Tres mujeres (Leyla Bouzid)

Regresar a un matriarcado no implica encontrarse con el entorno seguro deseado en el que poder expresarse con libertad. Puede ser que implique chocar con ese lugar empapado de tradición que se mantiene firme gracias a los secretos. Está claro nada más comenzar Tres mujeres que Lilia va a encontrar esa contradicción justo antes de traspasar la puerta del hogar de su infancia. Allí transitan sus recuerdos felices y añoranzas, pero también un respetuoso silencio que si se atreviese a romper se convertiría en un campo de batalla.

Leyla Bouzid apela a los lazos familiares y la curiosidad infantil mezclada con el presente para expresar un anhelo y una realidad. Lilia ha viajado desde su nuevo hogar, París, donde vive una vida sin complejos ni juicios de valor, hasta la casa donde viven su madre y su abuela (de ahí el triángulo femenino) por el funeral de su tío. Encontramos así tres generaciones enfrentando un mismo duelo por el que transitan de una forma muy diferente. Los años no solo pasan, también pesan. Lilia tiene su propio secreto, uno que mantener alejado de esas mujeres y que la conecta directamente con su tío, o al menos así lo decide Bouzid para desentramar el drama y el suspense al mismo tiempo que nos acurrucamos en la calidez familiar de quien se quiere frente a los prejuicios de una sociedad anclada en sus propias normas.

Tres mujeres quiere revolucionar con una historia de amor prohibida territorialmente en Túnez, la homosexualidad sigue siendo un tabú con pena de cárcel que choca con la idea de ser libre viajando unos kilómetros más allá. El personaje de Lilia se mueve entre el silencio autoimpuesto y su necesidad de ser ella misma en una película capitulada por los días en los que se completan los ritos de un entierro tradicional. Aquí luchan descaradamente los pasos a seguir de un modo respetuoso con lo estipulado por la comunidad y la necesidad de conseguir una imagen real de lo que sucedió con su tío, un reflejo de lo que podría sufrir Lilia si viviera su amor en las mismas condiciones que lo hace en París. Quizá se confunde en cierto modo el miedo y el respeto, creando claros límites intransigentes en cuestiones de libertad de expresión, pero al hacerlo a partir del comportamiento de una familia, transmite desde un lenguaje universal la necesidad, en contadas ocasiones, de mantener ocultos secretos por todos conocidos para que ese respeto funcione a medias —aunque el resultado sea la infelicidad común—. Es curioso que la actitud de Lilia se va volviendo más combativa contra aquellos que no guardan una relación directa con ella, afrontando su intimidad de otro modo en el hogar, teniendo en cuenta que se está viviendo un duelo diario.

Las tres mujeres no tienen el mismo peso en esta historia, pues es Lilia quien se ocupa de narrar desde su perspectiva visual todo lo que sucede, pero es importante tener en cuenta esas diferencias tan marcadas entre generaciones. Existe ese traspaso de conciencias hacia el futuro pero la incapacidad de abrazar la actualidad cuanto más mayor es la persona, algo extrapolable a cualquier sociedad salvando los límites de intransigencia que se destilan en diferentes culturas, en esta marcada por unos tabús entendidos como ley gubernamental y religiosa.

La directora se mueve constantemente entre el retrato intimista y la denuncia social, ganando siempre la visión de familia, una que carga con lo establecido pero respeta las diferencias entre las mujeres que representa. Y aunque es importante dejar claros esos límites imposibles de quebrar en la sociedad tunecina para que queden expuestos, Tres mujeres gana en los momentos en que interactúan en familia, en las palabras que no se consiguen decir y en los abrazos en los que lloran una misma pérdida, por muy mínima que sea la liberación que se consigue, un reto que siempre se traduce en lo mismo: el diálogo lleva a la solución, el silencio al terror. Todo se traduce en sencillez y armonía, con un lenguaje que sí son capaces de entender todos los personajes de esta película, que no es otro que el amor hacia los demás por encima del propio, un lenguaje no del todo justo pero necesario para encontrar el equilibrio que busca Bouzid entre el pasado y el futuro.

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