Anoche conquisté Tebas (Gabriel Azorín)

Anoche conquisté Tebas lleva rebotando por los festivales de cine cerca de un año. Venecia, Toronto, Nueva York, Valladolid, y ahora el D’A. Tal vez por su ecléctico título, o por su primera imagen promocional, desde que me encontré con ella no salió de mi cabeza. Y ahora, después de haberla visto, la sensación sigue siendo parecida.

La historia se centra en un grupo de amigos, de guerreros que, tras una batalla, se dirigen a unas termas a donde iban los soldados a descansar. Durante la batalla del día anterior salieron victoriosos, aunque uno de ellos murió. Bueno, en realidad no, está aquí… ya que la batalla era virtual; es decir, son chicos normales del siglo XXI que juegan a un videojuego de rol de batallas y que hoy han decidido ir a unas termas, no en el videojuego, sino en la realidad.

Cruzan un pantano, juegan en unas antiguas ruinas y descansan, fuman y hablan. Su ritmo, su forma de hablar y sus movimientos se van ralentizando. Y cada vez, con mayor intensidad, cuando llega la noche algo mágico empieza a ocurrir. Van desapareciendo todos los elementos artificiales, desde sus móviles hasta la luz que usan para iluminarse, hasta que acaban estando como debían estar los romanos siglos atrás; el hechizo es tal, que acaban apareciendo romanos en las termas.

Pero la película no trata sobre romanos ni sobre batallas ni sobre termas, aunque de esto último quizá sí haya algo. La película va sobre la amistad masculina, sobre hablar de sentimientos; hablar de sentimientos al ritmo de las termas, es decir, de forma muy, muy pausada.

Todo ello se articula a través de una fotografía y un tratamiento de la imagen que se acerca a las texturas magnéticas de Pacifiction de Albert Serra, con un ritmo distendido y unos diálogos naturalistas, medidos y sensibles que se dan la mano con los de Kelly Reichardt. Además, encontramos algunos momentos en forma de ensoñación alquímica que rememoran el Eureka de Lisandro Alonso. Sin embargo, a pesar de las posibles semejanzas, la película está dotada de una autoría única que no pertenece a ninguno de los anteriores, pertenece a su autor, Gabriel Azorín.

Por otro lado, tengo que confesar que al inicio de la película me mostré un poco reacio a su formato. Planos estáticos, largos y, si no recuerdo mal, solo un ‹zoom out› y un paneo al inicio y al final, respectivamente. Pero hay un momento donde la película te pone a prueba: un único plano, ya adentrados en la noche, que debe rondar los quince minutos y en el que podríamos pensar que no ocurre nada, pero justamente acaba por contener la película entera. Este fue el momento donde caí rendido ante ella.

En este plano o secuencia, aquí ambas valen, vemos a los dos amigos, cada uno en unas termas individuales, para que nos entendamos, unas protobañeras. Se conocen desde la infancia, han estado siempre juntos en el pueblo; soñaron con escapar de allí y con vivir una vida conjunta. En cambio, uno se ha ido a estudiar fuera y el otro se ha quedado. Se han separado y su relación empieza a disiparse. Entonces, con más valentía que en la batalla de ayer, uno le expresa su decepción al otro, ya que esta no era la vida que acordaron vivir. Este es el instante donde la película se destapa y nos plantea su pregunta: ¿cómo afrontamos el duelo de una amistad que se está disipando?

Azorín reflexionó sobre esta pregunta en el coloquio posterior a la película. Habló de que las amistades no están unidas por contratos sociales como las parejas. Nada parece unirlas. De hecho, en el momento de la búsqueda de rentabilidad llevada a nuestra vida privada, donde intentamos exprimir el tiempo al máximo, estar hablando tranquilamente con un amigo parece absurdo. Pero, como la película muestra, llevamos siglos haciéndolo y lo seguiremos haciendo. Entonces, el film acaba por ser una oda a la amistad, unida por el agua y extendida en el tiempo, tanto en lo histórico como en lo fílmico. Al inicio pensé que Anoche conquisté Tebas desperdiciaba tiempo en sus planos, hasta darme cuenta de que ese era precisamente el tiempo que habita en las termas y, si mantener nuestras amistades significa desperdiciar el tiempo, esta película nos invita a hacerlo.

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