El milagro de David Varela aborda, en forma de quimera, aquellos deseados destinos que se nos atraviesan por el camino. A partir de una autobiografía del propio cineasta, cuenta, como si se tratara de la constante locución de un diario, el viaje que realizó a varias regiones de la India junto a su esposa, Lola, con la misión de filmar una película mientras ella enfrentaba las secuelas de la maternidad, las constantes dudas sobre cómo su vida se transformaría y sobre si su futuro con David podría llenar ese vacío. David, por otro lado, se aliena de su posible porvenir como padre, y es aquí donde la acción de filmar se transforma en el analgésico ideal para evitar (o ignorar) un destino que no sabe si le pertenece.
La película trabaja desde las capas y códigos más emocionales de los protagonistas del relato. La pareja, que se embarca hacia el sur de Asia, no deja de buscar alguna vía de escape que los haga abstraerse de su vida “real”; en esa búsqueda ahondarán en los pasajes mágicos y reveladores que los trayectos, calles, recintos y gente de un país arraigado en lo espiritual activarán en ellos una nueva visión de su propio ser. Lo que comenzó como el pretexto de filmar una película sobre una pequeña localidad del país indio para luego cerrar el ciclo proyectando esa película en el propio país, es el detonante que implosionará en centenares de fragmentos líricos, de sueños, incertidumbres y preguntas que tanto Lola como David se hacen a sí mismos, ambos desde lugares muy distintos. Lola narra y parece recitar todo lo que piensa, mientras que David se concentra en filmar, tanto a sí mismo como a su pareja. Estas dos vías, conforme avanza el relato, distancian un vínculo entre dos seres humanos amarrados a dedicar su vida a otro ser vivo.
El sentido de su existencia ha dado una vuelta por completo. Adentrarse en lo desconocido, sin rumbo definido, se volvió su respuesta inmediata. La pregunta del “¿Qué será?” inunda los sueños y las miradas de aquellos individuos de un país ajeno al de nuestros sujetos principales, que sirven de cómplices del inconsciente colectivo. Al final, mientras todo parece fluir al margen de lo verdaderamente “importante”, una vida florece dentro de otra. Lola, en ocasiones, divaga y dirige la mirada sin objetivo alguno. David filma y muestra una verdad, su verdad. Lola clarifica esa mirada, sobre la cual también superpone su visión propia. El juego es así de incesante.
Las sorprendentes variables de un mismo viaje se bifurcan en zonas de conflicto y discordancia. La poeticidad de la voz se descarga desde un punto “verdadero”, pero de esta forma nos adentramos más en la ensoñación, el trance y el cuestionamiento. No hay certeza de si la reconciliación, como uno podría imaginar, finalmente llega, pero lo que queda claro es que, conforme la nostalgia devora el futuro, las imágenes de aquello que somos o que creemos que seremos algún día son uno de los signos más puros para, si se da el caso, encontrar ese milagro que ayude a enfrentarse a esos dilemas de un presente y de aquello que está por venir.









