La Gradiva (Marine Atlan)

En Gradiva, novela del escritor alemán Wilhelm Jensen publicada el 1903, un arqueólogo alemán, durante su visita a los museos del Vaticano, adquiere un bajorrelieve en yeso que escenifica a una mujer andando. Proveniente del latín ‹gradivus›, «la que camina hacia adelante», esta representación fascina al arqueólogo, cuya incapacidad para descifrar el misterio de su movimiento lo condena a una angustia interior febril. Una noche viaja en sueños a la Pompeya del año 79, aquella a punto de ser devorada por el Vesubio, y descubre a Gradiva entre la gente, sin conseguir prevenirla del peligro que se cierne sobre ella: su destino ya está escrito. Este velo que cubre de misterio y fatalidad la figura de Gradiva ha sido explorado anteriormente por otros cineastas franceses, como la micropelícula de Leos Carax que estudiaba el enigmático paso de la actriz Sarah Forveille o la muy erótica y onírica aproximación al personaje de Alain Robbe-Grillet. Incluso Roland Barthes le dedica un episodio en su ya célebre ensayo Fragments d’un discours amoureux (1977).

El debut como cineasta de la directora de fotografía Marine Atlan arranca con un conjunto de fotografías y con el avance de unas vías de tren: anticipa, pues, un viaje que funcionará en el plano terrenal —el viaje de estudios de un grupo de adolescentes franceses a Nápoles—, pero también en uno más abstracto, que pone en juego los seísmos afectivos típicos de la adolescencia con cuestiones como la identidad, la memoria o la misma existencia. Cuando aparece el título de la película junto a la última de las imágenes estáticas iniciales, la fotografía se nos aparece borrosa, velada por la luz, revelando un gran espacio en blanco, un lienzo vital que los personajes de la película deberán ilustrar con sus resoluciones. Sorprende en una primera película que Atlan sea capaz de capturar con tanta precisión y aparente ligereza las contradicciones con las que bregamos a nuestro tránsito hacia la edad adulta.

Presentada en la Semana de la Crítica de Cannes (cuando su nivel, a tenor de quien escribe esto, es muy superior al visto en la competición oficial), La Gradiva se inscribe en una tradición cinematográfica que emplea el paisaje, aquí filmado entre la levedad epidérmica de las interacciones juveniles y la aspereza de sus demonios internos, como modulador de los deseos y temores de sus personajes. El relato coral de Atlan (qué bien dibuja los matices de no pocos personajes para que los sintamos cercanos, humanos) avanza por medio de la dispersión de personajes, espacios y situaciones que gravitan alrededor de la noción del deseo (para James, el puro deseo físico, pero también afectivo; para Toni, el deseo de conocerse y comprenderse a través de la historia familiar; para Suzanne, el deseo de ser vista y de ser agente activo de su ventura). Quizás el mayor logro de la película sea este: que en el deambular de los adolescentes por Nápoles (actual, pero también mítica) la cineasta consiga capturar, de forma simultánea, un tiempo muerto y liminal que, sin embargo, canaliza corrientes de tensión y turbulencias subterráneas.

El abordaje formal de la debutante está plagado de texturas, encuadres y decisiones lumínicas que acentúan la creciente incomodidad de sus personajes (es casi penoso ver los esfuerzos de la profesora para evitar la distancia insalvable que la separa de sus alumnos) y que hermanan las ruinas y vestigios de Pompeya con las brechas y heridas de los adolescentes, en una suerte de construcción geográfica de sus afectos. No podemos detener el tiempo ni esquivar fácilmente nuestros anhelos más profundos, parece decirnos Atlan, mientras recuerda que las heridas sufridas por un deseo no satisfecho no siempre se curan. Como Gradiva, parece que el destino de algunos ya está escrito.

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