxtasis de brujería llegaba bajo el pseudónimo de un hombre Peter Curtis, adaptado por otro hombre, Nigel Kneale (un gran experto, de paso, en Quatermass) y que dejaba todo su peso en la siempre poderosa Joan Fontaine, siendo este uno de sus últimos personajes para el cine.
Pero vamos a lo importante, la brujería. En Las brujas aterrizamos en plena tensión para comprender la fuerza de su protagonista, Gwen Mayfield y a la vez su extrema fragilidad. Una pequeña estancia, un tumulto ruidoso y la personificación de las creencias más oscuras de tierras africanas dan pie a crear un personaje susceptible y a la vez atento a lo irracional como es la profesora recién llegada a Inglaterra, asentando la idea de que los británicos, como grandes espoliadores de bienes de todo el mundo (muy piratas ellos siempre) no lo iban a ser menos ante las fuerzas oscuras.
Las brujas roza constantemente el drama costumbrista rompiendo con las formas clásicas de la Hammer, afianzando una imagen colectiva de un pueblecito acogedor del que apenas unos detalles nos hacen sentir una situación demasiado tensa. La llegada de la señorita Mayfield es celebrada, pero no deja de ser la nota discordante ante los secretismos de los lugareños, que abrazan una fría complicidad muy poco perceptible, algo que casi se podría confundir con puritanismo y habladurías de mercado. Puede fallar la delicada mente de la nueva directora de la escuela pero ¿acaso no es sospechoso un pueblo sin su propia iglesia?
Pronto comienzan los eventos inexplicables, en esta ocasión fáciles de justificar, pero la desaparición de todos aquellos a los que presta atención Mayfield solo incrementan nuestro interés detectivesco para enlazar un entramado que nos lleve al aquelarre definitivo y su líder sectario. El director juega con la vida diurna, con los jugosos sueños de la profesora y con una buena colección de personajes ambiguos que nos permiten sospechar de todo el mundo sin necesidad de acertar la deriva de las (evidentes) malas intenciones de un pueblo entero. La historia se toma su tiempo para asentarse en lo íntimo y en lo intrincado, dando espacio para paladear cada una de las pistas que ceban el argumento, mientras disfrutamos del implacable pulso de Fontaine para ser la profesora del año y la loca de manual, mientras toman un pulso varios géneros cinematográficos que nos llevan a presenciar al arquetipo de ‹mad doctor› que tanto ha gustado siempre en la Hammer, transformado en esta ocasión con túnicas, cuernos y unas deliciosas coreografías propias de una bacanal que esconden, de nuevo, la ansiada búsqueda de la eternidad. Acusar a todo el mundo de brujería siempre es un pasatiempos colosal.
Escrito por Cristina Ejarque
Hellbender (John Adams, Zelda Adams, Toby Poser)
Nada como un rito iniciático para volver sobre una de esas temáticas indispensables para el cine de género. Y es que aquello que Zelda Adams, junto a sus padres Toby Poser y John Adams —que le acompañan en su primera aventura tras las cámaras—, afronta en Hellbender es precisamente eso: una suerte de ritual desde la que la joven de la familia comience a reconocer los desvíos que siempre otorga tanto el horror como el propio cine.
Por tanto, con Hellbender no nos hallamos ante una cinta que recurra al género en su forma más explícita; es, más bien, una suerte de ‹coming of age› donde la exploración de la naturaleza misma centraliza sus posibilidades. Estamos, en este sentido, ante una obra que, tanto temática como formalmente, encuentra una derivación casi cómplice a modo de comicidad desde la que expresar a la perfección su tono.
Ello no supone que estemos, ni mucho menos, ante una comedia, ni que los Adams busquen alivios cómicos, sino más bien que se filtra bajo su apariencia amenazadora —a fin de cuentas, estamos ante dos brujas que pueden desintegrar a alguien como si nada en mitad del bosque— una ligereza que va empapando todo su arco narrativo, logrando una meta muy plausible: que abracemos la cinta de forma placentera para que aquello que subyace —tanto la historia de maduración de la protagonista, como la relación madre-hija y el manto protector que establece la primera— no lo devore todo desde un arco dramático que habría hecho de ella algo muy distinto.
Porque no es sino el tono del film lo que logra que sigamos un tentador trayecto donde el fantástico y el horror también se dan cita, pero siempre sin una preponderancia que desviaría el tiro con claridad —quitando, quizá, ese acto final donde los Adams minimizan con acierto la puesta en escena para cerrar el relato de la manera más apropiada posible—. Ello permite que su mirada al mundo de la brujería —que más tarde extenderían en su último largometraje juntos, Mother of Flies— posea personalidad, deje espacio para momentos donde demuestran su amor al género, y permee con constancia a una crónica cuyo origen no podría tener más sentido que rodeada de nuestros mayores terrores —aunque sea apelando al fantástico—.
Hellbender, en su forma ritual, no deja de ser en parte un jugueteo: tan inocente como lo es al fin y al cabo descubrirse; tan ‹kitsch› a ratos en lo formal —si no fuese anterior a su propagación, alguno podría pensar que hay algo de IA en esos ‹collages› tan elementales como imaginativos—; y tan libre y apresurada que es imposible no sentir un cierto cariño tanto por sus personajes como por la propia creación en sí.
Pero lo mejor de todo, sin lugar a dudas, es su modo de (re)definir los límites del género sin ningún tipo de complejo, con voluntad, afecto y una frescura que consigue hacer del film de los Adams una extensión sincera y despreocupada de un microcosmos ya conocido que en sus manos toma un rumbo quizá errante en alguna que otra ocasión, pero tan cercano que es imposible no querer abrazar.
Escrito por Rubén Collazos







