
Basada en un manga de Gin Miyoshi, la nueva película de la directora japonesa Satoko Yokohama se ubica en un colorido pueblo costero que tiene la cualidad de atraer e inspirar a muchos artistas. Sin plantear una sola trama lineal, la cinta más bien se dedica a explorar diferentes historias y perspectivas individuales que se interconectan en una suerte de mirada colectiva sobre el pueblo y su idiosincrasia. A nivel narrativo resulta difícil de concretar porque todos sus personajes, y todos los puntos de vista expuestos, son a su modo importantes, sin que destaque nadie en particular. Probablemente, lo más cercano a un personaje principal, en el sentido de generar una trama consistente que abarca el conjunto de la cinta desde el inicio hasta el fin, sea Sosuke, un niño de catorce años con un gran talento artístico que acepta el encargo de elaborar una estatuilla de una sirena, basada en el dibujo de un pergamino al estilo ‹ukiyo-e›. Sin embargo, ni él ni sus amigos, ni tampoco los personajes adultos, son los protagonistas claros de una narrativa más centrada en explorar el lugar en su pluralidad.
En ese sentido, Seaside Serendipity funciona más bien como un recuento de fragmentos de vidas en el que, si acaso, puede establecerse una diferencia fundamental entre el mundo de los niños y adolescentes y el de los adultos. En el primero, los personajes tienen aventuras cotidianas en un tono más sencillo, libre y despreocupado, interactuando entre ellos y con los adultos, quienes, por otro lado, expresan realidades y emociones más complicadas, en ocasiones mezquinas, y llenas de secretos. El resultado de esta mezcla heterogénea es, sin embargo, el de un retrato colectivo que, sin ser ajeno a los aspectos negativos y a una cierta ironía maliciosa, enmarca el conjunto en una energía positiva y amable que se mantiene durante toda la cinta. Asimismo, los toques de realismo mágico de la historia, la temática artística y creativa, recurrente en varios personajes, y la paleta de colores vibrante y saturada construyen un imaginario visual y narrativo alrededor del pueblo que recuerda al de un cuento, contribuyendo a llevar el lugar y las relaciones que se dan en este a una suerte de idealización que resulta muy agradable a los sentidos.

Con ello se conforma una experiencia destinada a reconfortar al espectador, a llevarle de la mano durante un metraje considerablemente largo —casi dos horas y media— por una gran cantidad de perspectivas individuales e historias llamativas que, al final, generan una sensación de conjunto, en el que es el propio pueblo el elemento protagonista del relato, como un lugar curioso y acogedor entre todas las experiencias personales que lo conforman. Lo que podría haber resultado en exceso saturado o forzado en otras manos, es dirigido por Yokohama con una precisión tonal fascinante, empleando muy bien cada recurso y logrando con creces este objetivo. Es de destacar, además del uso del color ya mencionado, muy contrastado y que llama la atención de manera agresiva y eficaz sobre el escenario, el nivel interpretativo general, capaz no solo de añadir sutilezas y complejidades a los personajes cuando es necesario sino, sobre todo, de ejecutar de manera impecable y sin parecer en ningún momento artificioso los elementos más claramente idealizados de la trama.
La sensación es que Seaside Serendipity no debería funcionar tan bien, porque hay un riesgo constante de que se le vaya la mano, que la disyuntiva entre el pueblo como un entorno ideal y eternamente amable y como una realidad cercana, más compleja y mundana, termine rompiendo la película; que las interpretaciones se tornen caricaturescas frente a los elementos casi mágicos; o que el coloreado se vuelva chillón y un exceso desagradable a la vista. Uno casi espera que suceda esto, viendo la cantidad y variedad de personajes que desfilan a lo largo de ese metraje tan dilatado, pero la película se mantiene, conserva el tono y maneja todos sus elementos con precisión, para al final dejar con la sensación de haber conocido y conectado muy bien con el pueblo y sus habitantes, y, como la pareja de estafadores ambulantes que protagoniza una de las historias, con un cierto apego remanente por el lugar y con ganas de pasar un tiempo más allí.







