Un secuestro familiar (Gábor Holtai)

No tengo ninguna duda en apreciar las múltiples virtudes que Un secuestro familiar (Feels Like Home) atesora. Especialmente en su primer tercio, donde los códigos del terror opresivo se encuentran con el factor incógnita. Todo resulta especialmente intrigante a la par que opresivo, una combinación que, como enganche a la trama, funciona a las mil maravillas. El problema, si es que se puede calificar como tal, llega cuando esa capacidad de cerrar el foco se abre en lo espacial, y lo enigmático pasa a ser metafórico de una forma no especialmente original.

Y es que sí, el film de Gábor Holtai plantea una parábola sobre la opresión social, la dicotomía entre seguridad y libertad, y cómo el ser humano puede adoptar diversos roles en este teatrillo vital en función de sus intereses. Un tema relevante, sin duda, y más cuando la película se sitúa en un país como Hungría, que ha transitado de la dictadura de raíz soviética a esta presunta pseudodemocracia del gobierno de Orbán. Algo que se pone de manifiesto de forma clara tanto por sus referencias nostálgicas al comunismo como por la traslación casi literal de la situación política actual al núcleo familiar.

Por la pantalla desfilan referencias tan diversas como el Lanthimos de Canino, el Aranoa de Familia o la mala leche elusiva y seca de un Haneke. Referencias todas ellas que hablan del plan perfectamente estudiado de Holtai y de su soltura a la hora de narrar. ¿Dónde está el problema, pues? En que, siendo todo impecable en forma y fondo, Feels Like Home se antoja a veces más un refrito de influencias que un film con identidad propia. Algo que sucede asimismo con sus transferencias intergenéricas. Sus devaneos tanto con el terror puro como con el cine social no desentonan, pero siempre parecen estar al borde de una decisión arriesgada que el director no llega a tomar: entre lanzarse al vacío genérico o la comodidad, Holtai opta siempre por hacer honor al título de su película.

Por si fuera poco, todo lo que hace referencia a lo metafórico resulta poco alimenticio en cuanto a su capacidad de reflexión e impacto. No es que el mensaje no esté bien argumentado, es que se echa de menos más sutileza, más elipsis y, en definitiva, más arrojo. En cuanto el misterio inicial se aclara, todo resulta masticado, obvio y, por tanto, algo decepcionante. Como muestra, un botón: esa escena, casi en el desenlace, donde la confrontación con un indigente acaba por sellar la ceremonia de la obviedad.

Y no, no es que Feels Like Home sea una mala película; al contrario, es un producto altamente disfrutable y capaz de generar momentos ominosos de calibre considerable. Sin embargo, deja una sensación de vacío, no en el sentido de dejar mal cuerpo, sino de no promover una reflexión más profunda más allá de dos o tres escenas concretas que pueden ser impactantes. Al final, la idea que queda es la de “esta película ya la he visto en otro formato”, algo que pesa en demasía frente a algunas de sus innegables virtudes.

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