Sunshine Express (Amirali Navaee)

A nadie se le escapa que cualquier producción seleccionada para competir en el siempre retador e iconoclasta Festival Internacional de Cine de Rotterdam (IFFR) no va a ser una película al uso, ni tan siquiera una participante más o menos convincente de esa etiqueta a estas alturas tan manida e indefinida del cine de autor independiente. En Rotterdam siempre se deslizan un poco más allá, hacia cinematografías y creaciones que enaltecen la calificación de cine contemporáneo genuinamente creativo e innovador. En este espacio de análisis cinéfilo maldito hay una querencia definida a tratar de dar visibilidad a estas propuestas, y además yo ya he traído a colación unas cuantas desde que pude asistir a alguna sesión del festival el año pasado.

Así que solo puedo decir que es un placer contaros en esta ocasión de una película de debut en el largometraje de un joven creador iraní, Amirali Navaee, que además de cineasta, es coreógrafo y videoartista, y que después de una carrera en el corto —de la que hay que destacar Silence (2020)—, presenta ahora una suerte de thriller ‹sui generis› de tono distópico y esencia de ensayo socio-político, del que también es autor del exhaustivo guion. Como premisa de partida, diremos que los participantes en un juego de rol, a quienes se les ha asignado un personaje concreto, van a emprender un viaje ficticio en tren hacia una isla con el fin de ganar un cuantioso premio en metálico. Para ganar, deben mantenerse en su personaje y cumplir todas las tareas que se les han encomendado.

En el prólogo comienza el film con la introducción de un narrador en ‹off› que, primero sobre la pantalla negra y después acompañando el recorrido de la cámara en movimiento por un escenario natural arenoso y bañado por un mar esperanzador, nos cuenta sobre la precariedad de los habitantes de una zona desértica y empobrecida —¿como Irán?— que, afirma, harían cualquier cosa para sobrevivir. «Por esta razón ha habido muchos voluntarios». Y mientras suena esa canción popular europea, Edelweis, sobre las flores que crecen en la nieve de las montañas. A continuación, la pantalla de Navaee se repliega sobre una suerte de subplano cuadrado, enmarcado en tonalidades muy claras, de un blanco aséptico, al que se asoma el primero de los participantes —aquel que asiste al entierro de su padre— como a la ventanilla de un dispensario. Así consigue el cineasta una concentración total de la audiencia en la explicación de los papales de cada cual, así como en sus valoraciones al respecto e incertidumbres personales, generando ya desde el mismo inicio esa sensación de extrañamiento tan característica del film y de su propuesta, que nos acompañará hasta el mismo final.

Hay que destacar después una transición formal en la que el cineasta se vuelca en la filmación detallada y el montaje descompuesto en pequeños destellos de imagen y significado que acrecientan la percepción de misterio, justo antes de emprender el viaje. Una travesía, que es casi una peregrinación, hacia una Meca llamada Hermia, la tierra donde todo el mundo consigue sus sueños, la “eterna”, como dice la canción himno compuesta por la concursante que se va a convertir en una gran cantante allí —cuando la entone por primera vez ante sus compañeros en un trance concreto de la acción, esa irrealidad extraña se apoderará de la escena y nos hará pensar en falsas promesas de prosperidad muchas veces antes escuchadas—. Y conforme avance el ferrocarril hacia su objetivo, asistiremos a las situaciones más tensas, ridículas o enrarecidas. Desde la secuencia en la que la cantante y el juez, que es su padre y debe salvaguardar su virtud, gesticulan como marionetas, contagiando a otro colega que tienen asignado el rol de revisor, hasta que el oculto pero omnipresente director del juego los interpele con desaprobación. O los dramáticos pasajes de expulsión de la chica que no consiente determinadas normas decididamente enfrentadas a los valores socio-políticos de respeto e igualdad, el escape del prisionero, así como la trágica muerte de la anciana enferma, que no había sido capaz de toser con la suficiente verosimilitud. La competición acabará convirtiéndose de esta manera en un microcosmos de las limitaciones que experimentan estas personas en sus vidas reales. A medida que el tren avanza, algunos concursantes comienzan a sospechar que el juego es mucho más de lo que parece, y que lo que parecía un decorado de plató —recordemos que el huérfano y la cantante llegan a visitar un hangar semi-ruinoso al principio— se transforma en algo inquietantemente real, con un destino desconocido y posiblemente peligroso.

Amirali Navaee compone así una suntuosa alegoría que examina los mecanismos por medio de lo que los sistemas totalitarios se sostienen a través de la complicidad colectiva —muy en la línea de “la banalidad del mal” de Hannah Arendt—, en delirante —y tan actual— combinación con las lógicas competitivas de un ‹reality show› y de un cierto existencialismo kafkiano, como también con la manipulación psicológica y emocional sistematizada que neutraliza la capacidad de elección, para crear un artefacto cultural subversivo que reflexiona sobre las vidas de las personas que interpretan a los personajes. Porque al final, los dos que comenzaron —ya veréis quiénes son— parece que terminan exactamente en el mismo lugar del que partieron, pero profundamente transformados por este simulacro psico-social aterrador.

En realidad, mucho peor.

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