La alternativa | Pesadilla a 20.000 pies (Richard Donner)

No somos especialmente originales si hablamos de La dimensión desconocida (The Twilight Zone, 1959) como una de las series más influyentes de todos los tiempos. Ya no solo por su intro y su banda sonora icónicas, sino porque en su planteamiento del género fantástico introducía novedades como la presentación de cada capítulo con el propio ‹showrunner› integrado (algo que ya se hacía en Alfred Hitchcock presenta), la ruptura de la cuarta pared o la idea de que cada historia tuviera un eje moral sobre el que pivotar. Aunque si por algo destacaba sobremanera era por introducir un aspecto pocas veces visto como recurso principal: la cotidianidad.

Sí, en La dimensión desconocida existían los elementos habituales del fantaterror: monstruos, alienígenas, apariciones fantasmales… pero también miedos contemporáneos, posibles eventos instalados en la psique colectiva de la época que la serie explotaba no solo con acierto, sino con una precisión casi quirúrgica. Pesadilla a 20.000 pies (Nightmare at 20,000 Feet) puede que no sea el mejor capítulo de toda la serie, pero sí un resumen perfecto de todo lo comentado, hasta el punto de convertirse en uno de los episodios más revisitados y homenajeados en multitud de productos audiovisuales posteriores (por ejemplo, en la ya reseñada en esta página Shadow in the Cloud).

El planteamiento no puede dejar de parecernos de lo más normal: una persona con miedo a volar siente angustia ante unas condiciones de vuelo absolutamente adversas, a lo que se añade el hecho de que ve a un monstruo en una de las alas del avión destruyendo el aparato. Con este argumento sencillo, el capítulo no solo muestra un miedo relativamente reciente, el de la aerofobia, sino que a partir de aquí construye todo un relato tenso sobre el pánico, la paranoia y, no menos importante, la falta de solidaridad ante el miedo, la dejadez ante el sufrimiento y cómo el aislamiento del individuo frente al grupo puede acabar por agravar el problema.

Este episodio es prácticamente un ‹tour de force› formal, con una cámara que se dedica al primer plano cerradísimo, a cortes rápidos y planos aberrantes. La idea es fomentar tanto la sensación de claustrofobia como deformar hacia lo grotesco las expresiones faciales, hasta llevar una situación plausible a una especie de infierno para su protagonista. Lo interesante es que este no lucha solo contra su propio miedo, sino que pervive en él un instinto de ayuda, de querer salvar a todo el mundo advirtiendo de un peligro que nadie más ve.

Estamos, pues, ante una fábula moderna sobre la incomprensión y el aislamiento. Un relato que pone en solfa los principios de ayuda y juega constantemente con la suspensión de la incredulidad. ¿Es cierto lo que estamos viendo? ¿O es solo producto de la mente dominada por el miedo del protagonista? Una duda que funciona como elemento de suspense y como una capa más de la tensión general conformada por su dispositivo formal. El resultado final del enigma no lo desvelaremos (por si alguien no ha visto dicho episodio), pero lo importante es que en realidad no tiene un significado verdaderamente importante: lo relevante es que vuelve a ser un capítulo que habla de forma inteligente de un mundo aparentemente en su clímax civilizatorio y que, sin embargo, está siempre a un empujón del colapso. Imprescindible.

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