Mother Mary (David Lowery)

En ocasiones, el arte aparece como un abismo que se asoma desde la oscuridad más profunda del ser. En su asunción vertiginosa, la obra final no refleja necesariamente el proceso que acompaña su concepción, y en ese sentido, deshaciendo las costuras de su resultante sencillez pragmática, el cineasta David Lowery ha buscado tirar del hilo para intentar llegar al centro neurálgico y emocional del dolor y su idea de integridad respecto a la propia creación artística. Para tomar las medidas de esta búsqueda flagelada, la relación entre sus protagonistas delimitará un relato sobre personajes atravesados que, mediante su afilada correspondencia, deberán subsanar su vínculo personal y artístico en una película que se revela desde una única y tendida conversación que funciona como dispositivo y tratado fílmico.

Partiendo de esta naturaleza discursiva, se podría pensar en Mother Mary (2026) como una obra reducida exclusivamente a su reflexión. Sin embargo, la voluntad cinematográfica del director de A Ghost Story (2017) o El caballero verde (2021) va más allá de su mera enunciación; apoyándose en una serie de fugas narrativas que completan el escenario de esa pretendida teatralidad que tanto se suele señalar de forma despectiva. Entre bambalinas, en un estudio destartalado lleno de telas y maniquíes, Mary (Anne Hathaway) y Sam (Michaela Coel) —‹popstar› y ‹fashion-designer› respectivamente— se debaten desde la crisis de identidad y artística que padece la primera. Para constatar sus interrogantes, la película sobresale al espacio de acción central en una mezcla de flashbacks e imágenes conceptuales que completan ese paisaje deshecho y representativo que recorren; alumbrando una incursión sobre una psique torturada que se retuerce a medida que se descubre el resultado de la pieza final: un vestido para el próximo ‹show› de la cantante.

La dimensión mediática de (Mother) Mary recuerda a la de artistas como Charli xcx, Billie Eilish o la misma FKA Twigs —quien también aparece en la película—; nombres de un alcance masivo que, a su vez, exploran temáticas profundamente ligadas a su soledad e intimidad. Si pensamos en la autoría de estos referentes, resulta llamativo comprobar el contraste que se produce con su individualidad y su exposición, y cómo esta última condiciona las letras que escriben posteriormente al mostrarse desde dicha vulnerabilidad. En este sentido, es posible apuntar sobre un cierto tipo de mística a su alrededor; una idea que David Lowery vincula aquí al fantástico y el terror, haciendo de su talento una condena que se prefigura desde fantasmagorías, rituales y maldiciones persecutorias.

Desde este sutil acercamiento al género, sin acentos o resoluciones claras, lo cierto es que el desafío vital que finalmente quiere enfrentar Mother Mary resulta más próximo a los universos de Lana del Rey o Ethel Cain y su conexión con la culpa y el símbolo religioso. En su exploración artística y la consecuente aceptación de su cometido, el desarrollo termina virando hasta un tipo de redención ligada a un perdón que nunca se supo entonar. Es entonces que el film descubre el por qué de su búsqueda conceptual; deshaciéndose de las capas que recubren a dos personajes atrapados por su pasado con el fin de llegar a su respectiva comprensión. De una forma más o menos acertada, el compromiso con dicho deber es total, y el film se entrega en cuerpo y alma por hacernos creer en la autenticidad de esta lucha interna, donde todos, en una escala u otra, nos podemos llegar a reflejar.

Si pensamos en la impredecible y curiosa carrera de David Lowery —que viene de dirigir Peter Pan & Wendy (2023), enésimo ‹live-action› de Disney—, lo cierto es que con este nuevo título no parece contagiar lo que consiguió con sus filmes más celebrados. Incluso aunque haya vuelto a filmar desde la tambaleante marca de A24 y responda a dicha estética —siendo este parte responsable de la misma—, tampoco parece haber conseguido el calado que podía pronosticarse. Sea entendida como una decepción, una rareza, o un futuro título de culto, Mother Mary se augura como una obra irregular donde se ahonda en el arte y la identidad y lo que supone su exposición, dando espacio para una reflexión distendida que funciona, a gusto personal, como una exploración puramente autoral de su propia idea del cine.

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