Quentin Dupieux sigue avanzando en su hazaña del “solo contra todos”, y es que el director galo sabe arremeter como nadie en todas direcciones sin perder su capacidad de adaptar el humor absurdo a cualquier escenario. Es cierto que con los años sus risas parecen tener objetivos claros y mucho más punzantes a la hora de radiografiar a la sociedad actual, pero seguimos siendo capaces de reconocer al tipo que montó todo un thriller a partir de una rueda de goma como el autor de todas y cada una de sus películas.
Dupieux ha apostado por la minimización de recursos. Ahora tiene una buena agenda de amigos a los que llamar que siempre se adaptan a la complejidad (nada aparente) de sus personajes, todos ellos de renombre, mientras los escenarios se vuelven más escasos y el guion, uno siempre verborreico, se transforma en una especie de santo al que rezar para que desaparezcan todos nuestros males. ¿O quizá es el santo el que nos recuerda todos los males por los que deberíamos extinguirnos?
Extinguirnos, sí, pero como colectivo social, porque nuestra absoluta idiotización es buen material para alimentar el imaginario del realizador. En esta ocasión le ha tocado recibir una píldora de realidad absurda a los ‹influencers›, al contenido efímero y a sus seguidores. Para ello, la siempre maravillosa Adèle Exarchopoulos se disfraza de adolescente tardía con unos ‹brackets› brillantes y un corte de pelo a lo Justin Biever en horas bajas para hacer un poco más compleja la capacidad humana de adorar a falsos ídolos. En unas pocas pinceladas, Magalie —conocida como ‘Magaloche’ por sus tetas grandes— se convierte en todo lo que deberíamos aborrecer en un personaje famoso de las redes sociales y a la vez en todo aquello que nos hace mirar desesperadamente a la pantalla para comprobar si realmente es posible que algo así exista. La clave del éxito. Pocos personajes más necesita para que esta El accidente de piano contada en tres actos se convierta en otro aguijón directo a la yugular con el que reírte de tonterías y por cosas demasiado importantes como para hacer chistes. Entre esos pocos personajes, la idea de meter a Karim Leklou en versión guarra representando a aquellos que se creen dueños del famoso de turno por haberlo visto demasiadas veces en su móvil es sublime.
La historia fluye con la inmediatez de la propuesta, una estrella de internet caprichosa y rarita con algo que esconder lo suficientemente grande como para aceptar un chantaje. Esta pequeña trama interna solo admite una escalada de sinrazón que, con el saber hacer de Dupieux, da espacio para afrontar preguntas de gran calado que surgen por los métodos más rastreros que podamos imaginar. El director —y guionista, encargado también de la fotografía, montaje y música— se permite en cada encuentro con el celuloide abrazar su propia libertad dialéctica para confirmar lo tontos que somos y lo hace de un modo que, en otras manos, no daría para algo más que un ‹sketch› televisivo. En cambio, con los actores adecuados y esa capacidad por llegar un poco más lejos de lo necesario, El accidente de piano se convierte en una profunda reflexión que no se conforma con el chiste fácil o el extremadamente ácido: tiene un significado que rebatir. Luego ya vendrán los fuegos artificiales.
Da que pensar el hecho de estar pegados a la pantalla viendo cómo Dupieux le pega un tiro en el pie al creador de contenido, al equipo de apoyo, a la prensa y al que alimenta a estos tres por estar pegado a la pantalla; una retroalimentación donde, en esta ocasión, nadie queda libre de pecado, donde una película pensada, ensayada y trabajada nos habla del instante fugaz y su olvido con la consciencia de poder convertirse en un producto con la misma suerte. ¿Es todo una cuestión de dinero? A Dupieux siempre le decimos que sí, que tome todo nuestro dinero y nos meta en vena su reintrepretación de lo absurdo.









