La alternativa | Me casé con un monstruo del espacio exterior (Gene Fowler Jr.)

De entre la infinidad de títulos de explotación que se filmaron durante la década de los cincuenta del siglo pasado en los EEUU adscritos a la fiebre de la ‹sci-fi› de serie B paranoica sin duda esta Me casé con un monstruo del espacio exterior (I Married a Monster from Outer Space, 1958) es uno de los productos mejor tirados y de mejor factura técnica de su grupo. Rodada ya en el ocaso del género propiciado este por la inundación de los cines estadounidenses de un sinfín de películas de bajo presupuesto bastante gamberras que supusieron el arranque de las producciones destinadas al público adolescente y juvenil, (de hecho gran parte de los directores que rompieron Hollywood en los años setenta fueron aquellos chavales que se apasionaron por el séptimo arte viendo este tipo de películas), el film destaca por huir de la vertiente chapucera de sus compañeras de género para abrazar las lindes de un thriller paranoico repleto de suspense y bastante oscuro tiznado de no pocas metáforas sociales aún vigentes, tomando prestadas bastantes ideas de un clásico básico del género como fue La invasión de los ladrones de cuerpos de Don Siegel.

La trama se ubica en un bucólico y tranquilo pueblo de la América profunda, Norrisville, donde va a tener lugar el matrimonio entre Bill (Tom Tryon, el Sam Shepard de los años 50 y 60, que sería más conocido en el futuro por sus aportes a la novela de género) y Marge (Gloria Talbott en un papel deslumbrante como auténtico motor de la acción).  Todo es felicidad durante el ensayo de la ceremonia que va a tener lugar el día posterior y ansioso de que llegue ese momento Bill se despedirá de su prometida para coger el coche rumbo a su casa con el propósito de descansar. Pero algo sale mal. En el camino un cuerpo en medio de la carretera hará bajar del coche a Bill, momento que será aprovechado por un ser antropomorfo para usurpar el cuerpo del joven novio reemplazando la identidad del mismo.

Una vez celebrada la boda Marge empezará a sospechar que Bill no es la misma persona de la que se enamoró, pues se mostrará como un hombre frío, distante, carente de sentimientos y con un temperamento sospechoso: ha dejado de beber alcohol con sus amigos y los perros parecen considerarle como una amenaza. Además parece que es estéril porque la pareja es incapaz de tener descendencia. Las sospechas de Marge le harán seguir a su marido en sus escapadas nocturnas sospechando que algo raro está tramando, y descubrirá que en un bosque hay escondida una nave espacial perteneciente a unos alienígenas de la constelación de Andrómeda que han invadido la tierra con un oscuro objetivo: reemplazar a los hombres para así intentar volver a tener descendencia con las mujeres humanas puesto que su planeta fue destruido por una alteración solar acabando así con todas las mujeres de su especie.

Si dejamos atrás los prejuicios que un argumento tan delirante y repleto de lagunas conlleva, y la absoluta falta de lógica de una trama alienígena cuyo principal objetivo es constituir un pasatiempo de calidad y carente de pretensiones intelectuales (que no satíricas con la sociedad que le tocó vivir que esa sí las tiene y muy atinadas), nos toparemos con un film brillante y muy bien dirigido que entra por los ojos gracias a una puesta en escena y fotografía muy elegante que toma prestados varios tics del cine negro de los años cuarenta. Una peli que arranca con un ritmo un poco atropellado, pero que poco a poco irá edificando una atmósfera cada vez más inquietante y enrarecida a medida que el relato avanza con un ritmo que va de menos a más mientras el entuerto se va desenredando y va tomando cada vez más forma de relato de intriga psicológica, incluso mutando en un film de ‹body horror›.

La peli pasó sin pena ni gloria por las taquillas americanas de la época, quizás ya algo fatigadas por la ingente cantidad de títulos de dudosa calidad producidos en la década gloriosa del cine de explotación de ciencia ficción. Puede que el espectador de esa época creyera que se iba a encontrar con otro subproducto chapucero, de esos que duraban solo una hora y diez minutos repletos de efectos cutres y unas actuaciones bordando el desastre. Pero no, Me casé con un monstruo del espacio exterior juega en otra liga. Primero por el auspicio de una ‹Major› como Paramount Pictures, que ya de por sí es garantía de calidad técnica del producto auspiciado. También por contar en la dirección con uno de los montadores estrella del cine clásico americano, Gene Fowler Jr., montador de dos obras maestras Fritz Lang como La mujer del cuadro (1944) y Los verdugos también mueren (1943). De hecho se nota en la peli ese gusto por exhibir los contrastes entre la aparente calma de las escenas interiores dentro de las casas de esos matrimonios que recreaban el ‹american way of life› y la turbiedad desatada cuando las luces se apagan y la noche envuelve el aroma a perdición de unos personajes que esconden tras de sí profundos secretos, tan típicos en las cintas realizadas por el realizador vienés. A ello ayuda sin duda también el aporte de Haskell B. Boggs, un camarógrafo que se asoció con Jerry Lewis y que aquí da muestras de una pericia sorprendente vinculada al cine negro que después no volvería a abrazar en su carrera, siendo especialmente logrados los claroscuros de callejones turbios donde los alienígenas emboscan a los hombres humanos y esos relámpagos, perfectamente iluminados, que muestran el verdadero rostro de esos hombres cuyos cuerpos han sido robados por los visitantes de otro planeta. Finalmente por contar con un elenco que cumple con nota su cometido, siendo especialmente fascinante la compenetración existente entre la pareja protagonista, que se muestran en estado de gracia.

