Sátira y burocracia en nuestra sesión doble con dos figuras a reivindicar: por un lado, la del también actor Kote Miqaberidze, que a finales de los años 20 realizaba su debut en la dirección con Mi abuela; y por otro el de uno de esos nombres indispensables para el cine africano, el del senegalés Ousmane Sembène, que con su segundo largometraje hacía su incursión en el género con El giro (Mandabi).
Mi abuela (Kote Mikaberidze)

La primera película como director del soviético de origen georgiano Kote Mikaberidze arranca con la presentación de una mesa circular, en la que cada silla está ocupada por un cargo administrativo, encontrándose todos ellos detrás de puertas individuales que indican su cargo y su lema de trabajo. Con esta nada sutil metáfora de la redundancia y la inutilidad —y la hipocresía— de las figuras burocráticas arranca una sátira, temprana pero irredenta, de la burocracia en las administraciones soviéticas, para terminar centrándose en el personaje de un oficinista demasiado inútil e ineficiente incluso para este trabajo, y que se ve obligado a buscarlo de nuevo, pero siguiendo los pasos correctos. En primer lugar, debe encontrar una “abuela” que le proporcione una carta de recomendación.
Pese a que la figura de la burocracia como ente esencialmente ineficaz y aparatoso, y una metáfora de la distancia real entre el pueblo y las figuras de gobierno, fue un tema de crítica interna recurrente y con frecuencia reprimida en el cine de la esfera soviética a lo largo de las décadas, Mi abuela es un caso particularmente fascinante por lo precoz: esta película, contemporánea del cine-ojo de Vertov y del montaje exaltado y propagandístico de Eisenstein, emplea, como en estas obras más conocidas, elementos de vanguardia y una identidad visual muy atrevida, no al servicio de la celebración de la identidad revolucionaria, sino como una burla a las contradicciones inmediatas surgidas del aterrizaje de esta revolución en un sistema de gobierno.
La obra de Mikaberidze no deja de sorprender a lo largo de su metraje, empleando todo tipo de trucos y mezclas a nivel visual, permitiendo que los personajes se desdoblen en versiones animadas de sí mismos o en muñecos, ofreciendo un lenguaje de planos rico y caótico con perspectivas radicales, haciendo aparecer y desaparecer personajes del encuadre por arte de magia o empleando montajes agresivos de primeros planos. Todo ello, en un estilo fundamentalmente cómico, con el que la película se ríe abiertamente del sistema al que retrata. Si el hecho de realizar un montaje tan elaborado en un tono principalmente desenfadado y satírico ya resulta bastante impactante, lo es más que, en un contexto en el que las vanguardias visuales eran exploradas con un fin abiertamente propagandístico, Mi abuela opte, por otro lado, por expandir su lenguaje visual en un sentido crítico y burlón.
Por ello, esta cinta constituye toda una rareza, y una que funciona sorprendentemente bien en su caos absoluto, conformando ya apenas terminando los años veinte una de las sátiras definitivas sobre la burocracia soviética. Y, también por este motivo, la película fue prohibida durante cincuenta años, demostrando con ello su propia tesis sobre el alejamiento entre las clases dirigentes y el pueblo que guía la revolución comunista. Uno de sus elementos más subversivos es la presencia de un representante del pueblo, que Mikaberidze glorifica, con un poderoso contrapicado, con la misma devoción sincera con la que Eisenstein glorificaba a sus héroes colectivos, enfrentando la iconografía de la propaganda al propio sistema.
El atrevimiento formal y discursivo de Mikaberidze es enorme, y solo por ello el visionado resulta muy enriquecedor y estimulante. Pero Mi abuela es, además, una película muy divertida, que entretiene constantemente con su imaginación visual y que, además, construye dentro de su caos aparente una comedia muy elaborada e incisiva. Tiene algunos puntos más flojos, resultado de la complicación de conciliar las dos partes diferenciadas en las que se estructura la cinta, una centrada en el funcionamiento del engranaje burocrático, otra más personalizada en la figura del oficinista inútil en busca de trabajo; pero en ambas partes encuentra su vía para sorprender y gozar de una atemporalidad fuera de toda duda, por su crítica y su audacia y por su enorme amplitud de recursos, pero también por ser una película sumamente disfrutable como muestra del rango expresivo que alcanzó el cine mudo tardío y, en especial, la vanguardia soviética.
