La alternativa | El visitante nocturno (László Benedek)

El visitante nocturno (The Night Visitor, 1971), es una de esas rarezas que alumbraron a principios de una década clave para la modernización definitiva del cine. Llama la atención que fue una película que tuvo un recorrido bastante quebradizo. En principio la acción se iba a situar en el sur de los EEUU e iba a ser protagonizada por Steve McQueen y dirigida por un nombre clave del cine negro clásico de los cuarenta como Robert Siodmak. Sin embargo, los problemas de producción impidieron que un gran estudio de Hollywood decidiera arriesgarse a sacar adelante un producto bastante antipático (por no decir turbio) en lo referente al talante de sus protagonistas.

Pasados los años el proyecto fue a parar a la mesa de Mel Ferrer, que decidió producir la cinta, pero cambiando bastantes parámetros iniciales, como emplazar la trama en el invierno de Suecia y contar con una pareja protagonista tan especial como Max Von Sydow y Liv Ullmann (todo un guiño a un Ingmar Bergman que ya había traspasado fronteras convirtiéndose en uno de los directores europeos más aclamados al otro lado del Atlántico) con la colaboración de una leyenda como Trevor Howard y uno de esos rostros habituales del cine sueco clásico (actor fetiche de nombres como Jan Troell o Arne Mattsson) como era el siempre inquietante Per Oscarsson.

El resultado fue un producto muy curioso, que combinaba ese cine más frío y austero del norte de Europa con una trama bastante sórdida apoyada en una historia de venganza a lo El Conde de Montecristo (con la que comparte premisa de hombre inocente encarcelado por una injusticia que decide tomarse la venganza por su mano para reparar el perjuicio ocasionado).

Llama poderosamente la atención que detrás de la cámara se situaba un artesano como László Benedek, cineasta húngaro exiliado en los EEUU que sacó adelante no pocos clásicos en los años cuarenta y cincuenta —el más popular fue Salvaje (1953) con Marlon Brando—, y que tras asentarse en los platós catódicos durante los años dorados de la televisión estadounidense dirigiendo todo tipo de series no le quedó más remedio que retornar a la Vieja Europa para volver a dirigir cine, siendo esta su penúltima aportación al séptimo arte. Y digo que llama la atención porque de un artesano se podría esperar un producto más o menos aseado, ágil y coqueto, al viejo estilo de los clásicos. Pero no. Benedek demostró que era un hombre que dominaba el oficio de forma prodigiosa, sabiendo adaptarse a todo tipo de entornos y propuestas, pues el envoltorio de El visitante nocturno transmite ese aurea de cine de autor europeo más propia de los nuevos cineastas que surgieron durante los años sesenta que de un veterano ya de vuelta de todo en la parte final de su trayectoria.

Y eso es sin duda lo mejor de una propuesta que se adentra en los terrenos del thriller psicológico, el cine de terror e incluso el policíaco, pero de un modo muy atractivo, como si fuera Jan Troell o Bille August quien estuviese al frente del proyecto. Puesto que aquí todo sucede a fuego lento, dejando que el espectador vaya reposando las imágenes que van aconteciendo en pantalla y adentrándose en una trama que va tomando forma conforme avanza el tronco narrativo sin prisa, pero sin pausa.

Cada detalle es importante. Desde un simple loro que repite el nombre de su antiguo dueño de forma monótona, como esa partida de ajedrez que el protagonista (un Max Von Sydow portentoso) juega con su carcelero en un claro guiño a El séptimo sello.

La trama es sencilla, que no por ello accesible. La cámara arranca centrando el foco en un hombre que parece estar huyendo por los campos nevados de Suecia. Descubriremos que ese hombre es Salem (Max Von Sydow) un recluso de un manicomio de la comarca que se ha escapado aprovechando la oscuridad de la noche para trazar un plan de venganza en contra de quienes le encerraron en ese sanatorio. Entre ellos su cuñado, el Dr. Anton (Per Oscarsson), un hombre siempre angustiado por los problemas económicos que está tratando de vender la casa de campo familiar para empezar de nuevo en otra parte. Para ello cuenta con el apoyo de su mujer Ester (Liv Ullmann), pero no el de su cuñada. En medio de esos problemas aparecerá Salem, quien fue acusado por sus familiares de haber asesinado a un vagabundo siendo encerrado en un manicomio tras la maniobra de un abogado amigo de Anton que le convenció a declararse incapacitado intelectualmente para evitar ser ejecutado por su crimen. Pero Salem tiene guardado para todos ellos un plan de venganza que ejecutará de forma prodigiosa, siempre ante la atenta mirada de un inspector de policía (Trevor Howard) que investigará quién está detrás de los asesinatos que están aconteciendo en la comarca.

