Dreams (Michel Franco)

Hay personas que sueñan con una vida mejor y personas que pueden permitirse soñar. Aunque ambas situaciones parezcan similares, no son lo mismo. Dreams construye gran parte de su discurso precisamente sobre esa diferencia.

La película presenta la relación entre Jennifer y Fernando como una historia de amor, pero reducirla únicamente a eso sería simplificar demasiado lo que realmente plantea. Lo interesante no es tanto si ambos se quieren, sino el abismo invisible que existe entre ellos. Un abismo que no nace de la falta de afecto, lo hace a partir las circunstancias desde las que cada uno observa el mundo.

Fernando vive impulsado por una aspiración muy concreta: cruzar una frontera económica, social y vital que percibe como la única vía hacia un futuro mejor. Para él, el sueño no es un complemento de la vida; es una necesidad. Jennifer, en cambio, pertenece a una realidad donde las necesidades básicas ya están cubiertas. Puede permitirse elegir quién quiere ser porque antes ya tiene garantizado aquello que Fernando todavía está intentando conseguir.

La película plantea así una cuestión incómoda: ¿pueden dos personas amarse realmente cuando viven en realidades tan diferentes?

No se trata únicamente de dinero. Se trata de perspectiva. Para quien lucha por escapar de una situación precaria, cada decisión adquiere una dimensión práctica. Para quien ya vive con estabilidad, las decisiones pueden abordarse desde el deseo o la realización personal. Ninguno de los dos enfoques es necesariamente incorrecto, pero cuando ambos chocan aparecen tensiones difíciles de resolver.

Uno de los mayores aciertos de la película es que evita convertir a sus personajes en símbolos simplificados. Fernando no es un oportunista que utiliza a Jennifer para alcanzar sus objetivos, pero tampoco es un romántico idealizado que vive únicamente por amor. Del mismo modo, Jennifer no es una salvadora altruista ni una mujer ingenua incapaz de comprender la realidad. Ambos actúan movidos por motivaciones legítimas que en determinados momentos entran en conflicto.

Y es precisamente ahí donde la historia encuentra su fuerza.

Las mejores tragedias no enfrentan el bien contra el mal. Enfrentan dos deseos legítimos que no pueden coexistir plenamente. Fernando desea prosperar. Jennifer desea amar. El problema es que las condiciones necesarias para alcanzar uno de esos objetivos amenazan constantemente al otro.

La película también funciona como una reflexión sobre el propio concepto del sueño americano. Durante décadas se ha presentado como la idea de que cualquier persona, independientemente de su origen, puede alcanzar una vida mejor mediante esfuerzo y determinación. Sin embargo, Dreams parece preguntarse algo distinto: ¿qué ocurre cuando la búsqueda de ese sueño empieza a condicionar todas las relaciones humanas que aparecen por el camino?

Porque los sueños tienen un coste.

A veces el coste es económico. A veces emocional. Y a veces consiste en convertir a las personas que queremos en parte de una estrategia de supervivencia que nunca pretendimos construir.

Lo interesante es que la película no ofrece respuestas sencillas. No condena la ambición de Fernando ni ridiculiza los sentimientos de Jennifer. Entiende que ambos son consecuencia de circunstancias distintas y que ninguno eligió el lugar desde el que empezó a vivir. Y quizá ahí resida su mayor valor.

No en hablar sobre inmigración, desigualdad o relaciones sentimentales, sino en recordarnos que las personas no toman decisiones desde el vacío. Las toman desde su historia, sus necesidades y sus limitaciones. A veces el amor consigue superar esas diferencias y otras veces descubre que son demasiado grandes para ignorarlas.

Porque al final, Dreams no habla únicamente de dos personas que intentan construir una relación, habla de algo mucho más universal: la distancia que existe entre quienes persiguen un sueño y quienes nunca tuvieron que hacerlo. Y de cómo, en ocasiones, esa distancia puede ser mucho más difícil de cruzar que cualquier frontera física.

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