Sami Blood (Amanda Kernell)

Sami Blood, coproducción escandinava, primer largometraje de la directora Amanda Kernell, relata la historia de una emancipación, una lucha de superación individual por liberarse de la férrea sujeción de las raíces identitarias en una comunidad orgullosa de sus tradiciones, pero profundamente menospreciada por la sociedad urbanita de su propio país. Estamos en la Suecia de los años 30. En Laponia. Si bien la cinta se sitúa hace 80 años, es inevitable que el asunto Sami haga volar por los aires el ideal del paraíso escandinavo. Cuesta digerir que es la civilizada y cosmopolita Suecia la que se nos muestra en pantalla a través de un relato pausado pero rebosante de fuerza natural.
Porque, además, el desprecio hacia esa etnia sigue vigente —así se percibe en la cinta de Kernell, donde se expresan prejuicios no superados— y porque la exclusión es bidireccional. Los lapones reniegan de los samis y los suecos de los lapones. Por eso esta película es en cierta manera, una pequeña deshonra para la reputación de ese país, a través de un capítulo vergonzante de su propia y muy reciente Historia.

El relato arranca cuando Christina, una anciana que oculta a su entorno su procedencia sami, acude al funeral de su hermana, en una reserva natural ubicada en las montañas que fueron cuna y testigo de su infancia. En un flashback de hora y media seremos observadores de la llegada a la adolescencia de Elle-Marja, su verdadero nombre, y de su determinación por sobreponerse a todos los obstáculos que le plantean a su corta edad una época y una sociedad profundamente racista. Eso, si es que puede aplicarse tal término, porque lo cierto es que no hay un fenotipo racial determinante que diferencie a suecos de lapones ni a lapones de samis. Elle-Marja es cuidadora de renos, una niña pastora sometida a durísimas condiciones de vida en un lugar remoto del país, alejado de toda comodidad y sofisticación. Aspectos que inevitablemente acabarán por seducirla. Y que incluso, en sus últimos años, seguirán siendo condicionantes vitales para una mujer obligada a renunciar a sí misma.

Ella y su hermana serán internadas en una escuela cuyo único propósito es alfabetizar a los samis en sueco. Y de paso experimentar con esas pequeñas salvajes. La única perspectiva de vida para estas chicas se limita a cumplir la educación primaria y volver a sus orígenes. Médicos y antropólogos se encargan de alimentar prejuicios pseudocientíficos sentenciando que los samis tienen el cerebro más pequeño, no son aptos para vivir en ciudades ni para formarse en universidades. En definitiva, perecerán fuera de su hábitat natural. No están capacitados para sobrevivir en sociedad.

Ahí radica la simbología que recrea la narración de Kernell. Los pastores de renos son percibidos fuera de su grupo como otro rebaño animal. Serán castigados como tales, lacerados como bestias, señalados como Elle-Marja marca a sus reses. El trance vital de esta chica, inconformista, pero fuerte, estriba en que será repudiada en su grupo, pero también por el otro en tanto en cuanto no reniegue de su sangre, de su idioma y de los suyos. Cansada de desear una vida que no le corresponde, ya como Christina, se las ingeniará para romper lazos y renacer en Uppsala, en la urbe, entre seres civilizados, rubios y muy altos, educados y refinados, dejando atrás su pasado entre bestias animales.

Emocionalmente es dura e intensa, dentro de la contención del talante desapasionado del cine sueco. A nivel interpretativo, Lene Cecilia Sparrok, muy pequeñita pero llena de determinación y fuerza en sus expresiones, es la protagonista absoluta. La película no incorpora banda sonora musical, sino apenas los cantos tradicionales samis o yoik. La fotografía es muy abierta y nítida, como corresponde a las grandes perspectivas sobre aquellos parajes naturales. Su directora, hace comulgar espacio y tiempo de manera precisa, evocando a la vez la nostalgia y dureza de la infancia que se nos narra. Otros planos, con la tenue luz costumbrista de la época y el entorno rural acompañan esos grandes espacios agrestes, alejados del bullicio, donde los suecos adinerados en la actualidad buscan su particular remanso de paz.

Hoy se cree que los lapones y, entre ellos los samis, son los primeros habitantes autóctonos de Escandinavia. Un pueblo indígena que, como tal, ha sido maltratado. Determinadas prácticas en la cinta a las que son sometidas las samis protagonistas —mediciones sobre prototipos raciales y de belleza en relación a la niña sueca modélica—, supondrían ahora una inconcebible muestra de deshumanización y el órdago del maltrato infantil; por abuso, exhibición y trata de seres humanos. Pero la época no queda tan lejana, apenas antes de que el relativismo cultural pudiese hacerse hueco en los libros de antropología o de que los derechos de los pueblos indígenas apareciesen en la agenda de las organizaciones internacionales. Por eso es una película incómoda, ciertamente sorprendente, que relata un pasaje de aquella sociedad muy alejada de su ideal. Con escenas muy perturbadoras —especialmente la de las mediciones físicas—, con una aproximación muy específica a la vivencia personal de la protagonista, pero también a la Historia del país. Y, finalmente, con la vocación clara de traspasar las fronteras de lo políticamente correcto, desenmascarar la hipocresía de una sociedad que se tiene por perfecta, posiblemente irritando a alguno de sus honorables miembros y, en definitiva, rindiendo un tributo a los parias.

No diremos que se haya puesto de moda en el cine sueco, pero hay tendencia. A desmitificar discursos y creencias y a reventar la corrección política. A juzgar por lo último visto en Cineuropa —The Square, con un 7,3 de media y Sami blood, con un 7,9—, podría decirse que los cineastas suecos se han tomado en serio el compromiso de contarnos algunas verdades sobre sus propias deficiencias morales. Y haciéndolo con gran calidad. Así pues, sean bienvenidos.



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