Infinite Summer (Miguel Llansó)

Miguel Llansó se ha volcado en la autodestrucción masiva de la sociedad a través de la ciencia-ficción cotidiana. Si suena absurdo es porque va en la línea idiomática del director, siempre afín al disparate para constatar una más que plausible posibilidad futura.

Con Infinite Summer nos lleva de la ingenua ‹coming of age› al thriller policial pasando por la rebelión de las máquinas sin perder por un momento su punto de humor ácido. Todo es descabellado y a la vez estático, llevando la normalidad a un estado de suspensión que cualquier “yogui” desearía alcanzar. Al menos de eso trata el film, giro arriba giro abajo, de conseguir el ansiado éxtasis definitivo en un universo demasiado individualista.

En un futuro más propio de ser alcanzado pasado mañana, Mia se prepara para uno de esos veranos inolvidables cerca de alguna laguna estonia. La joven tiene gustos, ideales y una mirada introspectiva que no encaja con la idea de alcohol, ligoteos y demás entretenimientos de sus dos amigas. En pleno distanciamiento, ese camino al autodescubrimiento a través de la madurez forzada, típico sentido de los veranos previos a decisiones importantes en la vida, Llansó interactúa con el futurismo y el holganaceo tecnológico aportando sofisticadas herramientas en modo de app interactiva que decantarán la historia de Mia hacia ideales mucho más oscuros de lo que aparenta este entorno de amistad, sol y cervezas.

Despreocupado por los recursos y la credibilidad, Llansó opta por tirar hacia adelante con unos principios sólidos y descabelladas opciones sobre las que manipular su planteamiento. Mia mantiene encerrada en su interior esa escasa virtud de la inocencia, algo que choca con la oferta de un extraño que pasaba por ahí de probar una app interactiva de meditación. Lo que para ella es un camino divertido hacia la relajación, en sus amigas, más afines a las dobleces, se convierte en un exótico lugar de trance sexual, una droga sintética con la que desnortar definitivamente el verano. Ese contraste entre personajes lleva a Mia a participar en una rocambolesca cuenta atrás donde, del aburrimiento propio de los veranos en los que poco hay que hacer, la corriente le obliga a enfrentarse ya no solo a sus inquietudes, también al rupturismo tecnológico dispuesto a dominar algo más que las mentes adolescentes.

Infinite Summer sabe exprimir el granito de arena. De hecho, mueve remolinos enteros de la nada con sus disparatados discursos. Sabe salir de sus intenciones ‹teen› cuando la historia lo requiere, y abraza todo tipo de conceptos para saltar del convencionalismo a la crítica social, siempre con un punto extravagante, donde los personajes se perfilan de un modo exagerado, casi parodiando estereotipos, en busca de una especie de santo grial que enaltezca la visión pasivo-agresiva de las redes sociales, adicciones y la búsqueda continua del placer ilimitado por encima de cualquier legalidad.

También tiene ese artefacto sectario de la meditación frente a la tecnología, lo sensorial y físico atravesado por lo industrial, definiciones abstractas que otros genios de la ciencia-ficción antropomórfica han planteado en el pasado y que Llansó adapta a su propio estilo, uno siempre cambiante que desafía en cierto modo lo tipificado. Sin duda el director se lo pasa bomba a la hora de escribir sus guiones y no pierde ritmo al llevarlo a la pantalla. Tantas puntas y valles llevan a perder el control, pero en conjunto Infinite Summer es toda una experiencia donde interpretar emociones y dejarse llevar, un futuro siempre aciago pese a lo luminoso de su escenario, donde la pérdida de la inocencia es cómplice del fin del mundo.

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