Con un argumento tan transparente como contundente el suspense no surgirá de la investigación policial para averiguar quien se encuentra detrás de los asesinatos, ni tampoco de si las motivaciones de venganza de Salem son fundadas o no. Todo ello queda claro más o menos pasada media hora de metraje. La duda será potenciada por la ejecución del plan de Salem, y de si finalmente logrará salir indemne del mismo o será descubierto sin poder culminar su vendetta.

Un punto fascinante del film es su forma de condensar el espacio y el tiempo. La trama sucede en tan solo dos noches y ubicada en los reducidos habitáculos de la casa de campo familiar, un par de residencias de unos personajes auxiliares, el edificio del manicomio y sus campos de alrededor anegados de nieve.

Con esos minúsculos mimbres, Benedek supo trazar una historia angustiante y opresiva. Bastante nihilista y desconcertante. De esas que dan miedo más por lo que se intuye que por lo que se muestra, optando casi siempre por el fuera de campo para plasmar la violencia, que será explotada más de forma latente e implícita que de forma explícita y sanguinolenta. Es por ello que el aspecto visual del film se mantiene siempre pulcro, de una sobriedad hechizante, conservando así un aspecto gélido y muy gótico que le sientan como un anillo al dedo al engranaje del film.

Todo ello apoyado por una sorprendente aportación en la banda sonora de un Henry Mancini que dejó de lado sus habituales instrumentos de viento para componer una partitura donde la locura y la enfermedad se dan la mano gracias a sonidos chirriantes, abruptos, cortantes y animados por un sintetizador que golpea el cerebro en los momentos de mayor tensión.

Sí que hay que avisar que quien busque un thriller enérgico, ágil y vibrante, es mejor que no se acerque a la película. Aquí las cosas se toman su tiempo, con un arranque conscientemente tedioso que poco a poco irá cogiendo velocidad, pero que nunca excede de los límites legalmente establecidos. Los movimientos de cámara son elegantes, con un fantástico empleo del plano/contraplano, un montaje muy televisivo que evita alargar en demasía la secuencia en el tiempo, y un bueno manejo de la psicología de los personajes, acercando la cámara a los rostros de los protagonistas en los momentos de mayor tensión y violencia. Todo ello bordado de forma totalmente consciente, poniendo el valor más en la interpretación y carisma de los actores que en incluir inyecciones vanguardistas que rompan la linealidad de la escena y desvíen la atención en aspectos secundarios.

Una dirección de lo que en los viejos tiempos se llamaba de forma peyorativa como teatral o televisiva, pero que en mi opinión es un ejercicio que aumenta el valor de lo construido por Benedek, un artesano que sabía que ante la ausencia de efectos especiales o de un mayor presupuesto, su manera de favorecer una atmósfera opresiva y nihilista era emplear un ritmo pausado, un envoltorio que se fijara en la frialdad de los paisajes de la Suecia rural y en la austeridad de las casas de campo casi en ruinas, como metáfora de la ruindad moral plasmada por los escasos personajes que asoman en la pantalla.

Todo lo comentado eleva a El visitante nocturno como una rareza que merece un mayor reconocimiento. Un thriller muy gélido donde la intriga escoge un tono más atmosférico que argumental, que toma prestadas algunas prerrogativas que más tarde formarían el imaginario del ‹slasher› ochentero estadounidense y que adopta un tono muy ambiguo. Tanto por las magníficas interpretaciones de un elenco que podría liderar sin problema cualquier pieza salida del taller de Bergman como por esa combinación de cinta de venganzas paranoica con ese estilo de policíaco procedimental, a lo inspector Maigret, que puede resultar tan chocante como fascinante. Yo me quedo en el grupo de los que creen que esta es una buena pieza de museo que hay que reverenciar más que vilipendiar.

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