De entre los distintos rasgos que confluyen en el cine de Fatih Akin, cabría destacar sin lugar a dudas esa forma en que el bávaro es capaz de cincelar retratos psicológicos aludiendo a lo social como espejo deformante del carácter y personalidad de sus personajes. Se vislumbra así, y en no pocas ocasiones, el desequilibrio de individuos que, por un motivo u otro (ya sea vinculado a lo social o a las cicatrices que genera propia experiencia vital) huyen de un orden preestablecido para situarse en los confines de una sociedad que parece estar lejos de sus preceptos.

Si en Corto y con filo, su debut, Akin nos ponía tras los pasos de Gabriel, recién salido de la cárcel y con perenne voluntad de encontrar un nuevo horizonte, en Contra la pared, uno de sus films más laureados, presentaba a un personaje visiblemente fuera de sí (en este caso, por las circunstancias de la vida) que trazaba un insólito vínculo con una joven con afán por huir del yugo familiar y encontrar de ese modo una ansiada independencia. Seres en los márgenes, marcados por aspectos dispares e incluso con un particular componente sociopático que desafiaban la corriente buscando un lugar lejos de cualquier norma o sistema.
Es por ello que, aunque singular, no resulta para nada extraño que el cineasta decidiera en El monstruo de St. Pauli —otra de aquellas pobres traslaciones de un original, Der goldene handschuh (traducido, El guante de oro), mucho más certero, siendo uno de los lugares donde se desarrolla la acción (y, por ende, aflicción del personaje central)— dar vida a Fritz Honka, asesino en serie que en Hamburgo, allá por los años 70, mató y descuartizó a cuatro mujeres, escondiendo distintas partes de sus cuerpos en su propio apartamento.
Si suena sórdido es porque lo es, y Fatih Akin, como no podría ser de otro modo, rehúye atenuar esa sordidez. El dispositivo del cineasta toma de hecho una bocanada de pura suciedad reproducida a través de una puesta en escena que se zambulle en cada rincón de esa Hamburgo captando su amoralidad sin renunciar a un atisbo de detalle. Puede que el protagonista sea Honka, sí, pero en ocasiones Akin se permite desplazar el foco y protagonismo en busca de diálogos y situaciones que doten de una magnitud mayor al universo retratado.

La cámara, cuando nos encontramos en la vivienda en la que parece subsistir el protagonista, se posa en un contrapicado que agranda la encorvada y grotesca figura de Honka. Como si nos encontráramos en una cueva observando a un monstruo en su hábitat natural, la decadencia asoma en cada esquina. La gestualidad de un Jonas Dassler que se mimetiza a la perfección en el tristemente célebre asesino, contribuye a propagar esa sensación de estar ante la deforme y vacilante mirada de un individuo que no sabes en qué momento puede arremeter a golpes contra quien le rodee sin ningún tipo de remordimiento. Fuera de esa suerte de gruta con paredes plagadas de fotos de sinuosas siluetas de mujer, rincones viciados por la mugre y mesas repletas de botellas de alcohol, la cámara indaga en los rostros de sus compañeros de fatigas en ese degenerado espacio en forma de bar donde beben sin parar y comparten espacio y una suerte de ponzoñosa fraternidad que no produce sino repulsión.
Con ello, podríamos pensar que estamos ante un film que se regodea en una suerte de miseria buscada y aceptada por sus personajes, y en realidad el relato perpetrado por su autor no se aleja de ello. El horror, tangencial pero siempre presente, da paso a una radiografía que se eleva gracias a sus virtudes formales y que nos pone al borde del abismo en un viaje visceral e incómodo. Pero tras ello subyacen temas muy del gusto del bávaro que sin duda dotan de un extraño magnetismo a El monstruo de St. Pauli, haciendo de la experiencia algo muy parecido a asomarse a un agujero sin ser capaz de apartar la mirada, no tanto por el morbo en cuestión, sino por la fascinación con que Akin acomete una pieza que nace en la miseria del individuo pero se acrecienta en torno a una sociedad tan beligerante como inconsciente en sus conductas.


Larga vida a la nueva carne.





