No es anecdótico el interés mórbido y fetichistamente artístico de Albert Serra por lo musical (me atrevería, quizá, a decir por lo extáticamente musical), pues en Cubalibre, ese cortometraje atronador y eléctrico donde filmaba con deleite afrutado hasta los poros transpirados al músico Xavier Gratacós, rendía homenaje en forma de karaoke cochambrosamente maravilloso a Günther Kaufmann, actor insignia de Rainer Werner Fassbinder. En el caso que nos ocupa, Seize moments de ma vie (Sixteen Moments of My Life, 2026), presentada fuera de competición en Locarno y también en la sección no oficial Made in Spain del Zinemaldia, la actriz Ingrid Caven y el ensamble bañolense Molforts (agrupación de improvisación experimental, cuyo miembro es Marc Verdaguer, colaborador musical habitual e insistente del director) cohabitan un mismo escenario y ofrecen un recital que congratula una carrera y celebra la vanguardia.

Así, lo extraño, lo simbólico y una pulsión misteriosa y minimal deambulan a través de un recurrente dispositivo multidimensional donde predomina, ante todo, una cámara frontal algo tímida (el respeto que el cineasta guarda siempre por sus criaturas). El sonido sintético y la distorsión de las cuerdas bailan en un vals rojo de humo y éxtasis liminal. Tenue, climáticamente “lynchiana”, la atmósfera acaba ganando la partida con jaque al rey. La imagen (lo único que preocupa realmente al director y a su DoP de confianza, Artur Tort) es lo suficientemente poderosa como para hechizar y someter a todos los demás elementos. La ninfa, desgarrada y quejumbrosa, se lamenta con canciones resonantes que hablan (en francés, en alemán y en italiano) de brutalidad, de dolor y de miedos abisales (líricas que invocan a Goethe, que remiten o a los fantasmas del nacionalsocialismo o que entonan sermones latinos). Se intuye algún villancico, se rescata libremente la Heidschi-Bumbeidschi de Peter Alexander, se tararea una fabulosa terapia donde los recuerdos y los estímulos surgen de las profundidades de un inconsciente colectivo. Ante esto, sin embargo, el ojo del realizador es paciente como la mira de un furtivo o el anzuelo del pescador: apenas intervencionista (y eso es algo que lo define y, de hecho, si me permiten la osadía, lo honra), Serra consigue cristalizar el fuego etéreo. Aquí su foco se fija en Caven, conmovedora, teatral, fulgurante a ratos, compungida, hastiada y “titeresca” en otros. Dieciséis pistas coreografiadas desde lo nublado, con esa aura particular de rito, de improvisación religiosa, de locura sincronizada, de Tártaro frágil y domesticado. A ver quién carajo junta valor para bailar.

Serra, que es muchas cosas pero sobre todo listo (y sensorialmente sensible, valga la redundancia, que es la más cándida y humana expresión de la inteligencia) sabe que “aquí hi ha marro”, como decimos los catalanes. Es decir, sabe que en ello hay materia cinematográfica, que de ahí, de ese encuentro performativo y vanguardista y catártico, puede brotar a chorros petróleo. Es así, hasta el punto en que congela para siempre una atmósfera cabaretera donde el ‹lied› contemporáneo se une a esa sensación espeluznante que en su momento Mark Fisher categorizó como una descontextualización extraordinaria: algo que sobra o algo que falta. El ejercicio fílmico de Serra resulta en una caprichosa escucha activa, desafiante (siempre desafiante) con el espectador, pero a la vez compinchada con su capacidad de apreciación. Como capítulos de una biblia ácrata (con aplausos de adoración a una monarca que sirven de separadores ambientales entre las piezas), en este aquelarre tienen cabida una exégesis pagana, una penitencia poética y anestésica, un silencio ruidoso.
De Albert Serra se ha dicho de todo. Algunas palabras buenas, algunas palabras malas. Por desgracia, también se le ha atacado de la peor manera con la que se puede hablar de alguien así, que es con desfachatez irrelevante, con adjetivos insultantemente banales o, pero aún, con cháchara previsible y anodina. Pero poco se habla, y aquí me autoconcedo este derecho, de la admiración con la que expone. Seize moments de ma vie es un buen ejemplo, puede que uno de los más paradigmáticos. La lente observa, la lente se ensimisma, se muestra superada, extasiada e irremediablemente rendida a lo que tiene delante. No hay acto de amor más valiente y, al mismo tiempo, modesto, que ese.

Entre bravos afrancesados y vítores de ovación, y una cortina alargada de instrumentos en suspensión, Ingrid Caven sale por un extremo de la tarima del parisino Théâtre des Bouffes du Nord (la película se registró el 22 de febrero de 2025). Una puerta se cierra tras ella. Pero la ‹chansonnier› vuelve a emerger para aventurarse al proscenio y presentar a la banda. Serra aparece protocolariamente para entregar un ramo de flores a la diva. De este modo, nos recuerda que todo lo que pasa en la tarima es una ficción que un día u otro siempre hay que dinamitar. Como un epitafio testamentario, el film parece golpearnos con esa dolorosa certeza de que todo es finito. Y en esa verdad gravitacional, amarga como todas las verdades, justamente, reside la ‹joie de vivre›.