Pero lo mejor de una cinta como esta es sin duda su carga de metáfora social de la época en la que se rodó, esa América feliz de la década de los cincuenta que empezaba a mostrar signos de debilidad por la paranoia de la amenaza externa (comunista) que podría hacer explotar sus cimientos de aparente tranquilidad. Aquí los extraterrestres no parecen comunistas ni gente que trata de amoldar el comportamiento del americano medio para que todos sean iguales y hurtarles su estilo liberal de vida. Tan solo son seres que luchan también por sobrevivir tratando de comprender al ser humano y sus emociones no racionales, buscando en los planetas del espacio la existencia del necesario género femenino extinto en su raza para poder procrear y no extinguirse. Y eso es lo que mola del film. Que las mujeres dejan de ser meras comparsas o reinas del grito para convertirse en las heroínas de la acción, siendo Marge la estrella de la función puesto que sin su astucia, los hombres de Norrisville hubieran caído en las garras de los extraterrestres de forma más o menos fácil. Existe cierta reivindicación por tanto del papel de la mujer en la sociedad, no solo como elemento procreador de vida, sino como parte fundamental para construir una sociedad fuerte, digna y diversa. También hay un punto de amargura en el final de los extraterrestres, unos entes que tan solo luchan por su supervivencia no buscando la destrucción del planeta que han invadido ni tampoco la del género femenino del que intentan comprender sus complejidades con el fin de aprender a vivir en la tierra para generar vida futura.

Igualmente, no hay que estrujarse mucho el cerebro para observar que la peli lanza ciertos dardos hacia la institución matrimonial, puesto que la sensación de inseguridad y el miedo comenzarán a emanar en el momento en que una pareja de novios decide dar el paso de casarse y formar una familia. El marido se convertirá tras este acto en un extraño que cambia totalmente de comportamiento pareciendo más un gemelo que ha tomado posesión de la verdadera personalidad de aquel novio que se mostraba cariñoso para lograr su objetivo. Hay cierta mala leche y sentido de la crítica en esa forma de concebir la unión de un hombre y una mujer como una cárcel para las mujeres resultando muy moderno como muestra el terror alienígena desde el rostro del ser humano masculino. Y esto lo logra evitando en todo momento abusar de explotar el horror desde el diseño extraterrestre o los efectos especiales dejando entrever ese desencanto que suponía dar el paso de vincularse a otra persona de por vida para abandonar los placeres mundanos vinculados a la libertad de la soltería.

Quizás los efectos especiales no sean lo más memorable del film puesto que los humos que salen de las pistolas de los invasores para robar la identidad de los hombres caídos en emboscada se ven deficientes. Además esos seres de otro mundo claramente se perciben como un ‹stunt› disfrazado con un traje comprado en un todo a cien. Asimismo el desenlace del film, como sucedía en muchas de las pelis colegas de su género, se revela como algo alocado y accidentado siendo el arma de destrucción de unos aparentemente indestructibles alienígenas una argucia que resulta facilona, pero si eres fan de este tipo de filmes sin duda será un elemento que perdonarás y hasta te resultará encantador (de hecho este tipo de finales delirantes fue homenajeado por Tim Burton en su fantástica parodia Mars Attack!, ya saben «It’s no usual»).

Algunos críticos quisieron ver en esa falta de interés matrimonial una especie de subtexto homosexual, pero en mi opinión esta visión es totalmente desacertada, pues esa trama paranoica que muestra la conquista de una pequeña localidad a través del vientre de las mujeres podría relacionarse más con teorías “conspiranoicas” contemporáneas como las del reemplazo migratorio, punto que eleva a este pequeño film en una joya atemporal que critica el machismo presente en las sociedades occidentales (yo diría que globales) rompiendo una lanza en favor del papel de la mujer, pero sobre todo, ya que es su principal objetivo lejos de filosofías sesudas, ofreciendo un producto ameno, divertido y desprejuiciado al que hay que acercarse desde una total ausencia de suspicacias intelectuales, puesto que este tipo de cine se disfruta principalmente desde una vertiente limpia de juicios de valor intelectuales.

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