Todo bien iluminado.
La luz ilumina el camino, la luz ilumina la fe, la luz ilumina la verdad y así bien iluminado y con buena luz, se ven las manchas con excesiva claridad. Una que atormenta a la Iglesia católica como entidad institucional es que todo el mundo sepa sobre los abusos sexuales cometidos en el pasado (y el presente) por algunos de sus representantes. Es una luz fuerte y acusadora que entra por los vitrales y lucha con las sombras que ellos mismos han utilizado para esconder culpables y víctimas durante tantos años, una luz que hace brillar la culpa y que opaca los valores que se ofrecen desde sus púlpitos. Todo sale a la luz y por ello, La luz era el título indispensable para lo último de Fernando Franco.
El director, también guionista en esta historia, elige el punto de vista más complejo para dar forma a un mal común. Es elección de Fernando Franco mirar los retos de frente y narrar sus dramas con el cuchillo alzado, reflejando siempre las versiones más adversas de lo que quiere explicar, por lo que es necesario para él que sea Manuel y no otra persona el objeto que se debe captar desde todos los ángulos posibles para dar forma a la película.
Manuel, que es comedido, respetuoso y está decidido a abrazar un cambio de vida, alejado de su labor como párroco pero no de su fe, es todo un reto físico y temperamental para Alberto San Juan, capaz de mimetizarse con alguien que lidera un camino que nadie va a seguir. El creador del daño irreparable es quien se enfrenta a la realidad en el momento en que busca la posibilidad de ser una persona cualquiera alejado de la Iglesia, justo cuando entramos en la verdadera acción, porque la realidad nunca es tan fácil como la pintan y no, el tiempo no lo arregla todo.
Es aquí donde La luz se vuelve un torbellino porque, dentro de la apariencia de narración clásica donde un hombre se enfrenta a su pasado y se descubre a sí mismo mientras se plasma un mal endémico en la sociedad y su trato en las altas esferas —y hasta aquí todo es normal y cumple el ABCD necesario para que todo quede bien relatado y expuesto—, se podría decir que Dios y Diablo toman partido en el tema y, como un enfrentamiento definitivo, vemos cómo luchan el drama y el thriller en una batalla donde nadie ni nada sale ileso. Esta espectacularidad es posible que solo funcione en mi cabeza y lo normal sea la primera lectura, pero Fernando Franco tiene un modo de hacer que me intriga cuando con sutileza aparece una sonrisa corrosiva en la oscuridad que te encandila para sobrevenir nuevas lecturas o desagravios socioculturales. Los tarados —como seres sociales imperfectos, no como insulto— dominarán el mundo.
Ayuda a esta lectura esa colección de personajes que terminan por definir al personaje principal en la intimidad y en su labor pastoral —¿se puede diferenciar?—, contrastando poco a poco la figura que fue en el pasado, la que ha servido de fachada durante años a modo de espera y aquella en la que se ha convertido en la actualidad. Esas interacciones insuflan vida al relato y, de paso, se comprometen a torcerlo todo un poco más.
Manuel fluctúa en todas direcciones, lo que nos permite contemplar algo más que la culpa y la autoflagelación: desde un inicio donde vemos su insistencia en salir de ahí donde, ante esa deferencia con la que se insinúa el pasado solo podemos imaginar las atrocidades más grandes jamás cometidas por el hombre (aquí nos acompaña el silencio incómodo), hasta el momento en que se enfrenta a los hechos queriendo ampliar su miras más allá de la contención y el rezo (el pensar que ya ha obrado su propia penitencia es un punto oscuro y necesario), dando forma a las sombras que le persiguen, pasando por momentos inanes y significativos como los trámites meramente administrativos o la posibilidad de montar un circo mediático como única salida posible. En todos estos casos, la luz (la que ilumina el camino para avanzar) se vuelve poliédrica, multitonal, inabarcable y nos seduce al mismo tiempo que nos genera repulsión. En el guion se esconden muchas frases lapidarias, insinuaciones y promesas de gestos que nos despiertan, que nos sugieren un inframundo que compartimos a diario con el resto de mortales sin apenas ser conscientes.
Y es que el lenguaje está lleno de dobleces. Las citas de la Biblia pueden arrastrar muchos significados, del mismo modo que el reflejo de Manuel a lo largo de la película en distintas superficies va variando, desde algo difuso hasta lo excesivamente definido. También hay una intención a la hora de plasmar la imagen pública, cuando el entorno eclesiástico se esmera en crear una imagen concreta de la Iglesia, ya sea con una banda de rock cristiano llena de luces de neón para atraer a nuevas generaciones a un sistema marchito; o con Manuel decorando su expiación cambiando objetos aleatorios para que todo parezca más austero y por ello, esta expiación de culpa sea más contundente, más significativa. La pulcritud también puede ser la fachada que esconde la verdad. Fernando Franco no ha creado un personaje que debamos perdonar personalmente, ni siquiera comprender, ha fotografiado —a su manera— la forma en que el delito es maquillado hasta tratarlo como un pecado que se puede arreglar bajo las propias normas de la Iglesia con el fin de no agitar la opinión pública, y luego le ha dado la vuelta para confrontar los hechos. Esa olla explotó hace mucho tiempo, y aquí solo vemos una forma, como otra cualquiera, de matar moscas a cañonazos —por eso de ir de negro y ser molestos—.
Aunque hay muchas películas que tratan temas similares desde una visión más dispuesta a ser acusatoria, ya sean las víctimas o los investigadores los protagonistas —ahí están Ozon y su Gracias a Dios (2018), Almodóvar con La mala educación (2004) o Tom McCarthy con Spotlight (2015)— y aunque Pablo Larraín ya fue en su momento azote directo en El club (2015) —y este hombre siempre golpea con fuerza—, encuentro en Cónclave (Edward Berger, 2024) una cierta hermandad por ese momento en que, por muy serio que pueda parecer el conjunto, todo se convierte en una fiesta que lleva el punto álgido a lo anecdótico, volándote la cabeza con las resoluciones. Sin quitar mérito a lo de ser respetuoso con una religión de seguimiento masivo en estos dos casos, pero teniendo en cuenta que los creadores se expresan desde la libertad de quien se acerca por curiosidad a los entresijos que la mantienen viva en la actualidad y no por creencia ciega en sus estatutos, hay cierta profanación en la justicia divina y también en la humana respaldada por la fe, que se acaba celebrando por muy sutil que parezca.
Manuel en La luz es solo la punta del iceberg, un hombre enfrentándose a sí mismo y a todo lo que representa su vida, en este caso un trabajo que se convierte en obligación y obediencia, con el que no es posible romper sin más. Un hombre que se descubre como monstruo y pelele, y que evoca un símbolo fugaz, de esos que consumimos en la actualidad constantemente, que arrastran el desprecio anónimo de la sociedad y la aceptación subjetiva de los más cercanos. Fernando Franco ha mirado de frente a todos y ha arrojado este jarro de agua fría, en una historia que se envuelve de finas capas de crudeza, de reflexión, de denuncia, de injusticia, de sorna, de humanidad y de luz (divina y artificial) sin importar el orden para dar forma y fondo a otro tipo de infierno.










