
La cámara se posa sobre la parte posterior de un personaje que surca el frondoso bosque en un largo y exhaustivo plano. Como si se tratase de una circunscripción al cine que Alan Clarke armó con su Elephant y (muchos) años más tarde Gus van redefiniría en propuestas como Elephant o Gerry, en Al oeste, en Zapata nos encontramos ante una obra donde prima lo observacional, lo contemplativo. Marcada, mayormente, por una distancia infranqueable que solo se rompe en algunos primeros planos donde desaparece el elemento paisajístico, David Bim propone un proceso introspectivo en tanto rehúye el componente emocional —más allá de algún leve detalle, como esa fotografía familiar que el protagonista, Landi, contempla entre sus manos en un momento de reposo; o alguna escena aislada como ese instante padre-hijo en la playa— para que sea el espectador quien acceda a un territorio extraño. No hay imposiciones en la mirada del cineasta hispano-cubano, y lejos de una bella y luminosa fotografía obra del propio autor, no se reproducen cargas o sesgos que busquen afianzar nuestra mirada.
Dividida por dos segmentos diferenciados y contextualizada desde el sonido de una vieja radio que nos transporta a un momento y lugar concretos, bajo una omnipresente capa de fina lluvia se nos presenta en su primera mitad el día a día de un personaje que sobrevive en los recovecos de un mundo ingobernable e inhóspito, y que conocemos a raíz de su solitaria y entregada rutina. Reseguida incesantemente por la cámara de Bim, que no se separa de la silueta de Landi, Al oeste, en Zapata logra que germinen llamativas estampas que destacan por su verdad y franqueza (como la captura de ese cocodrilo por parte del protagonista en mitad de una laguna), e incluso que nos aproximan a un apocalipsis inexistente (esa caminata a la luz de una tea incandescente en mitad de la noche). El film avanza, en ese aspecto, desde el hallazgo determinado por la espera, a la expectativa de que todo fluya por sí solo; como si estuviésemos ante una forma de vida aparentemente anacrónica, despegada de cualquier atisbo de realidad; y es ahí donde logra, en ocasiones, desplegar un cine puro, al raso, a la intemperie, buscando recoger un testimonio sin encontronazos ni rugosidades. Todo ello ya se encarga de ponerlo la propia vida.

No hay exageración en el gesto de Bim, ni premeditación —más allá, claro está, de la que se encuentra en el montaje por naturaleza—. Las vivencias de ese individuo arrojado a los confines del espacio y del tiempo por su propia condición, en solitario, alejado de cualquier contacto con la sociedad, no hacen sino ahondar en una existencia caprichosa y áspera sin necesidad de cargar las tintas o, dicho de otro modo, de integrar aditivos. Un hecho que ciertamente parece contraponer desde lo visual, pero que sin embargo el cineasta no usa como aderezo, sino tendiendo una desnudez muy pertinente.
La cotidianeidad —la de sus personajes, claro— se despliega en toda su extensión, y el cineasta dirige desde los filamentos tan tenues que promueve el relato su mirada a un modo de vida. Todo ello se extiende a un segundo segmento donde nos presenta a Mercedes, quien cuida de su hijo discapacitado, poniendo de relieve esos esfuerzos tan menudos en apariencia como colosales en el fondo. Es ahí donde el relato fragmentado cobra su razón de ser estableciendo un vínculo indivisible que atraviesa las dos caras de una misma moneda ante situaciones tan alejadas entre sí pero que igualmente se reflejan la una en la otra.

Puede que en la superficie la propuesta huya de la mecánica de esas discursivas críticas regeneradas desde lo social, y con ello Bim no busca ni mucho menos adornar o invisibilizar la tragedia —el primer plano de Mercedes, recostada, con una lágrima surcando su mejilla nos aleja de cualquier reedificación posible de la realidad—. El hecho de que Al oeste, en Zapata no se pliegue ante los gestos de afecto —la llegada y partida de él son asumidas como algo natural, como el curso de una vida que no se detiene ante nada— habla por sí solo de la carga de un film que nos pide que abramos los ojos y seamos testigos sin necesidad de estímulos que la propia realidad se encarga de sostener por sí sola en tantas ocasiones.

Larga vida a la nueva carne.





