Sexo en la ciudad (Martin Jauvat)

A Martin Jauvat, alias Corentin Perrier, alias Sprite le han requisado el tapón de la bañera. Todo el mundo sabe (y si no, Sprite nos lo confirma) que las mejores ideas que tuvo Einstein fueron en la bañera, y un joven de 25 años sin trabajo ni grandes complicaciones necesita un tapón en su vida para pensar a lo grande. De lo más nimio, Jauvat vuelve a convertir a un chico de barrio en una especie de antihéroe en busca de aventuras a pequeña escala que parecen alucinantes, algo que ya ocurría en su debut Grand Paris y que repite con algo más de interiorización de personaje y menos locura en Sexo en la ciudad.

El director y también protagonista de esta historia utiliza un deseo para sumergirse en la paradoja del joven-adulto actual, una de esas ‹coming of age› prolongadas en el tiempo que tan realistas parecen en la actualidad y que dejan Hermanos por pelotas en una clarividente docuficción. La paradoja en este caso es la necesidad de un vehículo para tener un trabajo, la necesidad de un carnet de conducir para mover ese vehículo y la necesidad de un trabajo para pagar el carnet de conducir. Fácil, prometedor. Sin mucha sangre y con mucha suerte, Sprite convierte una lista ficticia de objetivos en su ‹road movie› a pequeña escala, teniendo en cuenta que el punto de partida es el barrio donde nació, algo así como el lejano extrarradio de París llamado Chelles. No es lo único cercano que utiliza Jauvat, pues vuelve a reunir a los actores del anterior film con personajes estridentes y en su salsa como son los cómicos William Lebghil y Sébastien Chassagne, atreviéndose en esta ocasión con nombres de la altura de Emmanuelle Bercot, en un socarrón personaje que sirve de guía espiritual y bofetón para espabilar al protagonista y Michel Hazanavicius, y entre ambos tienen combinado un discurso que da sentido al título de la película, que nada tiene que ver con follar en la ciudad y mucho con el espíritu de supervivencia de la juventud que miraba con ojos golosos divertirse en la siempre un poco lejana París —y de paso aderezarlo con sexo—. Baise-en-ville es la réplica directa al bolsito donde guardar estilosamente todo lo que necesitas para sobrevivir una noche fuera, y aunque en la reproducción del film es un mero tema de conversación, sí condensa el sentido de aventura que irradia moderadamente esta historia.

Así idealizamos a Sprite y sus absurdos paseos en transporte público como hazaña laboral que permite mezclar sus vivencias, miedos e intereses a nivel personal con una retahíla de personajes pintorescos gracias a su puesto de ayudante en una ‹start-up› que grita claramente «se acabó la fiesta» para transformarse en un «la fiesta, con lo que resta»,

Sexo en la ciudad es sencilla, cercana y divertida, pero muchísimo más comedida que Grand Paris teniendo en cuenta que utiliza prácticamente los mismos elementos en las dos. Cierto que aquí hay una madurez en los personajes y un sentido en sus aportaciones que ofrece una historia más condensada, más afín a los problemas entre jóvenes de hoy en día, y los chistes y guiños a la actualidad son resueltos, informales e incluso en ocasiones se asemejan a picaduras con el aguijón bien cargado de veneno, pero le falta ese punto en el que dejarse llevar amplía más nuestra sonrisa. Pero no deja de ser un respiro que en pleno verano a temperaturas absurdas se agradece.

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