Lo mejor de 2017 por… Pablo Vázquez Pérez

El cine se vende empaquetado, como una mercancía, cada vez más. De la misma forma que los productos se suceden en los estantes de un supermercado con sus colores, cajas, paquetes, bolsas y demás envoltorios dispuestos para el consumo, así las películas se ofrecen de igual manera desde los carteles de las multisalas o las páginas web de video en demanda. La información sobre los films se vocea por televisiones, radios, internet y eventos. Pero también hay largos que no tienen tanta publicidad y mucha menos presencia. No se presentan como si fuesen el último grito. Son obras difíciles de categorizar más allá de su género. Son vestigios de la cartelera, tal como se vendía en otras épocas. En televisión se han podido ver las mejores imágenes con esa locura que ha hecho David Lynch en su regreso a Twin Peaks. Las mejores historias, en cambio, están aquí.

 

10 — Tierra firme (Carlos Marques-Marcet)

Para cualquier cineasta es difícil sacar adelante su segundo largometraje. Si el primero fue una percha para colgar premios y alabanzas, ya no solo resultará complicado, sino arriesgado, o tal vez un acto suicida por nuestro deporte nacional, consistente en derrocar al alumno aventajado. Marques-Marcet tenía todos estos elementos en su contra después de su conocida 10.000 km. Los afronta con profesionalidad y sentido del riesgo, así que se pone al timón de una comedia seria, divertida y emocionante. A la ecuación de pareja le introduce ahora dos nuevas incógnitas con un trío de personajes que funcionan a varias bandas, en esa búsqueda de la maternidad, la paternidad y la estabilidad emocional. Aunque esta vez la acción se desarrolla en exteriores y espacios más abiertos que las habitaciones y las pantallas del ordenador. Pero el cielo plomizo londinense también aprisiona los bailes, diálogos y sentimientos de una pareja de treinteañeras y el mejor amigo de una de ellas. Dotada de una puesta en escena elegante, ideas de ritmo arriesgadas y una profesionalidad inesperada para este acercamiento al amor y el desamor en tiempos desorientados.

 

9 — Selfie (Víctor García León)

Del malditismo también se puede salir. Y si no que se lo pregunten al director de una comedia sin mensaje pero con propaganda. Una producción barata y vistosa que ha resultado un éxito relativo, mayor que el de sus dos films precedentes. Una radiografía desde la bonanza económica hasta el batacazo de la crisis. Parece mentira que sea este uno de los acercamientos más serio, creíble y que servirá en años futuros como un resumen de la evolución económica, política y social de España. Estructurado como un reportaje de cámara omnipresente, sin más justificación sobre su operador, ni de los motivos por los que se presta el protagonista a ser grabado en todo momento. Bueno, ya son motivos suficientes su egocentrismo, desparpajo y una simpatía que consigue hacernos olvidar que se trata de una verdadera sabandija. Con soltura, dinamismo y situaciones disparatadas, el director y esa fiera de la improvisación llamada Santiago Alverú crean un personaje para el recuerdo. La primera década del dos mil fue de Torrente. La que estamos terminando ahora, será para Bosco con su fiesta de la democracia.

 

8 — La suerte de los Logan (Steven Soderbergh)

Después de cuatro años dedicados a series y un telefilme, el veterano director vuelve con fuerzas renovadas y demuestra que lo suyo es hacer cine como en el Hollywood de los años sesenta. Con algunas de las pocas estrellas que quedan en un firmamento menos brillante que el del pasado, rueda uno de los guiones mejor escritos en mucho tiempo, para ser del cine comercial norteamericano. Deja de lado el tono frívolo, el estilo elegante de la banda de Ocean y se supera con un atraco más creíble, cercano y gracioso. Soderbergh se divierte, el reparto de actores también y eso se transmite a la pantalla. Ni siquiera la fría recepción por parte del público resta méritos a esta gran comedia que quizás tenga más suerte como película de culto.

 

7 — Asuntos de familia (Maha Haj)

Empieza como un drama conyugal sobre un matrimonio de septuagenarios residentes en Jerusalén, junto a la franja de Gaza. Termina como una cinta romántica con el hijo de ellos y su novia. Pero entre medias asistimos a una comedia suave que dibuja el retrato de toda la familia, atendiendo a protagonistas y secundarios con la misma importancia. Planteando sutilmente la injusticia del conflicto entre Israel y Palestina, con la sensación de que la directora está realizando una obra de madurez antes que una ópera prima. Por el cuidado visual de sus encuadres y esa puesta en escena hipnótica a base planos fijos, equilibrados con el acierto de la profundidad de campo. A pesar de concesiones como ese tango que no hacía falta, Asuntos de familia es una cinta que merece la pena reivindicar, gracias a su narración, a unos personajes que se hacen querer y descubren su complejidad, poco a poco.

 

6 — No sé decir adiós (Lino Escalera)

Los cuatro premios en el Festival de Málaga, además de unas críticas favorables por parte de la prensa y medios de comunicación, eran razones para pensar que, con su primer largo, Lino Escalera lograría un éxito aceptable de taquilla. La mecha se apagó poco después de su estreno. Incluso en las candidaturas para los premios de la Academia de Cine, nominaciones que han olvidado con gran error a Juan Diego por su papel. El director -coguionista también junto a Pablo Remón- consigue que acompañemos durante su viaje por la carretera a un padre ensimismado, sin ganas de afrontar una muerte próxima, acompañado por su hija, una profesional celosa de su intimidad, con una coraza que no sirve para esta dura etapa. Escalera crea un drama sin estridencias, directo, seco en ocasiones, que no busca lágrimas ni se apoya en edulcorantes de guión ni otros musicales.

