Con Rosebush Pruning, Karim Aïnouz regresa a la Berlinale con una fábula satírica sobre el privilegio, la tragedia familiar y el exceso de lo grotesco. Adaptada libremente Las manos en los bolsillos (1965), de Marco Bellocchio, con un libreto de Efthimis Filippou, colaborador habitual de Yorgos Lanthimos. La película traslada la historia de una familia disfuncional a una opulenta villa catalana en el presente, donde cuatro hermanos estadounidenses conviven aislados de la realidad y atrapados en sus obsesiones.
Jack (Jamie Bell), Ed (Callum Turner), Anna (Riley Keough) y Robert (Lukas Gage) viven bajo la sombra de su padre ciego (Tracy Letts), refugiados en una mansión y fortuna heredada, ajenos a las obligaciones del mundo exterior. La llegada de Martha (Elle Fanning), la nueva pareja de Jack, desestabiliza el delicado equilibrio familiar, poniendo en evidencia secretos, resentimientos, dinámicas tóxicas latentes y tensiones que van deshilachando los lazos entre ellos.

La familia como ecosistema tóxico
Narrada por Edward, la película observa cómo la riqueza y el aislamiento deforman los vínculos más íntimos. Los hermanos pasan sus días dominados por conductas vanidosas, rivalidades, juegos de ego y rituales extraños, desde caprichos en la moda hasta comportamientos sexuales transgresores que mezclan fetiches y abusos.
Aïnouz presenta estos elementos no como un escándalo gratuito, sino como un componente esencial de la dinámica familiar, una forma de violencia simbólica que expone la decadencia emocional y la perversión de los privilegios heredados, donde las dinámicas sexuales forman parte del tejido familiar. Un film en que humor negro y drama se entrelazan para generar un retrato satírico de la decadencia de la élite. Una galería de individuos atrapados en su propio egoísmo que, en su alienación, ha perdido su sensibilidad o propósito.
Caricaturas del privilegio
Los personajes son deliberadamente esperpénticos: exageran hábitos y fijaciones hasta lo disparatado, transformando la mansión en un microcosmos donde lo excesivo convive con la crueldad y la fascinación estética. Cada gesto, cada relación y cada capricho revelan cómo el privilegio y la riqueza pueden deformar la intimidad y la moralidad, mientras los personajes oscilan entre la caricatura y lo perturbador.
En un elenco lleno de nombres llamativos, emerge una dinámica destacable entre Pamela Anderson y la presencia de la española Elena Anaya, quienes comparten pantalla como pareja. Anderson encarna a la madre supuestamente devorada por los lobos, la matriarca ausente pero omnipresente, cuya memoria pesa sobre la familia, mientras que Anaya ofrece un contrapunto de tensión y vigilancia simbólica.

Por su parte, el personaje de Martha funciona como punto de contacto más humano para el espectador; su papel como la ‹outsider› que entra en ese universo clausurado ofrece una perspectiva menos caricaturesca que el resto de los personajes, en un inicio ayudando a modular la exuberancia extrema de los demás.
Estética del exceso
Filippou combina exageración, humor incómodo y lo absurdo para construir una farsa sobre la decadencia del privilegio y el vacío existencial de los ricos. Sin embargo, la película tiende a favorecer la provocación por encima de la reflexión profunda: la exuberancia visual, las situaciones extremas y los gestos exagerados a veces eclipsan la crítica social y emocional que pretende plantear.
Visualmente, Rosebush Pruning ofrece un despliegue visual cuidado y extravagante, con colores saturados, encuadres audaces y una banda sonora carnavalesca que crean un efecto hipnótico que atrapa al espectador, mientras que el humor mordaz y lo estrafalario refuerzan la sensación de que se trata de un mundo aislado, excesivo y peligroso. Aïnouz y Filippou parecen deliberadamente jugar con la opulencia y lo provocativo, construyendo situaciones que buscan impactar y perturbar antes que explicar.

Un jardín de rosas
Rosebush Pruning es una experiencia polarizante: fascinante y perturbadora, hipnótica y grotesca, pero que rara vez ofrece conclusiones claras sobre la riqueza, el poder o la decadencia moral. Filmada entre Barcelona y Girona, su apuesta visual es innegable y está hecha para ser conversada y discutida, pero su comentario sobre riqueza, poder y decadencia social a veces queda diluido bajo la acumulación de golpes formales y exageraciones.
Más que una narrativa claramente articulada, la película propone una atmósfera, un espejo deformante de una élite privilegiada y disfuncional que se come a sí misma. Este enfoque estético y provocador puede enamorar o alienar, pero difícilmente dejará indiferente a quien se adentre en su extravagante jardín.






