
El nombre de Robert Clouse ha quedado para siempre marcado en el género de las artes marciales, siendo Operación dragón, la producción más importante para el insigne Bruce Lee, su película más representativa. Sus inicios en el mundo de la fotografía (poco después de intervenir en la guerra de Corea) y su prometedor paso como cortometrajista (contando con el respaldo de festivales como Cannes) parecían presagiar un desarrollo profesional diferente al que finalmente aconteció; Clouse acabó convirtiéndose en el director de confianza para Lee en la anterior película citada (también en Juego con la muerte, obra póstuma del icónico artista marcial), y a la postre de otras estrellas del cine de acción cuerpo a cuerpo como Jim Kelly (Cinturón negro), Cynthia Rothrock (las dos partes de China O’Brien) e incluso Jackie Chan, con quien colaboró en la cinta que ocupa estas líneas. Con La furia de Chicago ya teníamos a Clouse consagrado como un especialista en la épica de las peleas y en el estilo de sobrio realismo para la acción callejera que caracterizó a buena parte de la producción del género de las artes marciales de la década de los 70. Con un guion del propio director, la historia de la originalmente titulada The Big Brawl (traducida a posteriori como La furia de Chicago) se ambienta en el Chicago de los años 30 y se centra en el joven Jerry Kwan, un prometedor artista marcial que lleva una vida complementa ordinaria dentro de la idiosincrasia social estadounidense; su normalidad cesará cuando un gánster local comprueba sus talentos para la pelea y decide que competirá en un prestigioso campeonato de lucha callejera en Texas.

La furia de Chicago nace con el intento de introducir a Jackie Chan en el mercado estadounidense, quizá para ocupar el hueco dejado por Bruce Lee en uno de los géneros cinematográficos estrella del ‹cinemabis› occidental de la época. Si es Clouse el encargado de introducir a Chan en Estados Unidos es por ser uno de los cineastas que mejor supieron importar el lenguaje oriental para la acción dentro de la mercadotecnia de Hollywood, creando en esta película la extraña simbiosis ya vista en sus colaboraciones con Lee: la idiosincrasia artesana de la acción asiática se fusiona con el habitual empaque argumental propio del cine occidental de la época, aquí con la consabida historia del joven héroe que ha de lidiar con un complot mafioso que atenta directamente con sus intereses e ideales de su tradición como luchador. Como un híbrido de la germen oriental encorsetado por las maneras norteamericanas para la acción, Clouse se toma su tiempo en presentar al joven protagonista (sus habilidades, su entorno familiar y sentimental), donde acontece un desarrollo dramático en su confrontación con los gánsteres, que dará pie a una evolución del personaje que alcanzará cierta catarsis dramática con su participación en el torneo final. Hasta llegar a él, los vaivenes emocionales del joven protagonista tendrán como salvoconducto cierta hibridación de géneros entre la acción, la comedia y el thriller criminal, mezcla solventada con mimo por un Robert Clouse que sabe como aderezar con equilibrio sus ramificaciones tonales.

Jackie Chan supone aquí un héroe solvente que no sólo funciona en su importante fisicidad para la acción y sus destrezas para las coreografías, sino que aguanta las irregularidades de la película cuando utiliza sus secuencias de impacto para añadir ‹punch› narrativo al desarrollo de ciertas tramas secundarias que no acaban de trascender. Jerry Kwan, su personaje, responde al tropo del héroe amable y familiar, algo alejado de la figura de corte invencible de otras películas de este estilo, agradecido estigma que acompañaría las siguientes participaciones de Chan en Estados Unidos. Además, la narrativa de Clouse ayuda a ver al actor dentro de una historia contada con una dirección clásica y sin aspavientos formales, siendo una película tremendamente accesible para todos aquellos seguidores de este tipo de cine, aunque rezume en ella su clara condición de vehículo de lucimiento para el actor. Siendo esto último la característica que quizá impida a la película desarrollar una serie de conceptos que habrían sido interesantes de añadir a la historia, de ella cabría destacar la excelente recreación de aquel territorio norteamericano de los años 30, que aporta cierta identidad estética a este tipo de historias de peleas, así como un excelente trabajo de los actores de reparto que saben situarse a la estela del héroe principal; a este respecto cabe destacar la figura de Mako, inolvidable intérprete japonés que después se convirtió en uno de los rostros orientales más populares de las últimas décadas en Hollywood.

Contextualizando la película en su época, y teniendo en cuenta la presencia de Chan en ella como su primera película en Occidente, La furia de Chicago trae consigo ciertas lecturas de interés; desde el trabajo de integración del héroe en una cultura que quizá le ofrece demasiadas exigencias, hasta la propia asimilación de la violencia como espectáculo público, premisa compartida por otras películas coetáneas que proyectaban ciertos cismas de la propia sociedad estadounidense del momento.