 

5 — Los demás días (Carlos Agulló)

Una verdadera sorpresa que funciona como díptico con la propuesta anterior. Carlos Agulló demuestra su capacidad para enganchar al espectador por un método de narración vivo, tal como es el documental. Usa ese lenguaje fresco del testimonio a cámara, las entrevistas fluidas y la cronología cotidiana de un grupo de médicos, enfermeros y los pacientes terminales a los que visitan. La gravedad del tema contrasta con la vitalidad en la exposición narrativa, el entusiasmo de los implicados y la estructura de seguimiento de las jornadas cotidianas de todos ellos. La emoción está en sus declaraciones, en las miradas y en los pensamientos de los retratados. Un buen ejercicio de cine puro que también olvidaron mencionar los académicos.

 

4 — La mujer del animal (Víctor Gaviria)

Es lógico que haya tardado más de diez años en filmar su nueva obra, porque lo que dirige Víctor Gaviria son largometrajes realizados como saltos al vacío y sin red. El director colombiano toma el esquema de un cuento de hadas en el que la princesa es secuestrada por un ogro, pero lo disfraza con el aspecto de un drama tremendista que se cruza con el suspense. Gracias a un reparto de actrices y actores que no son del todo profesionales. La dureza del maltrato a la mujer queda más sugerida que mostrada, virtud que permite la dignificación del producto, por encima de la evidencia gráfica de los informativos de televisión y otros formatos carroñeros. Una mirada necesaria, aunque sea una vez por cada década.

 

3 — Lady Macbeth (William Oldroyd)

Tal vez este sea el film menos maldito de los que componen la lista. Con un inicio que muestra las dependencias interiores de una mansión, decorada con una ambientación austera pero muy convincente. La exuberancia de los vestidos de época que progresan alrededor de esa mancha de color azul que viste la joven Katharine. Hasta aquí las apariencias engañan porque al poco tiempo las escenas que proyectan la rutina cotidiana de una chica la sitúan como una mujer independiente, en búsqueda de su dignidad, fuera de su época. El aparente estilo de telefilme realizado con exquisitez británica contrasta con la dureza del primer encuentro de la joven con su marido, casados los dos por poderes. Esa formalidad se depeja entonces y el largometraje se transforma en un tratado sobre el feminismo, contra el machismo y todo el metraje surcado por la crueldad y el retorno a lo salvaje. La minuciosidad artística es captada por composiciones muy estudiadas, en plano fijo, que capturan el hastío de las largas jornadas ociosas que sufrían las clases ascendentes. Y consigue el escalofrío por la reacciones violentas de la protagonista, con el uso de un fuera de campo dentro del mismo plano, sin necesidad de centrarse solo en mostrar sangre ni sucesos escabrosos.

 

2 — La autopsia de Jane Doe (André Øvredal)

Cuando parece que el maestro John Carpenter ya no está en disposición de dirigir una nueva película, es magnífico poder ver un film de terror como La autopsia de Jane Doe, dirigida por un buen discípulo suyo. Separada totalmente de ese Trollhunter que lo dio a conocer por el mundo, lo que comienza como otro taquillazo de terror juvenil, da paso después a una cinta de terror que conjuga clasicismo de los treinta, regada por la modernidad de las dos décadas posteriores. Pero sobre todo se aprecia el buen oficio del cineasta para lograr una película inquietante, capaz de asustar gracias a las composiciones amenazadoras en formato scope. Apoyadas en una banda sonora bien punteada con las acciones. Contenido todo el metraje por las unidades clásicas de lugar, tiempo y acción. La autopsia de Jane Doe no es un film que busque la originalidad, ni tampoco es solo un ejercicio de nostalgia por los clásicos del género, Lo que termina es entregando una producción sorprendente que roza la excelencia, usando todos los resortes del terror, sin necesidad de engañar al público.

 

1 — Land of mine/ Bajo la arena (Martin Zandvliet)

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial como punto de partida, este largometraje demuestra la riqueza del conflicto bélico como generador de historias. Es curioso que de toda la lista este sea el largometraje más convencional en cuanto a puesta en escena, tan cuidada como efectiva, con la cámara al hombro o bien con planos más reposados. También por el uso de una banda sonora cuyas melodías rastrean las emociones del espectador. Sin embargo es este tratamiento clásico del material el que redobla la fuerza y expresividad del conjunto. Si tremendo es lo que hizo el ejército nazi con sus invasiones y prepotencia durante esa guerra, la cinta nos deja en la retina y la memoria la inocencia, resignación y sorpresa en los rostros de los jóvenes condenados. Ese entrenamiento para desactivar minas con los prisioneros, temible, respetuoso por el fuera de campo y deslumbrante gracias a una narración clara, directa, absorbente y cuyos ecos permanecen en la memoria, meses después de la proyección. Con la fuerza de los films de iniciación, crecimiento personal de los jóvenes personajes implicados. Un largo apasionante en su narrativa, pero existencialista en el subtexto, igual de complejo en el recuerdo, como esperanzador, sin recurrir a tomaduras de pelo ni trampas emotivas.



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