Escrito por Javier Abarca
El giro — Mandabi (Ousmane Sembène)

La sátira, a veces, no necesita exagerar la realidad para funcionar como tal. Señalar sus mecanismos, repetirlos lo suficiente, dejar que se desplieguen hasta que lo cotidiano empiece a resultar absurdo, a veces sale solo, natural. Como asistir a un juicio donde la jueza hace de abogada de un testigo que huele a imputado. No es tanto una cuestión de ironía como de insistencia, del peso del entorno. De observar cómo ciertas lógicas —sociales, legales, económicas o morales— se sostienen por pura inercia.
El giro (Mandabi) arranca desde lo mínimo —un giro postal que promete ser un alivio económico para quien lo recibe— para mostrar, desde el humor, la fragilidad de una identidad que depende de papeles, sellos y sistemas que nunca han estado pensados para quien normalmente los necesita, y sí como una imposición cultural más. El director senegalés Ousmane Sembène, al menos, así lo muestra, sin rodeos, directo a una raíz que la burocracia evita. Una prueba que ni Astérix sería capaz de superar, expuesta aquí con sequedad y en cierto modo agotamiento hasta sacarle a uno los incisivos de tanta agudeza en el —aparentemente ausente— discurso.
De hecho, durante su primer tramo, la película parece moverse en un terreno casi anecdótico. Un problema sencillo —cobrar un dinero— que se enreda por detalles administrativos. Nada especialmente extraordinario. Sin embargo, en ese bucle, en esa repetición de obstáculos que se acumulan con una lógica tan absurda como reconocible, empieza a surgir algo más turbio. No es solo la burocracia, es una estructura que nos exige una forma concreta de existir. Y quien no encaja, queda fuera. O peor, sin poder salir.
Sembène muestra ese proceso con una paciencia que puede desconcertar en tiempos de inmediatez, pero que resulta casi lo más importante del relato. La falta de prisa en las escenas y la recepción de los obstáculos como si no fueran algo excesivamente grave, nos acerca a la realidad trivial a la que Ibrahima, el protagonista, se enfrenta, al tiempo que va sedimentando una sensación de desgaste con la que empatizamos porque a casi todos nos aplasta.
Aunque algo ridículo y hasta trágico en el fondo, y pese a que el orgullo y la ingenuidad de nuestro protagonista puedan resultar casi irritantes, en su forma de aferrarse a una autoridad que en realidad no tiene también hay algo de nosotros mismos. Por eso, en parte, es tan sencillo acompañarlo en su caída. Porque lo que la película pone sobre la mesa no es tanto su carácter como el entorno que lo va quebrando. El dinero, que en un principio aparece como una solución a los problemas, termina activando una cadena de situaciones que no dejan en un buen lugar a casi nadie.
El giro (Mandabi) es incómoda porque en su humor se esconde el drama. Porque la crítica no se limita a las instituciones heredadas del colonialismo, sino que se extiende hacia la propia comunidad. No habla solo de la importancia que tiene el dinero en la sociedad, sino de cómo este afecta a la mentalidad de casi todos. De cómo ciertas lógicas han terminado infiltrándose en lo cotidiano hasta convertirse en norma (y eso lo cuenta una película en 1968, si le diera por contarlo ahora…). Y va más allá, porque la independencia política no implica necesariamente una independencia real, y menos cuando se mantienen las mismas formas de entender el mundo que trajeron los explotadores.
Para cuando la película llega ahí —como nosotros hemos llegado—, el espectador se queda sin recursos, sin respuestas, sin capacidad de imaginar alguna posibilidad real de conseguir una salida de la rueda, que ya estructural y no coyuntural, se ha convertido en un muro más entre el paisaje.
Escrito por Alberto Mulas





