Habitación nº 13 (Mattias Johansson Skoglund)

Hay una nueva línea en el cine de terror que comienza a despuntar con fuerza. Esa idea prácticamente gótica de modelar el entorno para crear atmósferas que nos remiten a otros tiempos ha dejado paso a la necesidad de aferrarnos a la realidad para impactar, y hay algo que a una mayoría le atormenta por encima de todas las cosas: llegar a ser viejo. Lo del miedo a ser madre es algo muy actual pero el miedo a llegar a ese momento en el que no te puedes valer por ti mismo es algo mucho más global que pasa incluso por encima de la muerte, y los cineastas están mirando cara a cara a este instinto tan básico.

Ya no hablamos de gerontofobia, es el simple hecho de ver cada vez mayor nitidez una sociedad que llega más lejos y en peores condiciones, donde la vulnerabilidad viene después de la experiencia y no al revés. Mattias Johansson Skoglund ha rebuscado en esa incapacidad de dominar el recuerdo y ha volcado los miedos de toda una comunidad en un estado de estancamiento emocional y vital. Lo consigue a través de Joel, el hijo imperfecto que vuelve al hogar familiar para hacerse cargo de su madre Monika. Poco hace falta para entender que Joel no desea estar en ese lugar y tampoco parece muy dispuesto a asimilar que Monika no quiera dejarlo, cuando la madre insinúa que una presencia ilógica necesita retenerla y dominarla. El director perfila lo sobrenatural como amenaza, pero profundiza mucho más en el hecho de reconocer los terrores ocultos de todos aquellos con los que se rodea la familia, porque lejos de aprovechar el ideal de casa encantada, traslada la acción a un asilo para gente mayor y, bajo esa colección de habitantes que ya no pueden controlar su mente y sus cuerpos, crea lentamente el caos.

Aunque esta es la parte vistosa, parece que hay algo más emocional en el relato. Ante la sombra de un padre abusivo y una colección de traumas que definen sobre todo el personaje de Joel —que implican que se juzgue severamente a sí mismo en una sociedad donde ya no tiene el mismo sentido ocultarse—, el estigma va creciendo a su alrededor, apuntando acusadoramente cada vez a más gente para señalar que todo el mundo tiene algo en su pasado que no le deja avanzar, ya sin importar su edad y su condición, sirven residentes y enfermeras, sirven amigos de la infancia y aquellos que se conocen como familia. Es casi anecdótico, pero el hecho de encontrar un póster de Kanye West en la habitación de adolescente del hijo es un síntoma más de aquello que una vez fue y define constantemente el ahora. Puede que se vean carteles de otros grupos, incluso vemos a Joel escuchando metal y cargando su angustia con alcohol como si fuera combustible, pero esa imagen concreta está gritándonos algo.

Por otra parte, a Habitación nº13 le falta una ambientación más oscura para que sus fantasmas invisibles sean tan severos como parece insinuar. La intención es radical y al final esos ancianos indefensos enfrentándose a lo abrupto de la crueldad como colectivo consiguen hacernos sentir pequeños, pero se echa en falta algo más definitivo para que el terror, el verdadero objetivo, gane al drama familiar, que también queda abandonado a su suerte, intentando que se sostenga por sí solo. Es evidente la lucha entre el amor y el odio relacionados por herencia cosanguínea, y el juego que ofrece ese momento en que la muerte queda tan cerca que no pierde la oportunidad de cruzar la fina línea entre lo real y lo infernal, así que la película cumple con sus puntos de interés. No obstante, cuando el verdadero descontrol metafísico se desencadena se queda en lo superficial y el resultado es mas monótono, casi anecdótico, por no querer cruzar ciertas barreras una vez que se apunta a la exaltación del mal. Que todo suceda en la número 13 es circunstancial cuando debería ser significativo, y ser viejo (lo que se proponía como gran baza) no es más terrorífico que arrastrar traumas que no se consiguen difuminar con el paso del tiempo. Pero no nos olvidemos de lo esencial, algo que sí consigue subrayar el film: del mal no conseguiremos librarnos nunca.

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