Valentina Maurel parece haber encontrado, con apenas dos largometrajes a sus espaldas, un reflejo genuino. La feminidad, la sexualidad y los lazos consanguíneos forman un todo en una obra que siempre responde con verdad a través de un rostro, el de Daniela Marín Navarro (que ya protagonizara el debut de la costarricense, Tengo sueños eléctricos), quien corresponde a la perfección las pulsiones de un microcosmos, tal y como la cajera que atiende a la madre de Elsa, y sin saber que tiene ante sí a la autora, define su poesía, “carnal”.
La cineasta vuelve a pegarse a sus personajes persistiendo en una visceralidad que emerge de los sentimientos más recónditos y encuentra su representación mediante diálogos que los unen y desunen, cosen y descosen las relaciones no buscando anidar un conflicto que otorgue cuerpo a la narración, sino más bien componiendo un retrato donde estas sean lo que se supone que son: oscilaciones imperfectas despedidas por algo tan profundo que es improbable describir y, mucho menos, racionalizar.
Quizá ese sea el motivo de que los films de Maurel se enuncien como un constante vaivén sin fondo (en apariencia) pronunciado. Sus personajes se mueven, podría decirse que casi erráticamente —más allá de sus motivaciones, si es que existe tal cosa en la obra de la cineasta—, descubrimos cada vínculo, las veces mediante tiranteces —en Siempre soy tu animal materno aliviadas por un humor que casi pudiera ser instintivo—, en ocasiones desde un querer que no se profesa desde la palabra, y el conflicto, si es que lo hubiera, brota a partir de lo afectivo en la búsqueda casi inconsciente de un bienestar por aquellos que nos rodean y, por consiguiente, amamos.
Siempre soy tu animal materno vuelve sobre esos caminos zigzagueantes que recorremos, cuyo sentido no es otro que encontrar un lugar y un momento en eso a lo que llamamos periplo vital. Elsa vaga entre espacios de forma indeterminada, siempre arrastrada por los demás y más bien absorta en aquello que tiene a su alrededor que en abordar un ahora que no le incomoda, y que encaja mediante relaciones esporádicas, que no le aporten certezas pero sacien los impulsos de una sexualidad en constante ebullición; mientras, su hermana Amaia aparece atrapada en un espacio del que sólo reconoce su pasado —encarnado por esa mujer mayor y antigua niñera cuya presencia siempre reclama— y por un presente vago al que renuncia eludiendo cualquier responsabilidad; e Isabel, la figura materna, externaliza sin embargo una voluntad de cambio, de alejarse de su siempre sostenido papel de madre, aunque continúa involuntariamente apegada a su yo adolescente en la reedición de un libro de poesía que escribió años atrás.
Maurel vuelve a ese cine de personajes forjados desde la ambigüedad, cuyas imperfecciones afloran como si todo estuviese a merced de algún tipo de cauce natural e incontrolable. Y así es. No hay sino franqueza en esas mujeres que asomadas al borde de la vida, buscando crear una imagen firme que en realidad se quiebra ante las vicisitudes del día a día. En sus diálogos, y en sus silencios, algo que la cineasta compone a la perfección, y que sus personajes encaran frontalmente, sin titubear, sin ocultar sus verdaderos pensamientos y emociones, se percibe una verdad que nunca se encuentra con estridencias o excesos. La rugosidad de los contornos de una existencia intermitente y las veces desbordante es suficiente tentativa para nuestras protagonistas.
Elsa, Amaia e Isabel quizá resulten esquivas en ocasiones, huyendo de justificar aquello que han elegido perseguir por ‹motu proprio›, encontrando una intimidad que llene el vacío. Pero siempre impera una fuerte conexión: en el choque y en la complicidad; en la cercanía y en la lejanía. No existen barreras, ni tampoco tapujos: hay una desnudez que se palpa tanto en la correspondencia entre las protagonistas —no es casual que las actrices (y actor) en el cine de Maurel no dejen de sumar galardones: primero en Locarno, y recientemente en Cannes—, como en la versatilidad de un plano que se les adhiere y las acompaña bajo cualquier circunstancia.
El segundo largometraje de la cineasta se entrega a un universo que no requiere tristeza para ser árido, aunque la contenga pero no la exhiba, y corresponde lo afectivo sin necesidad de gestos que lo expliciten. No es que haya contención, al fin y al cabo sus personajes se expresan con sinceridad, son en ocasiones un libro abierto, no obstante comprenden que aquello que las completa son esas espinas, esas miradas severas, que Maurel retrata como pocos cineastas hacen en la actualidad.

Larga vida a la nueva carne.








