Pequeño, estresante, violento. Ese es el espacio que dibuja Cal McMau desde su primera escena en Hombres de acero, donde presenciamos un ajuste de cuentas que delimita el territorio en un lugar que solo conoce las líneas rectas y las ropas grisáceas. Pero ese sitio pequeño, estresante y violento se repite celda a celda en una cárcel británica donde más que cumplir condena uno se esfuerza por sobrevivir.
Nos adentramos y nos quedamos bloqueados tras las paredes que conforman un escenario único donde se procede a desarrollar un drama carcelario. En un lugar donde normalmente se detiene el tiempo, McMau decide moverlo a contrarreloj al marcar un objetivo para el primero de los protagonistas, Taylor, que observa, colabora y calla a cambio de algo con lo que sobrellevar el mono. La historia le ofrece la oportunidad de cambiar ese asfixiante escenario al mismo tiempo que introduce el elemento discordante: Dee, el nuevo compañero de celda que ha decidido convertirse en el rey de esa selva en concreto.
David Jonsson y Tom Blyth se mimetizan con sus personajes y consiguen adaptar sus gestos, su forma de hablar y su presencia a este reto, que viene representado por una cámara que no deja espacio para respirar entre los personajes y el espectador. La sensación de pérdida de intimidad es el primer objetivo a cumplir en una relación camaleónica donde se plantea la necesidad, la amistad y la supervivencia en diferentes momentos del film. La excusa de los avances tecnológicos ofrece una vía libre y poco explorada en estos ambientes y es que, pese a lo compacto y castrante que es el ambiente en una cárcel, la libertad de comercio a través del trueque tras los barrotes nos lleva a conectar directamente con lo digital, y las imágenes del film se entremezclan con vídeos grabados en vertical con móviles, algo que nutre a la convivencia entre celdas, a lo que sucede en otras cárceles o a un engañoso contacto con lo que sucede en el exterior. Se convierte así en arma de doble filo el exceso de información, una nueva forma de deuda física con los problemas internos que sabe explotar McMau sin que se vea como un acto forzado. Porque el universo de sus protagonistas se reduce en apenas dos plantas de un mismo sector de la cárcel, y son muy pocos los personajes implicados en esta ligera tensión que va transformándose en guerra interna y descontrolada. La cámara sabe guiarnos en esos sentimientos donde destaca el miedo y la ira, pero sobre todo lo traslada al territorio físico en el momento en que los hombres deben representar su papel cuando impera la ley del más fuerte y no todos son buenos actores. La imagen siempre es fría donde el sol no brilla y el acero refleja la tensión, y aunque Taylor tiene ese aspecto de yonqui esperanzado al poder contar los días que le quedan dentro de un lugar semejante, consigue nuestra atención principal cuando todo se vuelve más oscuro de lo normal.
Hombres de acero sabe elucubrar el misterio en esa instancia donde todo se vuelve dramático y nos encontramos tan encerrados como sus personajes. El modo en que consigue una resolución a esa sensación de estar enfangados hasta el cuello es inteligente sin necesitar de giros descabellados, sin desnortar el sentido que el film había mantenido hasta el momento. La vida es dura y las almas perdidas que vagan entre las celdas, pese a saber que todo aquello que conocían en el exterior ya ni siquiera existe, tienen derecho a reclamar algo de dignidad, que parece traducirse en un acto de amor propio cuando no hay forma de ser salvado por quienes te rodean. El drama carcelario todavía tiene algo que contarnos, la fiereza testosterónica sigue siendo la clave del sufrimiento universal.









