Cuando un fenómeno se vuelve popular, siempre atraviesa distintas fases en su apreciación: el entusiasmo por la sorpresa inicial, el análisis de los productos cuando proliferan y, finalmente, el desencanto cuando dicho fenómeno deriva en una explotación comercial descarada. Quizás, yendo un poco más lejos, cabría preguntarse si dicha explotación no obedece a una intención espuria desde el principio, en lugar de a una presunta ola de entusiasmo espontánea; pero, como decíamos, eso es otro debate.
En el caso que nos ocupa, el fenómeno tiene nombre: la nostalgia y, más concretamente, la nostalgia ochentera. No cabe duda de que ya estamos en la fase tres, con un hartazgo importante de sobreexplotación a base de niños en bicicleta, derivaciones del modelo Los Goonies y reciclaje de ‹one-hit wonders› olvidados. En este contexto aparece Obex, un film pequeño e inesperado que demuestra que se puede buscar un cierto aire de añoranza explorando los márgenes, rescatando aquellos aspectos olvidados que también —o quizás más incluso— configuraron una época.
La idea es clara: poner sobre el tapete una historia que funciona como esas primeras aventuras gráficas de cuando la informática era un terreno salvaje por explorar. Una era de bits, píxeles gigantescos y diseños más voluntariosos que realistas en la que, precisamente por ello, se primaba la imaginación y el desarrollo de una trama atractiva.
Obex funciona exactamente así, desde la modestia, construyendo un mundo íntimo. Se rodea de ordenadores primigenios, cintas de vídeo y un blanco y negro que no pretende ser oscuro en un sentido expresionista, sino que subraya la idea de un mundo anterior a la hiperconectividad colorista del presente. Es un universo idealizado que, de alguna manera, no dista tanto de lo que hoy conocemos como el entorno ‹nerd›.
Lejos de criminalizar o buscar un halago reivindicativo exagerado, la mirada de Albert Birney se centra en un enfoque humanista: una exploración entrañable de la soledad y los pequeños cariños compartidos. Incluso en su vertiente ‹sci-fi›, todo se siente con alma gracias a una escritura de personajes que permite empatizar fácilmente con la historia, incluso con un protagonista que no deja de ser un televisor con piernas. Este es el secreto de una obra bien hecha: aquí la nostalgia no se siente forzada por un embudo comercial; se nos brinda la oportunidad de respirar y sentir. Por loca que parezca la aventura, todo resulta verosímil en el plano emocional.
Quizás, como pequeño “debe”, Obex tarda demasiado en arrancar, demorándose más de lo necesario en explicar el contexto. Esto provoca que, finalmente, la trama se sienta a veces atropellada en su desarrollo posterior. Debido a ello, la parte más aventurera se queda corta en cuanto a proporción, lo que no impide su disfrute. En definitiva, Obex se saborea más a posteriori, interiorizando su intención y su plasmación; valorando no tanto la sencillez de la propuesta, sino su apuesta por un viaje tan breve como satisfactorio.
En un ecosistema saturado de productos fabricados con molde, Obex se alza como una anomalía necesaria. Pese a un ritmo que tarda en encontrar su sitio, la película acaba imponiendo su verdad emocional por encima de cualquier carencia técnica. No es solo un ejercicio de nostalgia; es la prueba de que, bajo los píxeles y el blanco y negro, lo que realmente perdura es la humanidad. Una pequeña joya que no necesita gritar para ser escuchada.









